Indignante

Recuperar las historietas del TBO o de revistas como DDT o Pulgarcito no es un simple ejercicio de nostalgia. Es una reivindicación por la recuperación de nuestro patrimonio artístico y cultural, que debería extenderse no sólo a estos ejemplos, sino a toda la historieta española. Hoy por hoy, para el aficionado español es más fácil leer una historieta clásica americana de 1914 que una española de los años 50. Para los aficionados que llegan ahora al tebeo y que les gustaría conocer obras maestras de nuestra historieta, los nombres de Benejam, Coll, Peñarroya, Conti, Cifré Nadal, tinez, Blanco o Urda son, desagraciadamente, ilustres desconocidos.
Iniciativas como las de Astiberri publicando el magistral Topolino de Alfons Figueras o Glenat con la maravillosa El Ladrón de Pesadillas son labores que van mucho más allá de una simple estrategia comercial nostálgica. Sabedores de su falta absoluta de rentabilidad, su única motivación real es el amor a la historieta.
De hecho, lo lógico sería que el Ministerio de Cultura (o los organismos autónomos competentes) subvencionaran de alguna manera la recuperación de este patrimonio.
Pero si una editorial puede hacer una labor imponente en este campo, ésa es Ediciones B, depositaria del mayor catálogo editorial de tebeos de nuestra historia. En sus fondos están los tebeos de Bruguera y el TBO, juntando los autores más importantes de este país.
Por eso, ver en el anuncio de esta editorial de una colección llamada “El TBO de siempre“, con exquisito diseño y calidad de edición, en la que se recuperaba lo mejor de esta revista, era cuanto menos una llamada a alegría.
Sin embargo, con los dos primeros números en la mano esa alegría se ha convertido en una profunda decepción y, sobre todo, en una gran indignación.
Ediciones B ha seguido el diseño de Glenat y Astiberri: ediciones en tapa dura, con preciosas portadas, lomo de tela, papel de calidad… Un continente irreprochable para un contenido que se cae de las manos: se ha optado por hacer un batiburrillo de historietas, en la que no existe ningún criterio: ni autoral, ni cronológico, ni temático. Sencillamente, se van colocando una tras otra, cogiendo ejemplares dispersos y juntando una historieta de los 40 con otra de los 70 sin ningún interés. Si a eso se suma unos escaneos de una calidad deplorable, en los que no se ha hecho ni el más mínimo intento de restaurar la obra de los autores, la única conclusión que podemos extraer de esta colección es la falta de respeto absoluto a unas obras que forman parte del patrimonio de nuestra cultura. Resulta, por lo menos para mí, indignante ver cómo se trata la obra de Coll, Tinez, Urda o Benejam, sin la más mínima consideración ni por el autor ni por el lector.
Para colmo, el único texto que acompaña es una apresurada historia del TBO en una página sin firma, que se repite en los dos volúmenes, y que no dice más allá de vaguedades. Y sí, está en Comic Sans, sí…
La impresión que se tiene es que los editores han querido aprovechar el trabajo de Glenat y Astiberri y han calcado sus características internas, pensando que con llenar las páginas con unas cuantas historias sería suficiente para contentar al lector, que ni se dará cuenta de lo que lee.
Total, son tebeos.
Lo único destacable de esta edición son, como era de esperar, las obras. Leer el absurdo genial de Coll, el amable costumbrismo de Benejam, la frescura de Muntañola o el encanto de Opisso sigue siendo una experiencia maravillosa, pese al evidente desprecio que se les hace.
Imaginad lo que hubiera sido una colección de estas características, en la que cada volumen se hiciese por ejemplo una selección por autores o cronológica, con artículos introductorias que enseñasen al lector, que le ayudasen a comprender el inmenso legado que son estas historietas. Sólo pensarlo hace que me cabree más y más viendo esta edición.
Una lástima.