Opio en pequeñas dosis

A principios de los 80, la aparición de la revista Cairo supuso un revulsivo impresionante para el tebeo español, que en ese momento se centraba alrededor de la generación de autores españoles que habían colaborado en Warren, básicamente. Autores que venían con nuevas ideas y nuevos conceptos sobre estilo y narrativa gráfica, erróneamente identificados como seguidores de la escuela de Hergé cuando seguían firmemente la influencia del gran maestro Calatayud, uno de los grandes innovadores del lenguaje de la historieta y con un gran respeto a la tradición del folletín clásico, de los cuadernillos de historieta de los 50 y 60. La revista dirigida por Joan Navarro se nutría de autores francobelgas, pero en el número cuatro comienza la serialización de Opium, una obra creada por el valenciano Daniel Torres, un autor que provenía del underground (había publicado las aventuras de Claudio Clueco en El Víbora) y que había evolucionado radicalmente hacia un estilo de línea clara muy influído por Calatayud. Opium es un homenaje irredento a la cultura popular en todas sus formas, desde el folletín radiofónico (no en vano el locutor Rubén Plata es el protagonista) al folletín de aventuras, pasando por los cómics de aventuras americanos, los cuadernillos o la lietratura de género. Malos malísimos inspirados en el mismísimo Fu-Man-Chú, buenos buenísimos o débiles e indefensas novias, eternamente enamoradas de su paladín, protagonizan historias delirantes, divertidísimas, que saben reírse de los estereotipos de los géneros sin perder en ningún momento el respeto a aquello que está satirizando. Torres jugaba con la narración habilmente, con un elegante blanco y negro que ponderaba perfectamente la limpieza de su línea, pero sobre todo con el inteligente uso de los recursos narrativos del cuadernillo, desde las portadas a las onomatopeyas. Una excelente obra que dio lugar, siete años más tarde, al primer comic-book de autores españoles. El equipo creativo formado por Francisco Pérez-Navarro a los guiones (sobre argumentos de Daniel Torres, aunque después pasarían a ser firmados por ‘Factoría ACME’) y Ramón Marcos e Incha a los dibujos (con un excelente color de Paco Hernández), consiguió recuperar perfectamente el espíritu de la obra inicial, creando una serie de ciencia-ficción de inspiración ‘retro’ divertida que, si bien le costó un par de números arrancar, pronto consiguió un nivel medio excelente, siempre jugando en esa delicada línea entre el homenaje y la parodia.
Dos buenos tebeos que ahora, casi veinte años después, Norma recopila en un único volumen, cometiendo a mi entender dos importantes fallos: en primer lugar, reducir el tamaño de impresión al formato libro. Una reducción que apenas afecta a la miniserie (que ya se publicó en formato comic-book) pero que afecta muy negativamente al prolijo y barroco dibujo de Torres del álbum que da nombre a la serie. El segundo error es reproducir en blanco y negro la miniserie de comic-books, perdiendo el color de Paco Hernández, fundamental en este caso, ya que muchos de los efectos de iluminación se habían dejado al colorista, perdiendo efectos de sombras y profundidad y haciendo confuso el dibujo en determinadas escenas. Una verdadera lástima, porque habiéndolo reproducido en tamaño cómic-book y a color, el resultado habría sido una perfecta edición de una de las mejores series del tebeo español. [Opium: (3+); Miniserie (2+)]

El antecendente directo de Watchmen

Pese a que el mensaje de El Unoha envejecido bastante mal en estos veinte años, es posible que, si Watchmen no hubiese existido, se recordase todavía hoy a este tebeo como el punto de inflexión clave en la historia del género de superhéroes. En el momento de mayor apogeo de la era Reagan, Rick Veitch usó el género de superhéroes para lanzar una crítica mordaz y salvaje hacia la carrera armamentista, planteando cómo serían usados los héroes en un mundo real donde el miedo al invierno nuclear era tangible y real. Pero si lo superhéroes clásicos eran una exaltación de los mejores valores de la humanidad, en El Uno los superhéroes creados por el hombre sólo hacen que exagerar sus peores defectos, evidenciando la corrupción de los gobiernos a los que sirven, en servidumbre a los poderes económicos representados por el odioso Itchy Itch. Una durísima serie que, sorprendentemente, publicaba una editorial mainstream como Marvel a través de su sello Epic. Pero los años 80 eran todavía deudores del “flower power” hippie y Veitch no dudó en incluir en su obra un mensaje acorde a la filosofía de “unidad en lo espiritual a través del amor”, que hoy se nos aparece casi como una cursilada de gran calibre, lastrando quizás en demasía la lectura actual de esta serie (un mensaje que tiene multitud de coincidiencias y similitudes con el que Alan Moore lanzaría apenas unos años después en Watchmen, una conexión lógica habida cuenta de la relación entre ambos autores, que reconocen no sólo su amistad a través de su colaboración, sino su mutua admiración). Es evidente que los profundos e inesperados cambios que se han producido en el mundo desde la caída del muro hasta los ataques terroristas del 11-S dejan en cierta forma obsoleta la vía de denuncia elegida por Veitch, pero eso no quita para que su lectura siga siendo un estimulante ejercicio para la inteligencia y el análisis, sino histórico, sí como ejercicio metalingüístico sobre el género, con muchísima mala leche y con multitud de guiños aficionados al tebeo desde la primera página (con esa genial parodia de Richie Rich que es Itchy Itch).
Y de lo que no cabe ninguna duda es que El Unoplanteó por primera vez, de una forma seria y consistente, el uso del género de superhéroe para algo más que el entretenimiento, como vehículo de un mensaje adulto y reflexivo, con un planteamiento integral de la serie donde todo es importante, hasta las geniales portadas que, desgraciadamente, se han perdido en esta edición. Un uso del género que Veitch completaría con dos obras más que completan su “trilogía heroica”, BratPack y The Maximortal, en las que el mensaje se endurece y agría, consiguiendo de paso uno de los más inteligentes análisis sobre el superhéroe que se ha hecho en el tebeo. No estaría de más que Norma completase la publicación de esta trilogía. (4-)
Enlace: entrevista a Veitch

La terrible dualidad gafapasta/pijamero

Yo soy de los que piensan que, en el fondo, a los que nos gustan los tebeos nos gustan todos los tebeos. Que cualquier cosa que tenga dibujitos y nos cuente historias nos atrae profundamente. Puede que luego conecte más o menos con nostros, pero el magnetismo de la viñeta nos puede, es imposible resistirse. Por eso, todo esto de los gafapastas y pijameros no deja de ser una especie de discusión sobre hipocresías no asumidas. Que todos actuamos como una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde ante estas cosas, y que cada cual decide cuál de los dos corresponde a ese extraño ying y yang del gapastismo/pijamerismo.
Y como prueba, vayan dos lecturas una en las antípodas de la otra, pero unidas por un nexo común: son historietas. Y buenas.

Comienzo por la miniserie de La Antorcha Humana y Spiderman, de Dan Slott y Ty Templeton. Un curioso homenaje a la historia de los encuentros de estos dos personajes, llena de guiños a la famosa ‘continuidad’ que no dejan de ser irónicas referencias a la historia de estos personajes. Slott es un sólido guionista, con un sobrado dominio de los recursos de la comedia, que pone aquí al servicio de cinco historias enmarcadas en otros tantos momentos de la historia de Marvel. Historias muy divertidas que saben jugar aedmás con un doble nivel de lectura: el sencillo, de la simple comedia para pasar un rato entretenido de lectura, o uno más complejo, dedicado a los aficionados de toda la vida, que disfrutarán encontrando los centenares de referencias a los momentos más importantes de la vida de Spiderman. Debo reconocer que nunca he sido una gran lector de Spiderman (¡ay! servidor fue siempre de la Novaro y no de Vértice) y que, lógicamente, se me escapan la mayoría de estas referencias, pero pese a todo se puede disrutar el buen hacer de Slott, con excelentes diálogos y buenos planteamientos de comedia. Lástima que Templeton no esté a la altura del guión, porque pese a sus más que encomiables intentos por clonar los estilos gráficos de cada época (lo que logra, especialmente, con Romita Sr.), lo cietro es que le falta ese dominio de la gestualidad que tiene dibujantes como Maguire o Bobillo para poder encajar perfectamente con un guion donde la ironía muchas veces es tan fina que sólo se aprecia en las reacciones de los personajes. Pese a todo, un tebeo divertido y para pasar un buen rato, donde lo peor es, de lejos, la edición en miniatura de Panini, con una tapa dura que no tiene demasiado sentido. (2+)

Y para compensar en la balanza, lectura de la última obra de Renée French, The Tickling. Una autora con un universo muy especial que se plasma perfectamente en este cuento que habla de la aceptación de uno mismo a través de la historia de Edison, un niño con un horrible deformidad craneal, heredada de su padre. Una historia sencilla, narrada con un estilo minimalista, voluntariamente ralentizado con páginas con una sóla viñeta, perdida en una página en blanco que acentúa la sensación de aislamiento. French busca que el lector se pare en cada viñeta, que lea el dibujo en cada uno de sus pequeños detalles, necesarios para que sea el propio lector el que vaya completando el puzzle de esta historia. Una opción siempre arriesgada, pero que la autora sabe sortear a la perfección. Un obra interesante pero que tiene que sufrir, ya sea de forma consciente o no, la comparación constante con la imprescindible “Como guante de seda forjado en hierro” de Dan Clowes. Si bien la obra de French tiene una vertiente más intimista, la contundencia de las reflexiones y, sobre todo, sensaciones y sentimientos que provoca Clowes es tan imponente que resulta casi imposible no recordarla en cada momento, más con algunas de las coincidencias gráficas que se dan. Aún así, una obra interesante a leer, con una espectacular edición de Drawn & Quaterly (3-).