Lecturas de hace 20 años. Cuando el viento sopla

El otro día, chateando un rato, salió en la conversación un tebeo magistral que me provocó la inmediata necesidad de volver a leerlo: Cuando el viento sopla, de Raymond Briggs. Un tebeo sorprendente, único, en el que Briggs, un ilustrador de cuentos infantiles de prestigio, saltaba al cómic con un durísimo relato sobre un ataque nuclear en Gran Bretaña. Un tema recurrente a principios de los 80, más con el endurecimiento de la guerra fría que supuso el reaganismo, pero que en la obra de Briggs se transmuta en lo que sin duda es el relato antibelicista más potente y duro que he tenido en mis manos. Y mira que he leído tebeos emocionantes, que llegaban al corazón, pero ninguno como esta historia de dos abuelitos que asisten impotentes al comienzo de una guerra nuclear. La anciana pareja asiste al espectáculo de horror desde la sencillez y la ingenuidad de la simpleza de aquellos que viven su vida sin más objetivo que ser felices, consiguiendo un relato sobrecogedor, que te pone el corazón en un puño. Uno de los pocos tebeos cuya lectura me ha dolido, que me ha provocado un nudo en la garganta y me ha hecho llorar tras su final lágrimas de rabia ante la estulticia del ser humano, empeñado en destruir a cualquiera que opine diferente.
Una de las reflexiones más atroces y terribles sobre la guerra que yo haya podido leer, que se queda grabada a fuego gracias a un dibujo simple, infantil, casi “naif”, pero que esconde en sus simples trazos el secreto de lanzar misiles directos a los sentimientos. Es muy difícil leer esta obra de forma aséptica, sin emocionarse, pero si se consigue, es increíble ir analizando la increíble habilidad narrativa de Briggs, que usa una composición sencilla, sin complicaciones innecesarias, basando todo el peso de la narración en la puesta en escena, los diálogos y un magistral uso del color, que toma un peso inusitado, protagonista absoluto y que se convierte en un terrible reloj del juicio final, espantosamente profético.
El álbum fue publicado hace 20 años en España por Editorial Debate y dio lugar a una película del mismo título, que apareció en castellano en formato VHS. Desconozco si se ha publicado en DVD.
No estaría de más que alguna editorial se preocupase en editar es título de nuevo. De hecho, si la lectura de esta obra fuese obligatoria, seguramente el mundo sería algo mejor. (4+).

Lecturas. El pequeño mundo

No puedo decir que Jean-David Morvan sea un guionista al que sigo especialmente. Prolífico como pocos en los últimos años , sus guiones suelen demuestran un profesional con oficio, quizás con demasiados “tics”, pero que en general hace tebeos que son entretenidos sin mucho más. Series como Sillage, Meka o Nomad (aunque personalmente me quedaría con La Mandiguerre como lo más interesante de este autor) son buenos ejemplos de su obra: tebeos que se leen y se olvidan con la misma rapidez y que han recibido una buena respuesta del público francés, lo que le ha llevado a ser el encargado de la nueva etapa de Spirou con la ayuda a los lápices de Munuera.
Lo que no se le puede negar es olfato comercial: aprovechando los fastos alrededor de Peter Pan y los anuncios de una nueva entrega de las aventuras del personaje, Morvan se planteó una relectura de la eterna obra de Barry, pero desde la perspectiva del manga. El Pequeño Mundo es el resultado de esta extraña idea, mezclando ideas dispersas de distintas series japonesas (fundamentalmente centradas en la ultraviolencia y la supertecnificación) y de grandes éxitos cinematográficos (con referencia a Matrix incluida) con la onírica aventura de Peter Pan. Los elementos clásicos de la novela son sustituidos aquí hábilmente para conseguir que, de nuevo, un niño quiera dar el paso para ir al país de Nunca Jamás, en este caso, salir del cascarón virtual de una sociedad que vive en un placentero aislamiento para entrar en la realidad que hay más allá de las alambradas. Una mezcla que se propaga al apartado grafico, donde Toru Terada une sin muchos prejuicios la forma narrativa clásica de la BD con elementos del manga en un cóctel que no llega a cuajar siempre pero que tiene momentos de lo más curioso.
El resultado es, como siempre en este guionista, un tebeo entretenido que se deja leer, quizás más interesante en este caso por la curiosidad de encontrar las referencias a la novela y por la novedad de la aproximación “a lo manga”, pero poco más. Por desgracia para Morvan, Max ya exploró y logró una versión mil veces más vitriólica e interesante de Peter Pan. (1)