Lecturas variadas: Zetman, OVNI, La paloma y la jauría

Mucho lío esta semana y muchas lecturas atrasadísimas:

Zetman, de Masakazu Katsura, me devuelve a un autor al que había seguido muy poco, apenas nada desde la edición en España de Video Girl Ai, que recordaba como un tebeo divertido y muy bien dibujado. El inicio de esta nueva colección era un buen momento para volver a leer una obra de este autor de cuidado y exquisito dibujo, en este caso con un claro tebeo de superhéroes que bebe a partes iguales de Batman o de las películas de ciencia-ficción sobre soldados creados por ingeniería genética. Poco se puede decir de la serie a partir de este primer volumen, que plantea con indudable oficio las bases argumentales y de descripción mínima de personajes para dejar abiertas las suficientes preguntas e intrigas, que posteriormente motiven la compra del tebeo. El buen pulso narrativo de Katsura y su elegante estilo gráfico son sus bazas principales en la consecución de este objetivo, uno de sus grandes atractivos, aunque personalmente me ha parecido todavía más interesante por aspectos totalmente ajenos al tebeo. Es muy interesante, en la línea del artículo que tanto debate provocó hace unas semanas, hacer comparativas sobre las profundas diferencias que existen entre el planteamiento del género desde una cultura tan alejada como la japonesa a la tradición americana. Es obvio que Katsura bebe directamente de las fuentes americanas, pero la interpretación, desarrollo y filosofía básica subyacente son profundamente distintas, y permitirían realizar profundísimos ensayos sobre cómo la base sociocultural y religiosa (judeocristiana en un caso, sintoísta y budista en el otro) cambia completamente el género y sus cimientos.
En cualquier caso, un tebeo entretenido (1)

OVNI, de Lewis Trondheim y Fabrice Parme. Admito mi absoluta sorpresa ante un tebeo que, por las referencias de sus autores imaginaba próximo al divertidísimo Venecia de estos mismo autores. Claro que con Trondheim detrás, cualquier cosa es posible, como este curiosísimo tebeo interactivo para niños (y no tan niños) en el que un divertido alienígena llega a la tierra y deambula por diferentes continentes y épocas de la Tierra. Planteado como una especie de juego, cada doble plancha plantea al lector el reto de seguir todos los posibles caminos planteados, de los que la mayoría llevan a pequeño alienígenia a las muertes más estrafalarias al mejor estilo del Kenny de Southpark, aunque algunos le permitirán seguir su aventura por la Tierra. Un libro juego infantil que no esconde cierta violencia sanguinolenta (divertida, pero quizás excesiva en función de la edad del lector) pero que lo convierte en una lectura para niños avezados o un guiño para los adultos que tienen una excelente excusa para pasar un rato como un crío.

La Paloma y la Jauría, de Simon Herau, venía marcado con el indudable marchamo de calidad de una nominación en el Salón de Angouleme, así como una larga lista de reseñas encendidamente elogiosas, razones más que sobradas para recomendar su lectura. Sin embargo, debo reconocer que me ha supuesto una gran decepción. Basado en una historia real, Herau plantea un enfrentamiento entre la bondad y la maldad representados en la inocente Colombe y en su espantosa familia biológica, una idea que a priori puede ser interesante, pero que pronto se radicaliza en una serie de topicos excesivamente exagerados. Es verdad que ya Eisner dijo que los estereotipos son la base de las grandes historias, pero en este caso, esos estereotipos se han llevado tan al extremo que parecen verdaderas caricaturas. Sirva como ejemplo la familia biológica, más próxima a la descripción del clan familiar caníbal de La Matanza de Texas que de algo mínimamente real, por muy falto de moralidad que esté. Este punto pesa como una losa sobre la narración, que Hureau mueve con indudable oficio, pero que se torna en exceso previsible a cada nuevo paso que da. Al exagerar hasta tal punto el maniqueísmo de la situación, ésta se torna increíble y, además, perfectamente predecible, lo que transforma el dramatismo de las situaciones en un melodramatismo impostado y casi despega al lector de la lectura. A lo que hay que añadir que suma evidentes dificultades para dar coherencia a los secundarios, que deben luchar con una definición tan tópica que los hace vagar casi de forma autónoma por la narración.
Se agradece, eso sí, que por lo menos el final de la obra sea mínimamente coherente, aunque el planteamiento de postales paralelas final reincide de nuevo en esa exageración magnificada de toda la obra.
Una lástima, porque gráficamente el álbum es atractivo (con una gran influencia de Jean Claude Denis, un autor magistral del que alguien debería publicar en España la maravillosa Quelque Mois lAmelie) y Hureau demuestra que sabe narrar y mover a sus personajes. (0)