Crónica desde una ciudad sitiada

¡Están en todas partes!
Allá donde mires, aparecen en grupo, persiguiéndote, abalanzándose sobre ti. Es una marea amarillo-blancuzca que poco a poco se ha adueñado de la ciudad.
Tenía esperanzas de que no pudieran superar las barreras que los delimitaban, pero son demasiados, la policía ha desistido y se repliega en un círculo exterior, dejándonos a todos indefensos ante ellos.
Ayer ya era evidente que muchos de ellos habían salido del círculo de confinamiento, pero hoy ya es imposible evitarlos, vagando por la calles y atacando a los indefensos ciudadanos. Su inocente forma exterior de alegres muchachos los coge desprevenidos, pero lo he visto amigos, juro que lo he visto.
He asistido horrorizado a cómo un pobre vecino era perseguido por un grupo de ellos, cómo se echaban sobre él y cómo poco a poco desaparecía tras esa masa amarilla, que apagaba sus gritos bajo extraños cantos.
Pero lo peor no había llegado.
Cuando dejaron a su presa, puede ver como en la víctima sufría lo que yo creía sus últimos estertores, desnudo en el suelo con la ropa hecha jirones… Pero el horror estaba por llegar, su piel fue cambiando de color, tornándose amarilla, de un amarillo limón chirriante. Me quedé paralizado ante la transformación, pero la estupefacción se fue convirtiendo en pánico cuando vi como le crecían unas repugnantes excrecencias en la frente y en la espalda. La primera, blanca, parecía copiar la forma de una gorra blanca y amarilla. La segunda formaba una especie de mochila, con símbolos parecidos a cruces y mitras.
Tras la transformación, los estertores pararon y unos cánticos similares a los de ellos comenzaron a salir de lo profundo de su garganta. Sonidos guturales que acompañaban un rítmico movimiento del cuerpo sin vida, que fue levantándose hasta quedar frente a mí con la mueca de una sonrisa forzada y los ojos en blanco que se clavaban sobre mí.
El sudor corría por mi frente y mi único pensamiento ha sido huir, correr como nunca lo he hecho mientras lo que era antes una persona normal me seguía.
Corrí hasta mi casa hasta echar los pulmones, mientras un grupo de esas cosas se unían a aquello que había visto y me perseguían. Afortunadamente, son muy lentos, al andar siempre de rodillas, eso me dio unos segundos preciosos.
Ahora estoy en casa. He cerrado las ventanas y las puertas y las he reforzado con unas tablas.
Están fuera, les oigo, puedo sentir sus movimientos erráticos. Están intentando entrar en la finca. No sé lo que aguantará la puerta. Veo a través de las ventanas como otras casas ya han sido tomadas, mostrando victoriosas la bandera amarilla y blanca.
No sé cuánto resistiré, pero por favor, si no veis más mensajes, no se os ocurra venir por esta ciudad nunca. Sea lo que sea lo que esas personas tienen, es contagioso y muy peligroso.
¡Están ahí! ¡Les oigo! ¡Han entrado en la casa de los vecinos! ¡Puedo oírles cantar…!