Mis tebeos favoritos XIX: Palomar, de Beto Hernández

Como ya he dicho algunas veces en esta (espero) larga serie sobre mis tebeos favoritos, el orden de aparición es poco determinante ante obras que considero siempre magistrales. Por eso, y aprovechando la coyuntura, me voy a adelantar un poquillo (no mucho, que estaba ya a la vuelta de la esquina) para hablar del Palomar del Beto Hernández, recientemente editado por La Cúpula.
Una obra que precisa de una introducción previa que recuerde lo que significó la aparición de Love & Rockets, la revista de los hermanos Hernández, en el panorama editorial americano de principios de los años 80. Un momento de transición, en el que el cómic de superhéroes levantaba el vuelo de nuevo gracias al relanzamiento de los mutantes protagonizado por Claremont, las revistas de Warren comenzaban a escribir sus últimos momentos y el underground de los 70 se perdía y diluía vertiginosamente. La apuesta de los Hernández era protagonizar una bisagra que unía perfectamente el espíritu underground con un nuevo estilo más adecuado a la época que se vivia, una suerte de evolución natural que no supo dar aquél y que los tres hermanos Mario, Beto y Jaime habían canalizado con naturalidad aplastante. Una revista autoeditada que rápidamente entró en la órbita de la recién nacida Fantagraphics y que abrió el camino de lo que sería el cómic independiente americano de los 80, de los Chester Brown, Bagge, Clowes o Seth.
Pero ¿qué es Love & Rockets? Corta y dificilísima pregunta, porque L&R podría definirse como una crónica sentimental de los inmigrantes chicanos en los USA, desde ambos lados de la frontera… pero nos quedaríamos cortos. Porque es uno de los frescos más complejos y acertados sobre los sentimientos y relaciones humanas, universales pese a ser discurrir en los límites de barrios o pequeños pueblos de frontera. Jaime desarrolló el universo de Maggie y Hoppie, de las Locas post-punk urbanas que han dejado atrás sus orígenes para asimilar la cultura popular americana con los brazos abiertos. Por su parte, Beto creó el universo de Palomar, un pueblo de frontera, que narraba la vida de los que no se fueron, de los que quedaron y siguen con sus tradiciones de siempre. Dos opciones contrapuestas que se unen perfectamente en un ying y yang donde no tiene sentido el uno sin el otro.
Pero pese a que es indudable la maestría formal de Jaime, un monstruo del dibujo, me vais a permitir que exprese públicamente mi predilección (por corta distancia, eso sí), por el Palomar de Beto Hernández. Quizás porque Jaime me resulta más distante y frío, mientras que la obra de Beto me asalta en cada lectura como un torrente de sensaciones y sentimientos. De dibujo más simple y sencillo, pero tremendamente expresionista, capaz de transmitir pasiones, dolor, alegría, sufrimiento, amor… la vida en una palabra, la de ese pueblo perdido llamado Palomar donde todo es posible. Beto centra su obra en unos personajes femeninos de complejísima personalidad, que llevan todo el peso de la narración como columnas que soportan todo el peso de una estructura formal aparentemente simple, pero que esconde sorprendentes ramificaciones y vericuetos. Todavía recuerdo el impacto que me produjo la primera obra de Beto publicada en España, el Historias Completas nº 3 que iniciaba “Pasión en la frontera” (sí, La Cúpula no se caracterizó por publicarla en el orden correcto) con una presentación de personajes encadenada, enlazando una tras otra a través del nexo común de Israel. Todo un tour de force narrativo con saltos temporales y espaciales pero que conseguía una coherencia increíble, presentando perfectamente ese pequeño pueblo de Palomar. A partir de ahí, el flechazo es total y Luba, Chelo, Tonatzin, Pipo, Carmen, Gato, Manuel, Jorge y los casi cien personajes que ríen, lloran y viven en las páginas de “Sopa de Gran Pena”, “Rio Veneno”o “Calor Humano” pasan a formar parte de nuestras vidas, como vecinos que siempre han estado ahí.
Beto ha sabido hacernos compartir las experiencias vitales de los habitantes de Palomar: los hemos visto nacer, crecer, casarse, tener hijos y morir en una lección de historieta descarnada sin precedentes. Una obra ambiciosa, que ha sido incluso comparada con el realismo mágico de Macondo, y que quizás, sólo quizás, pudo perderse entre esos caminos extraños que tomó en sus últimas páginas, enredada entre los cientos de historias que se habían vivido. Un pequeño problema sin importancia que no empaña la realidad de casi 500 páginas en las que el Beto consiguió que las líneas no delimitaran personajes, sino sentimientos y pasiones vivas.

Edición en España
La obra de los Hernández en España ha sufrido cambios de formatos, de orden… Se publicó en álbum parte de la obra de Jaime (Mechanics y Las Mujeres Perdidas), en la colección Historias Completas (3,4,20,27 y 28) la de Beto, en la revista Kiss el Birdland de Beto y posteriormente en la colección Brut se ha publicado el Be-bop-a-Luba, Rio Veneno y dos sagas de Locas. Un despropósito que se resuelve ahora con la edición recopilatoria de Palomar en dos tomos, a la que seguirán el año que viene otros dos tomos con el Locas de Jaime. Verdad es que no es la edición de Fantagraphics (en un único volumen a gran tamaño, lujoso pero bastante poco manejable) pero permite disfrutar de esta obra en su totalidad en un formato adecuado.

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Entrevista a Beto Hernández

Mis tebeos favoritos XVIII: Popeye, de Segar

El éxito y la popularidad muchas veces nos crean prejuicios gigantescos (y estúpidos) ante personajes de tebeo que han saltado de las viñetas a los altares de los medios de comunicación. La mayoría de las veces porque desconocemos el origen de estos personajes y nos quedamos sólo con esa parte visible, publicitaria y hueca, que nos han proporcionado otros medios. Muchos son los casos, pero quizás el más evidente de todos sea el Popeye de E.C.Segar (en dura pugna, eso sí, con el Mickey Mouse de Floyd Gottfredson y el Donald Duck de Carl Barks). La imagen que los dibujos animados han forjado del marinero tuerto devorador de espinacas es la que se ha grabado a fuego en nuestras memorias y resulta muy difícil convencer a nuevas generaciones de lectores que estamos ante una de las obras maestras del noveno arte.

Porque poco tiene que ver lo que hemos visto en los dibujos animados con el personaje que apareció casualmente en la serie Thimble Theatre, una creación de E.C.Segar que se centraba en las peripecias de Ham Gravy, su novia Olive Oyl y su hermano Castor. Una serie que comenzó en 1919 como una especie de homenaje al slapstick cinematográfico, evolución natural y lógica de su obra anterior Charlie Chaplin’s Comic Capers. La serie tuvo bastante éxito por lo que poco hacía prever el cambio de timón que se daría en 1929 con la aparición de un personaje circunstancial, un marinero tuerto de malos modales llamado Popeye que debía capitanear el barco en el que se embarcaban Ham y Olive. Un personaje que haría orbitar toda la serie alrededor de él y cambiaría radicalmente el tono de las aventuras. Con la inclusión de Popeye, Ham Gravy y Castor Oyl desaparecieron rápidamente de la serie, que ya transformada en Thimble Theatre starring Popeye, comenzaría un periplo de aventuras fantásticas, casi surrealistas, plagadas de secundarios geniales como Alice the Goon, King Blozo, la Bruja del Mar, Swee’pea, Eugene the Jeep o J. Wellington Wimpy. Personajes que rompen los moldes de la clásica estructura de la tira clásica humorística para correr larguísimos lances donde la fantasía se desborda a cada momento. El malencarado Popeye se convierte en el primer antihéroe de la historia, siempre refunfuñando y haciendo uso de su increíble fuerza (conseguida, por cierto, no por comer espinacas, sino por haber frotado una gallina mágica) para resolver los problemas a puñetazos.

Curiosamente, la influencia de Popeye ha sido brutal en la cultura americana, pese a que pocos se acuerden de sus orígenes. La creación de Segar no sólo se convirtió en un mecanismo publicitario para el consumo de espinacas (basándose en un error de transcripción que las dotó de un contenido en hierro cientos de veces superior a la realidad), sino que llegó a popularizar palabras como “goon” o “jeep” (que fue usada para designar el cohe todoterreno del ejército). Incluso una de las cadenas de hamburguesas más famosas de los USA se llama Wimpy.
Por desgracia, Segar murió en 1938 dejándonos apenas 9 años de su genialidad. Popeye fue después continuada por autores como Bud Sagendorf, que se plegaron a las exigencias mediáticas, dejando la serie en un continuo de enfrentamientos entre el marinero y Bluto (quien apenas aparecería en la época de Segar).

Ediciones en España
Thimble Theatre Popeye se ha editado en nuestro país desde los años 30, pero nunca en su totalidad. La última edición conocida es la de Eseuve, primero en la colección StripComics en formato apaisado pequeño y después a gran tamaño. Aunque que nadie se crea que en los USA la cosa es mejor, ya que la excelente edición de Fantagrahics está descatalogada.

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Artículo de Rafa Marín en Bibliopolis
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