Enlaces vacacionales

Estamos en Agosto, y servidor se encuentra en pleno periodo vacacional, así que entre el derretimiento neuronal propio de los rigores de la canícula y el estado de tocamiento ombliguil en el que me hayo, como que para mí hoy puede ser domingo, lunes, o jueves. Vamos que me da lo mismo, por lo que es un buen momento para poner tres enlaces. Comienzo por tres entrevistas, a saber:
– Al barbudo genial, es decir, Don Alan Moore, que es entrevistado con motivo de la esperada edición de Lost Girls, una especie de cuento de hadas pornográfico hecho al alimón con su señora. Edita Top Shelf a precio prohibitivo. (En inglés)
A Don Jean-Christophe Menu, cabeza visible de L’Association, que se despacha a gusto sobre la situación que vive el mercado francés que comenté unos post más abajo. (En francés)
– Genio y figura hasta la sepultura: Alex Toth le pega un repaso a Gary Groth en The Comics Journal, traducido al castellano gentileza de Pepo Pérez (no os perdáis la discusión posterior).

Y, por último, mucho ojito a Entrecomics, un nuevo blog colectivo que, pese a llevar muy poquito tiempo, esta dando muestras de una calidad excelente. Variedad temática y buenos textos, garantía de lectura obligada.

Lecturas saloneras (XXXIV). Kamandi

A finales de los 60 y principio de la década de los 70, el mundo vivía el momento más crítico de la guerra fría. El peligro de guerra nuclear, con el serio precedente de la crisis de los misiles cubanos y con la guerra de Vietnam de fondo, la humanidad se tragantaba cada vez que alguno de los dirigentes de las dos grandes superpotencias de entonces estornudaba, pendientes de ese famoso botón rojo que podía enviar nuestra civilización a criar malvas. Una situación que fue caldo de cultivo ideal para que se desarrollase un género que llegó a tomar naturalaza propia: el catastrofismo apocalíptico. Durante esos años, el cine creó decenas de escenarios donde el mundo acababa destruido por la locura nuclear, o terribles catástrofes asolaban el planeta, desde gigantescos terremotos a incendios en rascacielos de reminiscencias babelianas, pasando por trasatlánticos puestos patas arriba o aviones estrellados.
Muy lógicamente, semejante estado de alteración nerviosa llegó a los tebeos, siendo uno de sus mejores exponentes (que no el más reconocido) la particular visión que creó Jack Kirby: Kamandi, el último chico sobre la Tierra.
Tras el fracaso del Cuarto Mundo, Kirby volcó todo su talento creativo en la creación de un mundo post-nuclear, un joven humano tenia que lidiar contra sociedades de animales evolucionados antropomórficamente. Si en referente explícito y reconocido de El Planeta de los Simios son los primates los evolucionados, en el zúrrela mundo kirbyano cualquier especie animal ha seguido el mismo camino, perros, tigres, leones, canguros… Cientos de especies que recuperan en sus enfrentamientos tribales la misma irracionalidad de la que hacía gala (y sigue haciendo) el hombre al tratar con sus semejantes. El mensaje cósmico de los Nuevos Dioses se tuvo que calzar a duras penas en este más terrenal Kamandi, pero eso no impedía al “Rey” que la épica más descontrolada campara por las páginas de esta serie, con un marcado mensaje ecologista y antibelicista enterrado, eso sí, tras sus queridos diálogos grandilocuentes y los escorzos más imposibles.
Treinta años después, no se puede evitar ver cierta sana ingenuidad en las páginas de Kamandi, que no quita vigencia a su mensaje, pero sí quizás a las formas. Si recordamos que estamos en los catastrófilos 70, y nos ponemos en situación, su lectura en un entretenimiento divertidísimo, con un Kirby que, como siempre, demuestra ser único para la narración de la épica. Kamandi es un impresionante ejercicio de la salvaje fuerza de Kirby, intensa, impetuosa, con escenas y dibujos de un dinamismo tal, que parecen intentar escapar de las páginas.
Planeta edita en su colección de Clásicos DC, en BN y en tamaño reducido (¡ay! Recordando la edición mejicana de Novaro que llegaba a España). El blanco y negro siempre ha beneficiado a Kirby, pero la reducción de tamaño hace verdadero daño a la vista. (3)
Enlaces:
Una página sobre Kamandi
Kirby en guiadelcomic.com
Pagina en castellano sobre el Cuarto Mundo

Lecturas saloneras (XXXIII): Stuck Rubber Baby

Debo reconocer que, en su día, me sorprendió mucho la lectura de Stuck Rubber Baby, de Howard Cruse. En primer lugar, por el hecho de que fuera Paradox Press la que se encargara de la edición, una filial de una grande como DC (heredera descafeinada de la sugerente Piranha Press) que se atrevía con una obra que resumía con brillantez la historia del colectivo homosexual americano a través de la vida de Toland Polk, un joven sureño que debe afrontar su salida del armario en plena era Kennedy.
Pero sobre todo, me sorprendió por la impresionante calidad de la obra. Cruse, un desconocido para mí en ese momento (mi primera lectura de la obra se remonta al año 98 o así) era un reverenciado autor dentro de la comunidad gay por Wendel, pero su obra apenas se había visto fuera de esos circuitos y, mucho menos, había llegado a España, por lo que encontrar a un autor que demostraba ese despliegue de capacidad narrativa era cuanto menos, inesperable.
Casi diez años después, aprovecho la edición de Dolmen para releerla pausadamente en castellano, con una extraordinaria traducción de Diego García (a este hombre deberían clonarlo y ponerle a traducir todo tebeo extranjero publicado en España). Y no puedo menos que repetir todas aquellas sensaciones y descubrirme ante una de las grandes obras que ha dado este medio.
Curse consigue un delicado y difícil ejercicio de equilibrismo, a modo de los malabaristas que mantienen varios platos girando en lo alto de una vara sin que caigan ni paren en ningún momento. Usando el personaje de Toland Polk como eje de la narración, nos introduce en la sociedad sureña americana de los años 60, que se debatía entre la intolerancia de unas tradiciones ultraconservadoras, con una fuerte componente racista, y los vientos de renovación social y liberalidad que llegaban del norte y eran abanderados por la juventud. Un protagonista sobre el que se desarrolla un extenso reparto coral que va plasmando en paralelo los problemas de la comunidad homosexual y las reivindicaciones igualitarias de la comunidad negra, que Cruse compara acertadamente, pero sin dejar de evidenciar sus diferencias y, sobre todo, las contradicciones de aquellos que eran capaces de defender unas y no otras y viceversa. La búsqueda de la propia identidad de Toland se va transformando paulatinamente en el testimonio del cambio de la identidad de una sociedad que ve como sus cimientos morales y éticos deben evolucionar obligatoriamente.
Pero sobre todo, hay que destacar la capacidad de Cruse para humanizar a sus personajes. Sus errores, incoherencias y dudas son las de cualquier ser humano de carne y hueso, consiguiendo una cercanía completa hacia el lector, al que logra hacer llegar las sensaciones y sentimientos de todos aquellos que pasan por sus viñetas. Alegría, dolor, amor, miedo, ira… sentimientos universales que en Stuck Rubber Baby se reúnen y transmiten la lector con fuerza, pero dejando el espacio necesario para provocar una reflexión que nunca caerá en el fácil panfletarismo.
Stuck Rubber Baby es, sin duda, uno de esos tebeos de lectura obligada, que pone a la historieta al nivel de cualquier otra forma de expresión cultural y que se disfruta especialmente en la cuidada y excelente edición de Dolmen (4+).
Enlaces: Página de Howard Cruse