Reglas para la superviviencia de la historieta (o Decálogo del gafapastismo ilustrado)

Interesante, polémico y provocativo el artículo que publicaba Vicente Verdú en Babelia la semana pasada: Reglas para la supervivencia de la novela. Una reflexión que, resume rápidamente, establece que la novela actual debe buscar una vía propia que la diferencie de otros medios, incorporando los nuevos recursos narrativos de la que denomina la “comunicación fragmentada” (los blogs), evitando que pueda ser trasladada a otros medios como el cine o la televisión, huyendo de los géneros clásicos y acercándose al espacio interior del individuo y a su visión de la realidad como fuente única de inspiración, pero sin olvidar nunca el humor como referente ineludible de la inteligencia. Diez puntos que retan claramente al debate y que se conforman, curiosamente, como una especie “Biblia de Gafapastismo” que tiene multitud de puntos de contacto (en tanto son discutibles y aplicables o no) con la historieta.
Sirva como ejemplo el primero de los puntos de su decálogo de mandamientos: la huída de la traslación a otros medios. Precisamente la historieta se ha convertido en una especie de inmensa barra libre para los productores cinematográficos, donde encontrar “inspiración” para sus nuevos “megahits”. ¿Es malo que esto se produzca? Depende de la visión que se quiera dar. Verdú plantea la necesidad de establecer la literatura como un medio diferenciado, que ofrezca satisfacciones alejadas de las que ya ofrece el cine y la televisión. Compara en cierta medida el papel actual de estos dos medios con el de la novela popular del siglo XIX. Si en ese momento la literatura popular servía como único mecanismo de evasión para vivir otras vidas, ese papel es ahora propiedad de otros medios. Una opinión interesante, pero que en el caso de la historieta lleva a otros matices y planteamientos: el tebeo ha sido parte fundamental de la cultura popular de este país, medio de evasión obligado para muchas generaciones. Era la “TV de los pobres”, como bien se dice. Y quizás, un poco en la línea de la reflexión de Verdú, el abandono y olvido del tebeo por parte del público podría tener mucho que ver con esa sustitución de roles en los medios que comenta. Aquellos que usaban el tebeo para evadirse, hoy son fieles teleadictos, que encuentran en este medio lo que el tebeo proporcionaba con más inmediatez y posibilidades. Es posible. Sin embargo, hay que añadir en el caso de la historieta que la actual proliferación de adaptaciones tiene una doble acción: por un lado, la indudable promoción que se está haciendo de la historieta. Es incuestionable que el aumento de ventas que está viviendo el tebeo está íntimamente relacionado, entre otras cosas, con la avalancha de películas basadas en tebeos que estamos viviendo. Pero, por otra parte, en el caso particular del género de superhéroes puede provocar una traslación entre medios, dejando sin sentido la publicación en papel frente a la espectacularidad alcanzable en cine y televisión.
Más discutible es su llamada al abandono de los géneros y la búsqueda de caminos de realismo basados en la vida. Pese a que, personalmente, no voy a negar que a priori me interesa mucho más una historia de corte costumbrista o autobiográfico que otra de género, la furibunda proclama contra ellos me sorprende. Pero, paradójicamente, el tebeo vive un proceso de dicotomización radical entre esos dos conceptos. Hoy por hoy, el auge de la narración costumbrista (eje fundamental del llamado “gafapastismo”) se establece como una especie de contrario obligado al género, estableciendo una suerte de elección forzada entre ambas opciones.
¿Por qué ese odio al género?¿Por qué esa defensa a ultranza de lo biográfico?
Admito y me atrae, desde luego, el razonamiento de Verdú: la realidad es fruto más que suficiente de historias como para buscarlas fuera de ahí. Y debo reconocer que me interesa mucho más lo que le pasa a mi vecino que a un kryptoniano. ¿Pero es válida siempre la referencia autobiográfica? ¿Hasta qué punto la vida de otro es siempre interesante? Me decía Carlos Giménez que a él no le interesaba leer cómo un chaval se hacía pajas viendo a la vecina de enfrente, porque eso lo hemos hecho todos. Y es verdad. ¿Interesa realmente lo que todos hemos hecho alguna vez? Evidentemente hay que matizar: el argumento, así expuesto, sólo tiene una respuesta negativa. No aporta nada, es cierto. Sin embargo, la historieta siempre tiene a su favor ese contexto formal gráfico que hace posible que existan otros valores apreciables. Me puede interesar lo que cuentan y, también, porqué no, cómo lo cuentan. En mi caso, no tengo problemas en admitir mi mayor sensibilidad y atracción por las historias de la vida cotidiana. No me interesan los héroes épicos, sino aquellos que nunca serán héroes. O como leí una vez, no existen los héroes, sino los actos heroicos, que pueden ser protagonizados por cualquier anónimo.
Pero el problema es, aceptando que la realidad puede ser muy rica y generar historias de todo calado y variedad…¿Anula eso la existencia de los géneros? Fantasía, ciencia-ficción, terror, negro… ¿Deben ser olvidados y sustituidos por un mayor verismo realista y cotidiano? Aquí, desde luego, entro en contradicción con Verdú y no llego participo de su razonamiento. Asumir que el género es un recurso que da lugar a obras estereotipadas es, a mi entender, confundir la estructura formal que da un género con los objetivos de su uso. Una historia de género, de cualquiera, puede ser tan eficaz en la transmisión de una reflexión como la realidad. Incluso, si se me apura, permite ciertos recursos simbólicos que son imposibles desde la representación fidedigna de la realidad. Por mucho que la realidad supere a la ficción, como enuncia Verdú, siempre existe ese pequeño reducto de lugar para la materia de lo que están hechos los sueños.Es verdad que – y supongo que es donde Verdú pone el acento el género se ha quedado desvirtuado por un uso exacerbado y sin motivo alguno. Muchos géneros, como la ciencia ficción, se han convertido en instrumentos vacuos, en carcasas sin alma donde la obra no aporta nada más allá del andamiaje formal, sea con grandes efectos especiales o con nombres rimbombantes. Una insipidez argumental que, por desgracia, se intenta esconder tras la excusa de ser “productos de entretenimiento”, asumiendo que entretener a una persona sea promover el encefalograma plano. Entretener, la evasión de toda la vida, no presupone que el lector sea imbécil. Se puede perfectamente contar historias hagan pasar un buen rato y que, además, no se resignen a no intentar transmitir nada más. Si Milton Caniff o Eisner conseguían historias entretenidas que, además, contaban más cosas…¿Por qué no se puede hacer hoy? En ese sentido, me temo que ese mandamiento del decálogo de Verdú que anima a evitar las estructuras prefabricadas no deja de ser un acta de rendición ante la fuerza de una componente industrial que parece decidida a calificar de forma sistemática a sus clientes como idiotas.
Ambas expresiones, la ficción y la realidad, pueden convivir en una sociedad que reclame productos culturales que sean algo más que un soma mediático. Que sean verdadero “alimento para el espíritu” sin renunciar a que parte de ese placer puede ser, simplemente, pasar un buen rato.
Pero, y Verdú aquí da en el centro del problema, ninguna de estas opciones debe suponer un relajo de la calidad y exigencia del creador. El autor debe cultivar su lenguaje y debe aspirar a ir siempre más allá de lo ya creado. Igual que Verdú defiende la necesidad de cuidar la expresión y el lenguaje, el uso de la forma, tan fundamental en la historieta. Un aspecto que, en el caso de la historieta, debe traducirse como la investigación continuada y en profundidad en la narración y en los recursos narrativos, en conseguir que estilo gráfico y narrativo se articulen en una unidad indivisible y perfecta. No es conseguir un dibujo de perfección renacentista, una composición cinematográfica o unos diálogos de calidad literaria, sino que todos sean componentes de un mismo lenguaje que se imbrican de forma necesaria, cada uno en función del otro.
Ilustración de Fermín Solís.