El fan
26.11.09 | Opinión
Hay veces que estas cosas de escribir sobre tebeos te dan satisfacciones inigualables. En la mayoría de los casos, desde el lado de los lectores, que siempre devuelven mil veces más de lo que tu das como buenamente sabes o puedes. Pero otras vienen de esa vertiente fan que todos tenemos, que por mucho que intentemos ocultarla bajo toneladas de sentido común y raciocinio, sale a la superficie a la que menos te esperes. Y la última ha sido un inesperado regalo de Navidad adelantado. Hace un par de meses, recibía una llamada desde EL PAÍS para mandarme un “encarguillo”, con la dinámica de siempre…
- “Oye que si podrías hacer una entrevista, que hay que hacerla ahora, aunque saldrá dentro de unas semanas”.
- “Sí claro, dime a quién…”.
- “A Robert Crumb”.
Silencio. Recojo la mandíbula del suelo y la pego con Superglue. Compruebo que funciona correctamente, aunque lo que sigue son una serie de gorgoteos inconexos intentando que mi fan interior dejara de pegar botes y chillidos de alegría. Mantengo la apariencia de serenidad. Por teléfono es fácil, mi interlocutor sólo oye la seria voz de un profesor de universidad -algo atragantado, eso sí-. Afortunadamente no puede ver que el fan interior ya ha tomado el control de parte de un brazo y de una pierna, que se mueven ostentosa pero descompasadamente cual baile de San Vito.
La entrevista se realizó telefónicamente unos días después (con el fan interior atado, amordazado y bajo vigilancia extrema) y ha sido una de esas experiencias que uno se guarda para siempre. Al ser para un medio generalista apenas podía entrar en los puntos que a mí más me interesaban del trabajo de Crumb, pero la verdad es que la conversación fue una delicia. Exquisitamente educado, Crumb respondía y se extendía en cada respuesta y mostraba una lucidez demoledora en sus respuestas. Pese a que muchas de las preguntas se las habían hecho ya mil veces, volvía a explicarse detenidamente, reflexionando cada respuesta y dejando abiertas nuevas preguntas, haciendo la entrevista sencilla y fluida. Destilando con acierto ese sentido del humor inteligente y ácido de sus tebeos.
Cuando me di cuenta, llevábamos casi tres cuartos de hora hablando. El doble de lo que se había comentado inicialmente. Si por mi hubiera sido, podrían haber sido horas y horas.
La entrevista publicada es un resumen de lo hablado que, espero, traslade a un lector que no conoce la obra de Crumb las motivaciones y objetivos de su adaptación de El Génesis.
¿El fan interior? Bien gracias. Lleva calladito desde entonces, en una especie de coma orgásmico…














Reconozco que la segunda parte de El Vecino me desconcertó. Tras el buen sabor de boca que me había dejado el estreno de la serie (la reseña se puede encontrar en los archivos de 

Tras la lectura de los dos volúmenes de la biografía de Yoshihiro Tatsumi, sólo puedo decir que me quedo con las ganas de leer más, mucho más. Resulta difícil destacar algo en particular de esta obra: su sabia dosificación entre lo personal y lo histórico, esa vista de reojo a lo que ocurría en la calle desde las paredes de un estudio o desde una pequeña editorial con ínfulas de revolución que definitivamente sí revolucionó el mundo, su visión de la industria y el arte… La lectura de Una vida errante ha sido apasionante y adictiva, pero me quedaría con esa forma sutil en la que Tatsumi o, mejor dicho, su alter ego Hiroshi, narra su evolución personal como autor, esa pasión que le ata a la página en blanco y le lleva a crear y crear, a fijarse en los autores a los que adora y cómo poco a poco busca un estilo personal y siente la necesidad de ir más allá, de “no hacer manga” y buscar nuevos caminos. Tatsumi consigue plasmar con elegancia esa imperceptible relación entre esos cambios lentos, esa evolución madurativa y las circunstancias de su biografía, desde sus relaciones personales y familiares a sus aspiraciones formativas y profesionales, revelando ese tejido invisible que forma la personalidad del autor, hilado a base de vivencias y sentimientos. Generalmente, en las autobiografías los autores se centran en los momentos claves, en esos puntos de inflexión que la memoria ha ensalzado como “el día que decidí…”, pero que no dejan de ser espejismos de un pasado reconstruido. Sin embargo, Tatsumi logra alejarse de sí mismo y tener una perspectiva mucho más pausada, capaz de fijarse en todos los pequeños ladrillos que conformaron su personalidad como autor. Cada detalle es ahora trascendente, son fragmentos que aislados parecen triviales pero que sólo en su conjunto adquieren significado.

Es verdad: Ed Brubaker se repite como el papel pintado. Incógnito redunda en esquemas y conceptos de Sleeper, mezclados hábilmente con las técnicas narrativas que ejercitó en Criminal. Relato negro combinado con superhéroes, personaje que cambia de bando, ambigüedades, traiciones… y una idea de partida, eso sí, tremendamente original: un servicio de protección de testigos para supervillanos. Pero el equipo funciona bien engrasado y el resultado es género entendido con micrométrica perfección, que entretiene y engancha desde la primera página. No es nada nuevo, cierto, pero tras la pérdida de fuelle de series como Daredevil o Capitán América, donde es evidente que Brubaker ya está en piloto automático, Incógnito es una recomendabilísima lectura, con una sólida historia que respeta al lector. Y eso, hoy, desde una industria que considera a los lectores como meros descerebrados a la espera de su ración de soma, se agradece mucho y demuestra que se puede hacer mainstream de calidad. 


En el caso de La estación de las flechas, Guillaume Trouillard y Samuel Stento, podría repetir palabra por palabra todo lo que comenté con motivo de la aparición de Fueye, su ilustre predecesora. Esa transición entre una idea apenas esbozada, todavía virgen de todas las trampas que la narración planteara, y el libro final ya publicado es fascinante, magnética. Recuerdo perfectamente miedos similares a los que tenía con la obra de Jorge González: una idea originalísima que corría el peligro de quedarse en una anécdota graciosa si los autores no amarraban correctamente la historia. Y, de nuevo, sorpresa mayúscula ante los resultados finales: Trouillard y Stento despliegan en su obra una imaginación portentosa, que nace del humor absurdo para adentrarse en un western delirante, que bien habría podido firmar el gran Fred. Al igual que Philemon descubría los mundos que escondían las letras de Océano Atlántico, esta discreta familia que decide comprar una familia de indios en conserva para alegrar sus días descubrirá pasmada como su casa esconde nada más y nada menos que todo un escenario de western. Baños convertidos en lagos, pasillos en amplios valles, salones en inmensas extensiones… La lectura se va acelerando y casi sin solución de continuidad nos vamos introduciendo en una inmensa espiral donde es imposible adivinar qué nos sorprenderá en la próxima página. Siniestros funcionarios que intentan extraditar a la familia india, persecuciones por las amplias praderas, fontaneros que arreglan el desagüe de los lagos… el recuerdo de Fred nos ataca a cada página sin suponer la más mínima rémora, al contrario, traducido en inspirador constante que hace todavía más brillante el ejercicio de los autores. Con acierto, dejan que el ritmo se desboque para dejar al lector boquiabierto, contagiado de ese sentido de la maravilla que empapa todo el álbum.
Con Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti no existe ese componente de sorpresa, cierto, pero es que tras sus estimables colaboraciones en La Burbuja de Bertold y Gran Lienzo, sólo se pueden esperar cosas buenas de estos autores. Y Planeta Extra sigue perfectamente esa línea de recuperación de una forma de entender el género de ciencia ficción o fantástico que practicaran con éxito guionistas como Carlos Trillo o Ricardo Barreiro en los 80, usándolo como vehículo de un mensaje comprometido y social desde una aproximación costumbrista. Una historia familiar con muchos matices berlanguianos, encajada dentro de un mundo tan contaminado que la humanidad debe abandonarlo conseguirá el contraste perfecto para que Agrimbau desarrolle esa inteligente crítica de la sociedad y sus problemas que ya demostró en obras anteriores. Acompañado de un brillantisimo Ippóliti, que vuelve a demostrar unas impresionantes dotes camaleónicas para transformase ahora en seguidor del Miguelanxo Prado que nos fascinara con historias con las que guarda no pocas conexiones este álbum. Destaca, como ya es habitual, el acertado uso del color, que con esa paleta de rojos y naranjas traslada una atmósfera opresiva y sofocante, que se convierten en un protagonista más de la historia. No se puede evitar cierto regusto de historia “antigua” (¡Ay! Esta sociedad de prisas que transforma en viejo algo que apenas tiene 20 años), pero Agrimbau sigue confirmando que es uno de los guionistas más sugerentes e inteligentes del panorama historietístico, con historias que invitan a la reflexión desde el respeto al género. Se agradece (3).


