¿Un Salón del Cómic para Córdoba?

Atentos a la noticia que da el Diario de Córdoba en su edición del 24 de Agosto: El PSOE apuesta por un salón y unas jornadas sobre cómic .
Según informa el periódico, el grupo socialista del ayuntamiento propondrá en el próximo pleno un salón internacional del cómic en Córdoba, con “el objetivo de impulsar la creación artística y cultural y promocionar la educación de los valores entre la juventud cordobesa”. Según el concejal Juan González, “una ciudad como Córdoba, que pretende la Capitalidad Cultural, debe ser referente en todos los campos culturales, entre ellos el mundo del cómic”.
El texto de la noticia da todos los detalles, pero lo más interesante es que parece que el efecto “Premio Nacional del Cómic” comienza a dar sus frutos, provocando el interés de los políticos por un campo tan poco atractivo hasta ahora para ellos como el tebeo.
A ver si hay suerte y los cordobeses tiene un Salón del Cómic.
(Gracias a Ángel por el enlace)

(Continuará). Fascículo 1

Recuerdo yo que la vuelta al colegio significaba, además del trauma propio de la situación, la invasión de la intimidad familiar con todo tipo de anuncios de fascículos. Era época aquella en la que comprar semanalmente una colección de fascículos era una obligación familiar ineludible en la que toda la familia tenía algo que decir. Ya fuese la colección de labores del hogar para la sufrida ama de casa, la de grandes batallas para el guerrero de la casa o la obligatoria enciclopedia (que incluía la terrible decisión de elegir entre la Larousse o la Salvat, que venía a ser para la época como el enfrentamiento entre PC y Mac), toda familia que se preciara se embarcaba en la inacabable tarea de comprar cada semana una colección de fascículos. Doscientas, trescientas, hasta cuatrocientas entregas tardaba uno en poder saber qué coño era una zarigüeya, que la Z siempre ha quedado pelín relegada en estas cosas, pero eso sí, con una descarga de placer orgásmica cuando uno recibía encuadernado el último volumen de la interminable tarea.
Era una costumbre colectiva, una proyección del coleccionismo compulsivo, en la que uno deseaba entrar cual rito de paso, esperando tener la edad suficiente para poder tener su propio fascículo (servidor pasó esa prueba con la enciclopedia temática infantil Saber Más, que todavía anda por casa) y ser parte del ciclo semanal que vivía nuestra sociedad.
Digo esto, porque en esas época, hace ya tres décadas de esto, el mundo se movía en un régimen semanal: las series de TV se emitían semanalmente, para que se pudiera discutir con tranquilidad las desgracias del pobre Kunta Kinte o los tremendismos de Poldark, igual que las revistas del corazón eran semanales para que las señoras pudieran debatir la vida de las famosas en su cita en la peluquería.
Pero la sociedad se fue acelerando y las cosas cambiando. Poco a poco la gente empezó a impacientarse, la Z adquiría sus derechos y no podía esperar cuatrocientas semanas, así que los fascículos dieron paso a los tomos. “Están locos”, decía mi padre, “¿quién comprará un tomo cada quince días, con lo caros que son?”. Pues todos, porque la cosa funcionó y poco a poco los fascículos fueron desapareciendo en beneficio de los tomos, que las prisas se contagiaban y la gente no quería esperar, las series dejaban de emitirse en una semana y se emitían diariamente concentradas, o dos capítulos seguidos e inimaginables perversiones más.
Paradójicamente, con el tiempo se ha vuelto a los fascículos, pero esta vez debido a la imperante costumbre de relegar la lectura a un comportamiento atávico, convirtiéndolos en acompañamiento inútil de las colecciones de todo tipo de figuritas. Zapatitos, bomberos, soldaditos, casitas, coches, piedras, joyas, perfumes… ya sólo faltan condoncitos para certificar la transformación del quiosco en una especie de supermercado en miniatura con una amplia sección de deuvedés, habida cuenta del éxito del formato.
Una historia resumida del coleccionismo en el que, como ustedes ven, no hay tebeos. Curioso, porque por mucho que intento recordar, sólo consigo visualizar una colección de El Quijote con fondos fotográficos, la Biblia contada a los niños y más recientemente los tomos de Asterix y Tintin en inglés. Claro que tiene su lógica, porque los tebeos ya eran semanales en aquellas épocas iniciales de las que hablaba antes. Esperábamos que nuestros padres nos comprasen nuestra ración de Mortadelo y demás (porque sí, los tebeos los compraban los padres, lo de la paga semanal a la americana todavía tenía que llegar) y sí teníamos suerte y un vecino con pasta, podíamos gorronearle las carísimas Joyas Literarias Juveniles a todo color.
Pero, fíjate tú, la evolución de los coleccionables fasciculares y la de los tebeos ha sido completamente distinta, porque cuando lo de los tomos estaba superado (ya sabéis, los condoncitos de colección) va y resulta que los tebeos descubren América y comienzan a salir en forma de tomo (tomito, que no hay que exagerar) en los quioscos. Eso sí, sin publicidad y sin decirlo a nadie, no vaya a ser que alguien se entere, se vendan y tengamos un problema.
Digo yo, que hay un problema de sincronía entre el mundo y las editoriales de tebeos, pero eso, lo analizaré mañana…
(Continuará)

Mis Tebeos Favoritos (XXIV). Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons

Cuando Alan Moore concibió Watchmen, es posible que ni se imaginara el impacto que tendría su obra dentro del género superheroico y el lugar que ocuparía en la historia de los tebeos a partir de ese momento. DC encargó a Alan Moore y Dave Gibbons una sencilla revisión al uso de los héroes de la Charlton, una editorial clásica absorbida años antes y con un potencial de personajes con los que no se sabía muy bien qué hacer. Poco podía esperar DC que su encargo se transformase en una reflexión profunda y magistral sobre el sentido del héroe en la sociedad de los 80, que iba mucho más allá de lo que hasta el momento se había abordado en el tebeo de género, trascendiendo al propio medio. Es verdad que se había intentado antes, trastocando y pervirtiendo el concepto de héroe, pero todos esos escarceos previos no se atrevieron a golpear directamente los cimientos de la definición misma del superhéroe. En el fondo, todos las historias que hasta el momento cuestionaban a los héroes no dejaban de ser adaptaciones a los nuevos tiempos, plataformas desde las que relanzarlos con más fuerza si cabe. Podían cuestionar su bondad, es cierto, pero se reafirmaba unas páginas después, evitando entrar directamente en la personalidad del personaje.
Pero Moore se atrevió y dotó a sus personajes de personalidades complejas y ambiguas, poliédricas… humanas, que expresaban sus incoherencias y sus debilidades. Los héroes dejaban de ser los exponentes del bien que la industria había construido para sumergirse dentro de la realidad, ensuciándose, contaminándose con la envidia, la ambición, la lujuria, la ira… Los pecados capitales entraban con facilidad en este campo de bondades e ingenuidades, donde parecía que la honestidad y una sonrisa perenne de anuncio de dentífrico era la única definición posible de los personajes. Se quedaban ahí, no era necesario expulsarlos después porque no existía catarsis colectiva, eran seres humanos a los que se les ponía en situaciones extremas, ante las que reaccionaban con humanidad, no con la esperada postura del superhéroe.

Ya con eso, Moore habría creado un gran tebeo. Pero hizo más, mucho más. Porque la verdadera grandeza de Watchmen trasciende su argumento, está en el impresionante edificio formal que construyó para su desarrollo.
Con el tiempo y muchas, quizás demasiadas lecturas, cada vez tengo más claro que quizás Watchmen no sea un tebeo sobre el superhéroe, como nos quiere hacer creer, sino una declaración sobre las posibilidades de la historieta como género narrativo. A partir de una asfixiante estructura compositiva de 9 viñetas por página, en disposición de 3×3, Moore exploró los recursos de la historieta como nunca antes se había hecho, demostrando que la narrativa es mucho más que una simple composición de página. Jugó con el ritmo y con el tiempo, movió los personajes como nadie, desarrolló tramas paralelas y mezcló diferentes formas narrativas, desde el cuento clásico o el pulp, la novela por entregas, hasta el periodismo… pero, sobre todo, demostró que es posible enganchar al lector y llevarle por donde se quiera dentro de la narración. No fueron necesarias imponentes splash-pages o hermosas pin-ups, sólo una historia cronometrada a la millonésima de segundo, en la que los elementos se engrasaban a través de un ritmo perfecto y en la que nada de lo que viese el lector estaba improvisado. Todo un monumento al arte secuencial que no hubiera sido posible sin la presencia del dibujante Dave Gibbons, que supo desde la primera viñeta plegarse a las exigencias del guionista e interpretar sus direcciones con magistralidad.
Sólo hay un pero en este discurso, una pequeña mancha negra en el análisis que me impide colocar a Watchmen más alto en mi escalafón personal. Con cada nueva lectura de la obra, es más evidente que me quedo enganchado y maravillado de la brillantez formal. Ya sea leído en castellano o en inglés, me subyugan la estructura palindrómica de algunos episodios (una constante en la obra, con el icono de las manchas de Rorschah omnipresente), en el genial uso de los flashbacks, en el prodigioso sincronizado del episodio en Marte, el detallismo en los puntos más nimios de la puesta en escena… pero me olvido de la historia. Termino dejando de lado el argumento y me fijo en el continente olvidando el contenido, como si al entrar en un museo dejásemos de mirar las pinturas para sólo admirar el edificio que las alberga. Aisladamente, cada episodio funciona perfectamente, su reflexión es inigualable y es una provocación para el intelecto… Pero, en su conjunto, la historia final que quiere contar, es ingenua y simple. Es un contraste que hace que siempre que se hable de Watchmen se admire su estructura, episodios aislados… pero nunca he visto a nadie que me destaque la historia que está contando. Es más, en la mayoría de los casos, mucha gente ni recuerda cuál es la historia real que sea ha contado.
Esta sensación es la que me lleva a plantear, como ya comentaba, que creo que estamos ante un análisis sobre las posibilidades narrativas del medio escondido tras una reflexión sobre el superhéroe.
Es quizás su gran talón de Aquiles, ese “pero” que hace que no estemos ante una de las cinco o seis obras más grandes de todos los tiempos, pero que no resta ni un ápice de un magistralidad, por supuesto. Al igual que en otras obras clásicas, donde el argumento queda superado por las innovaciones formales que supusieron, la obra de Moore y Gibbons es una piedra miliar en la historia del tebeo. Es verdad que no inventa recursos y no aporta innovaciones, pero demuestra que los recursos existentes se pueden componer para obtener cualquier grado de complejidad narrativa. Que la historieta puede acceder a los niveles de madurez narrativa de cualquier otro medio.
Pero independientemente de esta apreciación personal, es evidente el impresionante efecto que esta obra causó y sigue causando en el género de superhéroes, que tuvo claramente un antes y un después de Watchmen. Demostró claramente que es un género más, con el que se pueden hacer obras tan válidas como con cualquier otro, sin ningún tipo de acomplejamientos ni minusvaloraciones. Moore parte de la veneración y el profundo conocimiento de los héroes de la Golden Age (demostrada amplia y profusamente en su obra posterior) para deconstruirlos con precisión de cirujano pero, paradójicamente, abrió la veda de “héroes oscuros” (junto con el Dark Knight de Miller) en los que sólo se había captado la superficialidad de la reflexión de Moore, autores que se quedaron en la infantil percepción de la ultraviolencia como sinónimo de adulto, creando una extensa caterva de héroes sin personalidad y vacuos. Personalmente, sigo pensando que Moore cerró la puerta tras de sí, dejando el nivel tan alto que hace casi imposible entrar en el camino que abrió sin caer en las comparaciones.

Ediciones en España
Watchmen ha conocido muchas ediciones en España, comenzando por la de Zinco, en 12 comic-books siguiendo la edición original americana. Esta edición fue después retapada. Posteriormente, Glenat llegó a editar en formato álbum europeo dos álbumes que recogían los cuatro primeros comic-books (con una traducción bastante espantosa, todo sea dicho). Norma editó finalmente un lujoso volumen que recopilaba toda la obra, en una cuidada edición con lo que hubiera sido una excelente traducción de no ser por un desgraciado y único error que hacía perder parte del sentido de la historia. Planeta DeAgostini ha anunciado ya que editará en España la lujosísima edición ABSOLUTE WATCHMEN, que recientemente editó DC en los USA.

Enlaces
Watchmen anotado (en inglés)
Artículo de Rafa Marín
Alan Moore Fan Site
Artículo de Yeray Muad’Dib
– Sí, Jotace lo hizo…