Lecturas. Manga y asesinos varios

Curiosa la propuesta de tsuka y Tarima en MPD Psycho, un manga de temática detectivesca que sigue muy de cerca los planteamientos de Thomas Harris para la serie de novelas de Hannibal Lecter, usando a un peligroso psicópata como ayuda para poder realizar perfiles psicológicos de asesinos en serie. No es, desde luego, un argumento novedoso (incorpora, eso sí, el punto distintivo de que el protagonista además de psicópata tiene personalidad múltiple) y su desarrollo sigue fielmente una estructura de episodios con trama subyacente que se puede hacer tan infinita como quieran los autores, pero no se puede negar que la morbosidad de las situaciones planteadas por los autores, macabras y perturbadas como pocas veces se ha visto en un tebeo. La imaginación enferma de autores como Hino o Maruo puesta al servicio de una trama detectivesca que está llevada de forma sólida e intrigante. Un tebeo entretenido pero, eso sí, no apto para estómagos delicados. (1)

Muchas, muchísimas ganas tenía de leer Lady Snowblood. Primero, porque es una obra de Koike, un guionista extraordinario; segundo, porque es la base argumental de Kill Bill, una exaltación de la nostalgia friki de la generación de los hoy cuarentones, cargada de cine en estado puro y con un demencial guión que mexcal sin rubor todas las referencias de aquellos que pasamos nuestra infancia en los 70, desde los superhéroes al cine de kung-fu, pasando por las series de TV. Con la ayuda de Kamimura a los lápices, Koike vuelve a abordar su tema fetiche, la venganza, eje argumental de todas las obras que hemos visto de este guionista en España y que en este caso se plasma en la figura de Yuki, la mejor asesina del Japón en el final de la era Meiji, que vive para vengar la salvaje violación de su madre. A través de diferentes episodios, desordenados cronológicamente (algo que ha aprendido bien Tarantino), Koike va explorando la personalidad de Yuki y su pasado, paralelamente a ese periodo fascinante que es la época Meiji, durante la que se produjo la introducción en el Japón feudal de las ideas occidentales. Sigue una estructura narrativa calcada de la de Lobo Solitario y su cachorro, pero por desgracia no tiene a un dibujante de la talla de Kojima a su lado, sino a Kazuo Kamimura, autor que sigue la escuela de dibujo naturalista del manga de los 70, influenciada por el gekija de Tatsumi y Tsuge y que se intenta alejar de la línea infantil y limpia instaurada por Tezuka con un trazo tosco y sucio, muy similar al de contemporáneos como Go Ngai.
Pese a que Kamimura resuelve con indudable destreza narrativa la larga ristra de asesinatos de la fría Yuki, hay mucha distancia entre su capacidad y el magisterio de Kojima en Lobo Solitario, como también la existe entre la plasmación de este Japón de transición apenas esbozado por Koike y el casi ensayo sobre la sociedad feudal japonesa del s.XVII de su obra más conocida y, no digamos ya, con una obra tan fundamental como El árbol que da sombra, de Tezuka, que trata también el periodo Meiji.
Lady Snowblood queda así como una obra alejada de otras de Koike tan espléndidas como Lobo Solitario o Asa el Ejecutor, pero que funciona eficazmente como una lectura entretenidísima y que, además, en esta edición de dos volúmenes se hace de lo más asequible (en cuanto a esfuerzo lector, porque Planeta sigue editando el manga con una evidente desgana en cuanto a calidad de reproducción, tan mala como la de 20th Century Boys). (2)

Los superhéroes son para los niños (o Lecturas superheroicas variadas con filosofía de todo a cien incluida)

Por favor, no comencéis a desenvainar las espadas y cargar vuestros trabucos verbales: ha sido un simple truco de marketing para captar vuestra atención. Deleznable y rastrero, sí, pero es que lo que viene detrás es una larga diatriba filosófico-onanista sobre el concepto del superhéroe a raíz de varias lecturas. Leedla, evaluadla y después, si queréis, se inicia el linchamiento, pero vaya por delante que no hay intención peyorativa en el análisis (aunque alguno se la sacará, ya se sabe).

Los superhéroes son para niños
Uno de los grandes problemas que tiene el género superheroico es su invariable clasificación como producto infantil y poco maduro. Una definición que enerva a los aficionados y que es sistemáticamente esgrimida por sus detractores y que, a mi entender, tiene como base una característica del género que deriva directamente de su nacimiento como escisión de la épica heróica y mitológica. El superhéroe y, en extensión, el héroe, parten como síntesis ejemplificadora de un concepto establecido del bien y del mal. Son vehículos educativos que han sido usados en la tradición social para transmitir una moralidad y una ética que se basa en la defensa de una serie de nociones preestablecidas, que podrían resumirse fácilmente en su simplificación cristiana de los diez mandamientos. Esta vocación didáctica hace que el concepto de héroe haga uso de una simplificación maniquea de los ideales de “bien” y “mal”, próxima a la noción que es transmitida a los niños, siempre reducida a un esqueleto significativo en el intento de aumentar su carga pedagógica.
Esta característica ha sido heredada por el género de superhéroes, que la hace suya desde la propia concepción inicial del género. Independientemente de dónde consideremos que nace el género, incluso en su momento de formalización más conocido, el nacimiento de Superman, existen de forma evidente las claves que he comentado: el héroe defiende un arquetipo de moral en la que el fuerte protege al débil, estableciendo unas bases éticas del bien de clara inspiración judeo-cristiana (que estará presente, de forma constante, en el posterior desarrollo del género, sobre todo en su vertiente de sacrificio por los demás). Una idea en la que el maniqueísmo del concepto es casi una necesidad, más si nos fijamos en la clara vocación de dirigirse a un público infantil y juvenil que tenían los tebeos de este género en la década de los cuarenta.
Sin embargo, y aquí vienen mis peros, esta definición actúa como una pesada rémora que, salvo contadas excepciones, el género apenas ha sabido quitarse de encima.

La difícil humanidad del superhéroe
Es curioso como el concepto de superhéroe vive anclado en esta concepción maniquea del bien y del mal, que choca frontalmente con los intentos de hacer el género adulto y está, a mi entender, en la génesis de todos los problemas de valoración que tiene.
No creo que sea excesivo considerar como el primer paso de este camino de “adultización” del género la feliz idea de Stan Lee de transformar el concepto de superpoder. De un don celestial que debe ser empleado para el bien, pasa a ser una maldición, una carga que se lleva con dificultad. Un cambio que es reflejado por muchos como una humanización de la alegoría del superhéroe, que pasa a ser consciente de sus poderes desde la vertiente humana. Sin embargo, en el fondo, esta actitud sigue fielmente la idea original del superhéroe, ya que todos sus problemas nacen de la dificultad de asumir el papel que establece el arquetipo superheroico. No se discute la concepción del bien o del mal ni la labor que debe tener el superhéroe, es más, la máxima de los personajes de Lee “todo poder conlleva una gran responsabilidad” no deja de ser una profundización en la idea de sacrificio cristiano. Los problemas del héroe no nacen de su humanidad, sino de la imposibilidad de seguir el esquema infantil de lo que es un héroe.
Es un avance, pero se sigue anclado en ese concepto infantil del que parece imposible sustraerse. De hecho, todo intento de evolución, incluso los más alabados han seguido maniatados por esta necesidad de respetar la definición infantil de una misión de defensa del bien y del mal.

La realidad en contra del arquetipo
Todos los intentos de llevar a los superhéroes al mundo real chocan, más tarde o más temprano, con la simplificación párvula de la concepción del bien y del mal. Incluso la deconstrucción más brillante que se ha hecho del género, Watchmen, no puede evitar dar vueltas y vueltas sobre la épica clásica del héroe. Todo su discurso se estructura y construye alrededor de esa idea básica del héroe como defensor de una concepción maniquea del bien y del mal. Existe una reflexión profunda sobre la imposibilidad e incoherencia del humano a la hora de afrontar su destino heroico, pero no se cuestiona en ningún momento la tarea del héroe. Se juzga la desviación de esa tarea y de los métodos para la consecución de esa misión, pero no la tarea en sí misma, que parece aceptada por convención social como la necesaria y evidente.
Si Moore, en toda su magistralidad, no consigue desarraigar al superhéroe de su origen, difícilmente lo consiguen otros autores, que intentado seguir la senda del gran guionista inglés no hacen más que repetir ideas y planteamientos anteriores. Es el caso de Cla$$War, de Rob Williams, Trevor Hairsine y Travel Foreman que, de nuevo, intenta trasladar el superhéroe al mundo real, explorando por enésima vez la “mala utilización” del héroe por parte del gobierno. Es una idea explorada ya por Moore, que se ha repetido de forma sistemática en muchos comic-books, desde New Statemen a La Edad de Oro pasando por Supreme Power, siempre bajo la sombra omnipresente de Watchmen y, en la mayoría de los casos citados, de manera mucho más interesante, aunque la obra de Williams se entronca con ellas en la consideración base argumental: el problema nace de que el héroe no puede realizar su misión divina. Hay una fuerza externa (el gobierno, en este caso), que pervierte la noción básica del bien y del mal y evita que se desarrolle el arquetipo infantil de moralidad que subyace en la definición del superhéroe. Hay un loable intento de usar el género como vehículo de denuncia política, pero que se queda impedido en su análisis por la dificultad de salir de ese nudo gordiano de su propia definición.
Algo similar ocurre en dos obras Marvel de reciente publicación (o no tanto): Daredevil: Redención, de Hine y Gaydos y Lobezno: Saudade, de Morvan y Buchet, dos obras que comparten intención: usar el género para denunciar problemas de actualidad. En la primera, Hine se adentra en el mundo de los malos tratos a los niños recreando un hecho real. Una oportunidad para introducir una interesante reflexión sobre la tolerancia ante la violencia que permite la incultura y la simplificación moral del fundamentalismo religioso. Ideas bien planteadas, quizás de forma excesivamente errática y tópica en algunos casos, en un exceso de melodramatismo más propio de las tv-movies vespertinas de fin de semana pero que, pese a todo, funciona en determinados niveles por la honestidad de su intento denuncia y llamada a reflexión. Sin embargo, hay un elemento claramente disonante que distorsiona la consideración final: de nuevo, toda la argumentación orbita alrededor de la imposibilidad del superhéroe de afrontar su sagrado mandato de defender al débil. Una necesidad que recarga la narración y la desvía la atención de la idea inicial.
En la obra de Morvan y Buchet se puede hablar en términos muy similares: se usa el género para la denuncia de una injusticia social, en este caso, la violenta situación de los niños de las favelas brasileñas. El mutante más famoso de Marvel se enfrenta a una mafia que explota niños, siguiendo una estructura muy parecida a la de la obra anteriormente comentada, aunque hay que reconocerle a Morvan la habilidad para evitar el melodramatismo gratuito en el que tropieza en exceso Hine, pero sin que eso impida, al final, la misma reflexión final.
En los tres casos, la realidad expulsa con violencia al superhéroe. Los intentos son laudatorios y no dejan de ser interesantes, pero la inclusión del superhéroe en un entorno de realidad chirría y no funciona.
Y la causa vuelve a estar siempre vinculada a esa necesidad ineludible de definir al superhéroe desde una perspectiva infantil del bien y del mal. No se pone en duda en ningún momento su tarea, sino la dificultad o imposibilidad para llevarla a cabo. No es que se reflexione sobre la humanidad del héroe, sino, precisamente, sobre la necesaria inhumanidad inherente a su místico destino. El héroe es un dios, un superhombre en la filosofía de Nieszche, que nace del maniqueísmo innato de la transmisión infantil de la moral. El hombre no puede alcanzar el misticismo necesario y esa imposibilidad de abordar la responsabilidad que conlleva su poder (ya sea por sí mismo o por injerencias externas) es la que genera la contradicción y el drama. Esa ausencia de cuestionamiento es la que, a mi entender, da lugar a la polémica sobre el género, que sigue siendo incapaz de luchar contra su propio origen. No significa que no se puedan hacer obras estimables e incluso magistrales, sino que lucha en inferioridad de condiciones respecto a otros géneros.

La excepción: un análisis del héroe desde su humanidad
Existe, pese a todo, una excepción que confirma la regla y que permite albergar, por lo menos en mi caso, una gran esperanza en las posibilidades del género: el Concrete de Paul Chadwick. Es, a mi entender, el primer caso donde una autor consigue desligar realmente al héroe de su definición y abordar la idea de un gran poder que llega a un humano desde cero, sin imperativos previos ni preconcepciones. Es evidente que existe una importante carga referencial, pero Chadwick ha sabido explorar el concepto de superhéroe, de gran poder, desde la perspectiva de cómo afecta al ser humano. No hay en Concrete una necesidad de hacer el bien ni un conflicto moral por si no lo hace, hay una reflexión sobre cómo el ser humano ve cambiada su vida y cómo las ambiciones típicas del humano – muy alejadas de la megalomanía del superhéroe o del supervillano se ven modificadas por un elemento perturbador. No hay esa exigencia de épica característica del género, sino una aproximación completamente nueva y sugerente, en la que un poder conlleva no una gran responsabilidad o una carga derivada de la imposibilidad de asumirla, sino un cambio en la mentalidad y en las posibilidades del ser humano. Sirva como ejemplo de esta diferencia la comparación entre el citado Daredevil: Redención y el episodio Cuestión de esfuerzo del segundo volumen de Concrete que acaba de editar Norma, con el que mantiene muchas conexiones de base.

Es difícil, muy difícil, para un género tan establecido y tan dirigido por los dictados de la industria evolucionar. Es una rueda gigantesca y pesada que difícilmente cambia de dirección. Pero es evidente que se están dando ya pistas y pasos que demuestran que se está intentado quitar de encima los tópicos, está luchando contra su propio origen en un intento claro de buscar nuevos caminos.
Y lo está consiguiendo.

Puntuaciones:
Cla$$war (1+)
Lobezno: Saudade (2)
Daredevil: Redención (2-)
Concrete (4)