Regresando a la infancia

Debería declarar esta semana como “la semana de regresión feliz a la infancia“, o algo parecido que no sabría muy bien definir, quizás por esa sensación tan poco común en esta ajetreada vida que llevamos de ver la vida con los ojos de un niño. Un microsegundo, menos, un nanosegundo, que sé yo… un instante paralizado en el tiempo que nos abre la puerta de nuestros recuerdos de infancia, esos que tenemos ocultos y que nos traen a la memoria la infinita capacidad de fantasear que teníamos cuando éramos niños.
Comenzaba la semana saliendo del cine con una sonrisa de oreja tras ver la versión de Tim Burton de Charlie y la fábrica de chocolate, una preciosa versión de la novela del gran Road Dahl, quizás uno de los pocos autores que ha sabido recuperar en este siglo (y parte de los anteriores) la tradición del cuento moral, de las fábulas que pasaban de padres a hijos contadas para poder conciliar el sueño y transmitían los valores morales más clásicos escondidos tras ficciones que unían crueldad y ternura. Burton entiende perfectamente el universo de Dahl y ha sabido recrear el universo delicioso de Willy Wonka sin pervertir su mensaje. Y ojito, que era difícil superar la más que correcta versión de Mel Stuart.
Una de esas películas que por sí solas me alegran varios días, pero resulta que casi en las postrimerías de la semana, llega otra inyección de optimismo vital gracias a un tebeo: El trío Buenaventura, de Corcal y Edith (Azake), una hermosa historia que habla de tres hermanos que forman la sociedad secreta “los caballeros bajo la mesa redonda” y que se lanzan a la búsqueda de fantásticas aventuras. Benigna, Baltus y Bernabé se encontrarán en esta primera aventura con otros tres caballeros, ya ancianos, que comparten con ellos su ilusión: llegar a La Casa Amarilla.
Una historia que habla de la fantasía, de la necesidad de mantenerla viva, pero también de la ilusión infantil que nunca se debió perder. Corcal sabe conectar a la perfección con ese pequeño resquicio de niño que todavía llevamos dentro, recordándonos la capacidad de crear situaciones imposibles a partir de pequeños detalles sin importancia. Por su parte Edith despliega su elegancia para trasladarnos a ese mundo infantil casi entre algodones, con acuarelas de colores suaves que acompañan perfectamente el ritmo pausado de la historia. Una lástima que se desconozca en España la escasa obra de esta grandísima dibujante.
Un álbum ilusionante y optimista del que sólo cabe decir que espero que Azake (que, por cierto, hace una edición fabulosa) publique lo antes posible su segunda aventura. (3)

Mis tebeos favoritos X: El teniente Blueberry, de Charlier y Giraud

Me vais a permitir que para esta décima entrega, recicle un artículo antiguo sobre El teniente Blueberry:
Es más que probable que cuando Charlier se puso a escribir las primeras líneas de Fort Navajo pensando en su amigo Jijé, su objetivo fuera tan sencillo como hacer una buena serie de western, en la que pudiera volcar todas las maravillas que había visto y sentido en un reciente viaje a los EEUU. Los paisajes, la dura historia de los pioneros, los enfrentamientos entre los indígenas y el ejercito, conformaban un punto de partida excelente para una historia de un género poco habitual para los lectores francobelgas de “bande dessinée”, que comenzaban a adentrarse en historias más realistas gracias precisamente a las creaciones de este rechoncho escritor que había cambiado la forma de entender la historieta en ese país gracias a sus obras.
Y es probable que ese objetivo se hubiera cumplido si no se hubiesen torcido los planes del guionista casi desde el primer momento, al declinar Jijé encargarse de la parte gráfica de la serie, recomendando a un jovencísimo y desconocido Jean Giraud, ayudante del maestro en Jerry Spring. Charlier aceptó la propuesta y se puso a trabajar en el primer álbum de la serie, Fort Navajo, que se centraría en los enfrentamientos entre indios y soldados de un atrincheramiento en Arizona. Una serie sin protagonista fijo, coral, en la que se representaban los arquetipos del género que tan bien habían representado en el cine las películas de John Ford o Howard Hawks (con las que se pueden encontrar multitud de puntos coincidentes), quizás con un toque europeo, más social y más influenciado por otra forma de entender la aventura y el concepto de héroe. La serie fue un éxito absoluto y atrajo a los lectores que descubrieron, además, a un nuevo dibujante al que sumar a la lista de buenos autores realistas que encabezaba en aquella época Jijé (que colaboró al final en algunas de las páginas de Tormenta en el Oeste y El Jinete Perdido), Hubinon o Uderzo.
Pero ya en este primer arco argumental que se prolongó durante cinco álbumes, era evidente que el carácter colectivo se iba diluyendo a favor de uno de los protagonistas que, poco a poco, se había ido haciendo con el liderazgo de la serie. El teniente Blueberry, un héroe de corte romántico, luchador de causas perdidas, había comenzado como secundario para terminar como protagonista y dar incluso nombre a la serie, que rápidamente se denominaría de forma genérica “Las aventuras del teniente Blueberry”. A partir de este momento, la serie se transmuta y deja la pista del western clásico para internarse en una larga evolución personal centrada en su protagonista, un descarado sinvergüenza de bondadosos principios (muy acorde con el personaje que popularizó en el cine en esa época Jean-Paul Belmondo, su referente gráfico). Charlier parece buscar nuevas vías a su personaje transformándolo en sheriff de un perdido pueblecito, una opción que no cuaja y que acaba de forma precipitada para embarcar a Blueberry en el que sería el primer gran arco argumental de la serie: “El caballo de hierro”, donde realmente Charlier definiría a su personaje y Giraud se desharía de la influencia de Jijé para comenzar a definir sus propias constantes. Charlier no era ajeno a los vientos políticos que corrían tras los nuevos aires del Mayo del 68 y su serie refleja a la perfección esta situación: lo que en el ciclo inicial de la serie eran tímidas críticas a la actuación del ejército yanqui, similares a las que el cine de la época comenzaba a mostrar, en este arco se acentúan y endurecen, descarnándose e influyendo en la personalidad de Blueberry, cada vez más cercano a la causa india y más alejado de sus orígenes militares, transformando el ciclo en una suerte de introspección que marcará las claves del comportamiento futuro del héroe de nariz rota.
Llegados a este punto, el objetivo inicial de Charlier se ha transformado completamente, desde la historia de género puro a una historia que usa el género como medio, no como fin. Su serie se ha convertido en la narración de la vida de Mike Blueberry, pero también en un relato reflexivo de los convulsos años de la conquista del oeste americano.
Un camino sin vuelta que se redondea brillantemente en el siguiente arco argumental, “La Mina del Alemán Perdido”, posiblemente el mejor de la serie, en el que Charlier hace renacer a su personaje simbólica y físicamente, enterrándolo y obligando a volver a salir del útero primordial de la tierra que lo vio nacer. Un cambio que es incluso patente a nivel gráfico, con un Jean Giraud que ya comenzaba a apuntar los modos y maneras de su alter ego, Moebius, demostrando una soltura narrativa y una habilidad gráfica sencillamente espectaculares. Su puesta en escena alcanza la perfección, su dibujo llega a niveles desconocidos, quizás ejemplificados en esas escenas de espacios abiertos infinitos, profundos, que nadie desde Foster había sabido representar tan verazmente.
La serie ha llegado a su punto más alto de calidad, pero su personaje ha tocado fondo, ha llegado a ver las miserias humanas bien de cerca y precisa descubrir su propia identidad, una misión tan compleja como la que acepta en la siguiente gran saga de la serie. La búsqueda de un tesoro perdido del ejército confederado es el hilo conductor de este ciclo donde Blueberry descubre un mundo real, sin héroes, donde la violencia y el cinismo son las únicas leyes que mueven la sociedad. Charlier, olvida su concepción clásica del héroe honesto y valeroso para adentrarse en el análisis del ser humano y de sus límites ante la animalidad que esconde. Sin olvidar la trama, el thriller y las constantes del género, firma lo que podría denominarse una de las primeras deconstrucciones del género de las que se tenga referencia, dejando a Bluberry al final de Angel Face, álbum final del ciclo, preparado para afrontar un nuevo futuro libre de las ataduras del pasado. Cinco álbumes que se prolongaron en el tiempo debido a un parón de varios años motivado por el enfrentamiento de Giraud con los editores y que muestran claramente la evolución gráfica de este autor, que comienza “Chihuahua Pearl” como Gir y termina “Angel Face” ya como Moebius.
El cambio de sus autores se refleja en la evolución de su creación, que afronta un cambio radical de dirección. Estamos a finales de los 70 y los últimos coletazos de la década ven el final del movimiento hippy para adentrarse en una época de contrastes donde conviven el punk y el technopop, extremos que no son ajenos a la serie de Charlier y Giraud que abordan la saga que inicia “Nariz Rota” llevando a su protagonista al extremo más antagónico a su inicio, en el bando de los indios navajos donde se halla bajo la protección de Cochise. La transición vital de Blueberry le ha llevado de un bando al otro, su búsqueda de la verdad le ha hecho plantearse sus principios y todo aquello que consideraba correcto, enfrentándose a sus inicios, y permitiendo que el ciclo comience de nuevo.
En principio, parecía que los álbumes que seguían marcaban esa línea de vuelta a los inicios con un personaje maduro y distinto, pero nunca sabremos cuáles eran las ideas que Charlier tenía para su héroe. Su desaparición en 1989, justo cuando estaba terminando “Arizona Love”, parecía suponer el final de la serie: Giraud se encontraba plenamente imbuido en su alter-ego Moebius, desarrollando series de temática filosófico-fantástica absolutamente alejadas del espíritu de la serie que creara Charlier, por lo que las esperanzas de continuación de la serie parecían nulas.
Sin embargo, unos años después, Moebius/Giraud sorprendió (y asustó, por qué no decirlo) a propios y extraños con la continuación de las aventuras de Blueberry en un nuevo ciclo, “Mr. Blueberry”. Una sorpresa que dejó paso a la admiración ante el resultado de este primer álbum en solitario del dibujante, que supo retomar a la perfección el desarrollo de la personalidad de Blueberry que había comenzado 20 años antes. El ciclo se inicia con un Blueberry maduro, al que el paso del tiempo ha dejado marcas externas e internas que lo han convertido en un vividor, un personaje legendario que ha aprendido las lecciones de su atribulada vida y se dedica ahora a dejar pasar el tiempo, sin más objetivo que vivir tranquilamente. Hábilmente, Moebius sitúa su historia en un momento mítico de la historia del “Far West”, el duelo en O.K. Corral, y va moviendo sus personajes con maestría en la construcción de la trama en la que Blueberry se ve inmerso muy a su pesar. Los cuatro álbumes aparecidos hasta el momento confirman el respeto del dibujante al creador del personaje, conservando perfectamente las claves de la serie, pero aportando su maestría narrativa y su dibujo casi perfecto.
Tras casi cuarenta años, la serie se alza por méritos propios como la serie más importante de la historia del tebeo europeo, una serie que ha evolucionado con sus autores y en la que está grabada también cómo la sociedad ha cambiado a lo largo de estas convulsas décadas. Pero Blueberry es también un resumen de la historia del cómic europeo en las cuatro últimas décadas. Leyendo la obra de Charlier y Giraud podemos seguir casi mes a mes cómo ha evolucionado la forma de entender la historieta. Desde el tebeo de continuará de entregas de dos páginas semanales que fue el germen de la serie al álbum sin periodicidad definida, pero también, paradójicamente, asistimos al declive de los géneros que llenaban las páginas de las revistas de la década de los 50 y 60 , en una transición lenta y continuada hacia el cómic de autor en una historia que jamás ha abandonado los arquetipos del western, demostrando que la trillada opinión que identifica género con superficialidad o infantilismo no deja de ser un modismo sin fundamento. Blueberry es la perfecta demostración de las posibilidades narrativas y expresivas de los géneros, incluso en uno tan limitado en claves y escenarios como el oeste.
Es la gran obra de dos autores que han marcado un antes y después de la historieta. Tanto Charlier como Giraud han influido de forma incuantificable en la historieta francesa, europea y mundial. El primero, cambiando la mentalidad de una industria que veía en el tebeo una forma de expresión reservada a los niños, creando personajes como Michael Tanguy, Barbarroja o el mismo Blueberry que viven la aventura desde la perspectiva adulta, con todas sus consecuencias. Y el segundo porque abrió las mentes hacia nuevas formas expresivas, demostrando que la historieta era una forma de expresión que daba la máxima libertad. Su obra es un legado que, además de todo lo citado, muestra su vida, cómo sus ideales fueron cambiando y trasformándose, como su concepción del medio fue creciendo, variando en potencialidad y formas.

Ediciones en España
Hasta su desaparición del mundo del tebeo, la editorial Grijalbo publicó la serie de forma completa. Posteriormente, fue Norma la que adquirió los derechos y ha seguido su edición, encargándose de la reedición de todos los números. En este momento, sólo falta por publicar el último álbum de la serie, “Dust”, que se espera en castellano para finales de año.

Enlaces y otras lecturas
Ante todo, recomendar el excelente primer número de la extinta revista Yellow Kid, dedicado íntegramente a esta gran serie. Además, podéis encontrar información muy jugosa en el artículo de Eduardo Martínez-Pina para Tebeosfera. También es interesante visitar la página oficial de Blueberry y Le Canyon de Blueberry, la excelente web de Jérome Karmann .

El tebeo, ¿reconocido por la cultura ‘oficial’?

Las legañas de la mañana de sábado deberían merecer más interés por parte de la ciencia. Su crecimiento desproporcionado en apenas unas horas, sus formas caprichosas más propias de un desconocido desarrollo cristalino… y su fuerza aglutinante, por supuesto, capaz de unir los párpados con la fuerza del hormigón armado. Viene al caso esta referencia para explicar las terribles carencias visuales que uno sufre cuando se despierta un sábado, causa evidente de que me no me haya dado cuenta de la importante diferencia que escondía el periódico EL PAÍS esta mañana: nada más y nada menos que el reconocimiento de la cultura ‘oficial’ al tebeo.
Como lo oís (o leéis).
La cultura oficial de este sacrosanto país (que lo sigue siendo, lo de sacro y lo de santo, aunque a su manera) necesita de certificados de pedigrí para poder acoger en su seno a las nuevas manifestaciones culturales. No vale con la experimentación o el interés de un medio, necesita que un ‘alguien’ dotado de poderes avaladores reconocidos dé su bendición y lo reconozca como tal. Instantáneamente, lo que era vilependiado y humillado pasará a ser alabado y ensalzado gracias a ese pequeño sello de legimitidad oficial.
Y hoy, sábado 20 de agosto de 2005, le ha llegado su momento al tebeo.
Tras casi 15 años de ignorancia (no completa, pero casi), Babelia, el suplemento cultural del diario EL PAíS y uno de los certificadores de oficialidad más importantes de esta vecindad nuestra, dedica un especial al tebeo con el nombre génerico de “El impulso del cómic”. Portada y cuatro páginas en las que encontramos artículos de Ana Merino y Pepe Gálvez, junto a firmas habituales del suplemento como Andrés Padilla y Ana López, entrevistas a Raquel Alzate, Kenny Ruiz, Enki Bilal y Jason Lutes, reseñas variadas… y en general, bien escritos y con bastante tino (a excepción del artículo sobre el manga, bienintencionado, pero plagado de tópicos).
Una sorpresa, desde luego, aunque sobre ella se extienda la sombra de la duda poruqe agosto es mes dado a la falta de noticias en todos los ámbitos. Queda por saber si esto servirá de algo y uno de los suplementos culturales más prestigiosos de este país dedicará un pequeño espacio a partir de ahora al tebeo.
No hace falta que sea mucho, sólo un poquito, una demostración de intenciones…