Corbeniana (o Lecturas)

A veces pienso que mi vida como lector de tebeos está ligada indefectiblemente a un nombre: Richard Corben. Porque a poco que mire atrás, resulta que el chicarrón de Kansas ha protagonizado mi vida como lector en momentos fundamentales. Cuando acababa la década de los 70 y servidor era un renacuajo preadolescente, las historias de Corben en 1984 y Creepy marcaron mi “primera transición” como lector de tebeos. Fue un impacto brutal, salvaje, que me abrió lo ojos de golpe. Servidor, que pensaba que ya era adulto porque leía los tebeos de Vértice, de repente alucinó con las páginas del 1984, especialmente con las historias de Corben (y no, no voy a a negar que las hormonas exaltadas de la época y las hiperdesarrolladas glándulas mamarias de las protagonistas de sus historias algo tuvieron que ver…).
Un flechazo inmediato, impetuoso, que me obligaba a rastrear todas y cada una de las revistas donde se publicaban sus historietas. El 84, Creepy, los especiales de TOTEM USA eran obligatorios, comprar cualquier número de Delta o Dossier Negro donde apareciese y la búsqueda me llevó a bucear por antiguos Vampus, Rufus, Famous Monsters, Spirit… Mi amigo Vicente y yo rivalizábamos a ver quién tenía más páginas de Corben en su exigua colección de tebeos y cualquier cosa que hiciera nos parecía una obra maestra.
¡Ay! Pero ya se sabe, uno crece y una de las formas de intentar reafirmar nuestra recién estrenado proceso de maduración es negar cualquier evidencia de infancia, incluyendo todo aquello de lo que hayamos disfrutado antes. Y como Corben había sido una constante durante los últimos años de preadolescencia, el adolescente que fui decidió rebelarse contra él, denostándolo y repudiándolo. Abracé la fe de los humanoides y adoré a su mayor divinidad, Moebius, pensando que por fin había llegado a la adultez.
Y así viví durante muchos años, pasando de los franchutes a los hispanos de la movida, de ahí a los indyes y, de ahí, otra vez a los americanos de toda la vida. Había realizado uno de esos círculos paradójicos, que llevan otra vez al principio, pero con muchas más lecturas, miles de ellas. Y quizás, también con menos pájaros en la cabeza.
El caso es que después de años sin acercarme a las páginas de Corben, volví a abrir uno de sus álbumes. Creo recordar que era Bloodstar.
Y menudo golpe.
La nostalgia me intentó noquear con todas sus fuerzas, pero fue todavía mayor el cachiporrazo que dio mi mayor conocimiento del tebeo. De repente, entendía qué es lo que me enamoró de Corben, su fuerza visceral, primitiva que se traducía en una narrativa incomparable. Y me di cuenta también de que antes tan sólo leía la superficie, como si las viñetas y los dibujos fuesen parte de un lenguaje del que sólo podía descifrar algunas palabras. Comprendí la naturalidad de su puesta en escena, la inspiración de su composición, lo acertado de su concepción narrativa.
Corben renació ante mí con toda su fuerza y, gracias quizás a eso, entendí que la historieta era todavía más increíble de lo que yo quizás jamás había imaginado.
Y todo esto lo cuento, por algo, lógicamente, y es la reciente edición del monográfico Solo dedicado a Richard Corben publicado por Planeta. Una recopilación de historias que me han llevado al pasado, a las historias de Margopoules, Jones, Dubai y tantos otros que llenaban las páginas de las revistas de Toutain. Esas historietas de final sorpresa y moraleja profunda que hoy parecen totalmente trasnochadas, pero que tienen el encanto de la nostalgia, por lo menos para los que las disfrutamos en su día.
Pero Corben, ya un sesentón, demuestra que ya es perro viejo en estas lides y que da igual de lo que se tercie, que es se toma cada encargo como un profesional y que plasma en viñetas su saber narrativo, labrado a golpe de miles de páginas, sin desdeñar su intuición natural.
Las cuatro historias que incluye este número son un buen ejemplo de su increíble talento, mostrando algunos de sus estilos, desde el más sucio, el correspondiente a su etapa undergound a su espectacular tratamiento del color (que es exactamente el mismo ahora con ordenador que el que en su día hacía componiendo las planchas de color a mano). No hay grandes argumentos (aunque atentos a la excelente versión de Poe en La Plaga), pero es una lectura que muchos dibujantes actuales deberían estudiar casi como un libro de texto.
Eso sí, obligatorio para los viciosos de Corben que lo descubrimos en Toutain. (2)
Enlaces:
La mejor página sobre Richard Corben
El diario de Jeremy Brood
Los extraordinarios mundos de Richard Corben
La leyenda de Richard Corben
Ficha en Guiadelcomic.com