Lecturas. Casi…

Hay que reconocerlo: la abundancia de títulos en el mercado que estamos padeciendo es una especie de maná para el aficionado, que jamás ha tenido tanto para elegir. Lo malo, que siempre lo hay, es que nuestra acaparadora histeria compradora nos pide comprarlo todo y nuestro bolsillo, desgraciadamente, nos pone serias cotas a estos deseos. Aunque puestos a buscar más problemas, hay un segundo inconveniente, digamos, académico: la publicación de las obras de determinados autores se hace al tuntún y nos perdemos la evolución creativa y artística. Lo que es difícil de resolver, ya que comprendo perfectamente que las editoriales editen primero las obras más conocidas de un autor y, después, comprobado su funcionamiento, se dediquen a recuperar trabajos anteriores.
Lo que obliga, eso sí, a hacer actos de contextualización por parte del lector a la hora de comparar o evaluar sus lecturas.
Es lo que pasa leyendo Casi…, la obra de Manu Larcenet que acaba de publicar Bang! Ediciones. Nada más abrir las páginas, hay un choque gráfico importante, no encontramos al autor de línea clara y caricaturesca que conocemos de Los combates cotidianos, sino a un dibujante que explora los contrastes de grandes masas de negro, de atmósfera densa y sucia. Lo que se explica, en parte, si atendemos a la fecha de realización del álbum, 1998, lo que coloca a esta obra como una de sus primeras experiencias personales (de hecho, es el segundo álbum que se autopublicó), muy próxima formalmente a Dallas Cowboy y no tan alejada de la obra que le dio a conocer en Fluide Glacial, Bill Baroud.
Aclarado el tema, digamos que Casi… tiene una total conexión con su anterior obra autoeditada, Dallas Cowboy, siguiendo una línea mucho más personal. Si en aquella buscaba liberar sus angustias y neuras varias, ahora se centra específicamente en una, su paso por el servicio militar obligatorio y, específicamente, una situación especialmente dramática que vivió en ese periodo. Al leer la obra, es evidente que, si bien Larcenet la comienza con un espíritu crítico hacia ese “secuestro de estado”, lo que realmente obsesiona al autor fue ese episodio trágico que quedó grabado a fuego en sus retinas. Prácticamente todas las críticas y reflexiones van quedando relegadas a un segundo plano a medida que va apareciendo ese momento que se alzará con todo el protagonismo del álbum y que, no obstante, sirve también como reflexión brutal sobre el militarismo de la sociedad. En cierto modo, parece como si Larcenet perdiese el rumbo de la narración inicial para, paradójicamente, obtener mucha más fuerza dramática al centrarse sólo en ese punto crucial. El exorcismo personal, la necesidad de sacar fuera lo vivido se convierte así en el verdadero objetivo del álbum, que arrastra detrás su mensaje reflexivo.
Y lo hace, como comentaba al principio, con un estilo muy especial, alejado del que nos tiene acostumbrados, con fuertes masas de negro, siluetas desdibujadas y mucho pincel seco, lo que abunda y amplifica esa atmósfera de opresión que vive el protagonista, contrastándola siempre, muy acertadamente, con sus visitas al hogar familiar, donde el estilo cambia a otro caricaturesco y limpio, logrando perfectamente esa sensación de ruptura y cambio.
No es, desde luego, una obra tan redonda como las posteriores. Hay imprevisión y demasiadas ganas de contar cosas que se dispersan finalmente (todo lógico en un autor joven, todo sea dicho) pero que marca interesantes caminos que luego encontraríamos en su obra posterior mucho más reposados y mejor resueltos.
Excelente la edición de Bang!, a la que sólo le reprocharía que se han colado unos cuantos galicismos en la traducción. (2)

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