Ediciones La Cúpula busca autores en lengua española

Os reproduzco aquí esta nota de prensa porque me parece muy importante y una excelente oportunidad para aquellos que ya presentaron un proyecto en el premio de la FNAC y quieran moverlo:

Animamos a autores en lengua española a que nos envíen sus proyectos.
Buscamos cómics de carácter narrativo ya sea en forma de novela gráfica o de recopilación de historietas de mediana extensión con unidad de estilo. En ambos caso, la extensión final del proyecto no debe ser inferior a 80 páginas, preferiblemente en blanco y negro.
Todos aquellos que quieran enviarnos su proyecto, debe presentar:
– Sinopsis completa
– Descripción de los personajes
– 2 capítulos o 25 páginas de guión finalizado
– 10 páginas con viñetas finalizadas
Los proyectos deben entregarse o enviarse en un CD o en fotocopias a Ediciones La Cúpula, Pza. Beatas, 3, entlo, 08003 Barcelona, o bien en PDF por correo electrónico a lacupula@lacupula.com. No devolvemos originales no solicitados.

13 Comentarios en “Ediciones La Cúpula busca autores en lengua española

  1. ¡¡Gracias por el "chivatazo"!!

  2. Javier Trujillo on 15 enero 2008 at 23:04 said:

    Me parece una iniciativa estupenda. :-)

  3. volverán a decir que está amañado… ;)

    ¡muchas gracias por la información!

  4. César on 15 enero 2008 at 23:52 said:

    Pero despues de la estafa y el amaño que hicieron los desalmados de Sins Entido y FNAC todavia quedan autores en este pais con ilusiones y ganas de esforzarse en crear algo??? Seguro que rompieron todos sus proyectos y quemaron sus lapices poniendo a dios por testigo que nunca volverian a pasar por un jurado….

  5. http://blog.jaimemartin.info/2008/01/09/bienvenidos-a-la-maquina/ on 16 enero 2008 at 2:08 said:

    El funcionamiento de una editorial, visto desde el punto de vista del lector, suele tener poco que ver con la realidad. Las empresas siempre intentarán exportar una imagen de seriedad y profesionalidad (y si fuere necesario de ordenada anarquía, que siempre queda cool) pero dentro de la máquina existe otra realidad.

    El increíble hombre filtro es un texto extraído de la revista Interzona (coordinada por Borja Crespo y Rubén Lardín), y ha sido escrito por Sergi Puertas (Barcelona, 1971). Sergi también es autor de las novelas Porque sí (Verbigracia, 2004), Subnormal (El Cobre, 2005), Mindundi (Verbigracia, 2005) y Cómo destruir ángeles (Cahoba, de próxima aparición en 2008). Entre 2001 y 2006 ejerció de redactor jefe en Ediciones La Cúpula.

    EL INCREÍBLE HOMBRE FILTRO
    Confesiones de un evaluador de tebeos, por Sergi Puertas.

    Cómic, ya saben. Lo de los muñecos y las viñetas. Un medio repleto de color donde todo es jauja, ¿verdad? Pues no señores. Les aseguro que el trecho que va desde la mesa de dibujo a la librería especializada está repleto de trampas y obstáculos. Que el camino está sembrado de damnificados. Que a pesar de todo, cada día hay tipos que se calzan las botas decididos a recorrerlo.
    Ya saben ustedes que el editor de cómic es el señor que posee la editorial. El que afloja la molla y decide qué se publica y qué no.
    Saben también que el artista de cómic es el señor que alumbra la obra. El que maneja el pincel a las órdenes de un guionista o de su propia psique. Por lo general, una vez tiene material suficiente que atestigüe cómo quedará el tebeo, se pone en contacto con el editor y le viene a decir: ¿Está usted interesado?
    El editor tiende a estar ocupado tomando cafés con individuos que abrirán nuevos canales de distribución, apalabrando presentaciones que catapultarán un nuevo manga al estrellato; flirteando por teléfono con el yanqui de turno que le facilitará esos materiales que todos en España están aguardando con impaciencia. No, el editor rara vez tiene tiempo para recibir personalmente a ese chaval que cada día, tras cumplir con sus obligaciones como camarero, se vuelca en el entintado de su space opera.
    Cuando me contrataron como redactor, me advirtieron ya que lidiar con los aspirantes a artista iba a formar parte de mi trabajo. La editorial tenía por aquel entonces una colección en la que se daba salida intermitente a comic-books de autores noveles y autóctonos en un país en el que prácticamente ninguna editorial publicaba comic-books de autores noveles y autóctonos. Así pues, además de rellenar con texto todos y cada uno de los huecos que fueran apareciendo en nuestras publicaciones, tendría que entrevistar a los muchachos, leerme sus trabajos y, llegado el caso de que fueran lo suficientemente buenos, mostrárselos a mis compañeros y al Gran Jefe para que juntos decidiéramos qué hacer con ellos. En definitiva: por mucho que me gustara un proyecto, no tenía competencias para sacarlo adelante. Ni para descartarlo si me parecía horroroso pero lo juzgaba lo suficientemente profesional. Yo era sólo un fan al que habían reciclado en opinador técnico. Poco más que un portavoz de la gerencia.
    Los artistas que llamaban a la redacción no lo sabían, claro. Podías percibirlo en los temblores de sus voces. Cuando se presentaban allí en persona lo primero que les explicaba era que yo no era nadie, pero no estoy seguro de que lo entendieran. Si meses después me topaba con ellos de nuevo en un salón del cómic, me daba cuenta de que habían retenido palabra por palabra todo cuanto les había apuntado. Eran como niños huérfanos que, pese a mis esfuerzos por descargarme de responsabilidades, me habían colocado de todos modos en el podio reservado a esa figura paternal que todos añoraban con el furor de lo que nunca se ha tenido. Para ellos yo era el editor.
    No una pieza más del engranaje. No un hombre filtro.
    Y si yo era uno, ellos eran millones.
    Como millones eran las fotocopias que recibíamos en la redacción vía correo postal. Una pila perenne que descansaba a mi espalda, en un escritorio que no utilizaba nadie. Salamantinos de quince años se adocenaban con cacereños que nos hacían llegar un avance de su próximo proyecto. La línea clara de Cornellá y el euromanga de Iruña compartiendo lista de espera con los collages de un malagueño que escaneaba genitales y los montaba a modo de caleidoscopio. Mandanga suficiente como para sobrepasarme por completo. Especialmente si tenemos en cuenta que la Pila, así se me había dado a entender, era mi última prioridad.
    Y mi trabajo de verdad no menguaba nunca. Y las llamadas telefónicas no dejaban de llover. Que a ver si puedo enseñarte unos dibujitos. Que mis amigos dicen que pinto de puta madre y tal.
    Que sí, hombre, respondía yo. ¿El jueves por la tarde te viene bien?
    Porque el jueves era el día que destinábamos en la redacción a recibir a guionistas y dibujantes. La mayor parte de ellos nativos de la ciudad, aunque había también quien aprovechaba un viaje a Barcelona con motivo de la hospitalización de un pariente para dejarse caer por allí. Y luego estaba el que se había desplazado expresamente desde algún oscuro lugar del país. Entre estos últimos había profesionales que llevaban tiempo en el negocio, pero estos eran los menos. El grueso del pelotón lo integraban universitarios que garabateaban en una mesa de dibujo durante sus ratos libres, melenudos cuyas camisetas de Manowar conjuntaban con los bocetos de bárbaros que me traían. Cuarentones que trabajaban en fábricas y que, pese a que nunca habían visto una sola página suya publicada, seguían dibujando adolescentes de tetas enormes. Padres de familia que ayudaban a sus mujeres a subir el carrito del bebé por las escaleras para, acto seguido, atender a mis consejos sobre el equilibrio de negros mientras el crío se desgañitaba a voz en cuello. Yayos que me pedían que les buscase dibujante para ilustrar sus desvaríos eróticos, sus sátiras sobre la derecha.
    ¿Quiénes eran aquellas gentes? ¿Qué demonios hacían allí? ¿Por qué no se quedaban en sus casas viendo la tele como todo el mundo?
    No sabría decirles. Lo que sí es seguro es que cada uno de ellos, a su manera, estaba enamorado de la historieta. Y a lo mejor aquel amor se había ido transformando con el tiempo en algo parecido a la manía, pero todos ellos se habían sometido a la disciplina. Habían concebido una obra y habían reunido el coraje preciso para mostrársela al mundo.
    O sea, para mostrársela al filtro.
    Cada jueves llegaba para cada uno de ellos el momento de la verdad. Para mí, una sucesión de entrevistas de media hora que en ocasiones se extinguían a los diez minutos o se extendían hasta los tres cuartos. El interfono sonaba y yo me acercaba a la puerta a recibirles. Les chocaba la mano, hola qué tal. Asentían enérgicamente, sonreían incómodos, se presentaban por su nombre de pila. Un nombre indiferenciado que, si el trámite se completaba con éxito, figuraría con su consiguiente un apellido en la portada de uno de los tebeos de la casa. Tensos y desubicados, se internaban en la editorial sin dejar de mirar a su alrededor, como si trataran de atesorar la experiencia por si, una vez rechazados, no reunían de nuevo el coraje para regresar. Los atendía en el cuarto del fondo. Los dibujantes abrían sus carpetas de dibujo, sacaban de ellas los dinatreses y me los tendían. Yo hojeaba el material con atención. No menos que la que me dedicaban mis interlocutores. Aquel silencio, aquellas miradas clavadas sobre mí, me hacían sentir terriblemente incómodo. Probablemente a ellos también, porque llegado cierto punto se arrancaban a documentarme de viva voz sobre lo que estaba viendo. Sinopsis confusas y sincopadas de las epopeyas que vivían sus caballeros, las calenturientas andanzas de sus heroínas y putas, las desventuras de antihéroes catapultados a existencias tan perras como las nuestras. Hablaban como si acabaran de recalar en un escenario y cayera sobre ellos el foco. Hablaban para espantar su miedo.
    Yo el mío me lo comía con mi pan. Asentía en silencio, concentrado en los originales, la sonrisa calzada como máscara mientras ponderaba cuáles eran los pros y los contras de su obra. El impulso de arrancarme a largar sin ton ni son era poderoso, pero no podía permitirme ser un bocazas. Cualquier despropósito que saliera de mi boca podía aniquilar para siempre a aquellos tipos. Y yo no quería que renunciaran a sus esfuerzos, que se concentraran en su otra carrera. Yo quería que los tebeos siguieran siendo una cosa viva y guay. En consecuencia mi discurso tenía que ser constructivo, tanto daba que el material fuera espantoso.
    Y les juro que a veces lo era. A veces se trataba de garabatos a boli en libretas cuadriculadas. Dinacuatros con bocetos que de tanto guarrear con el lápiz y la goma se habían convertido en rectángulos grises y que más de una vez me llevaron a preguntarme si no la estaría cagando un poquitín al alentarles a perseverar. Si eran jovencitos, pues como aquel. Pero qué me dicen de aquellos treintañeros, de aquellos cuarentones, de aquellos cincuentones que seguían viviendo en los mundos de yupi y cuya fe se sustentaba en una publicación esporádica en un fanzine de Palencia. ¿No estaban de algún modo suplicando que les cantaran un par de verdades?
    No lo hice nunca y me alegro de no haberlo hecho. Respeto demasiado los sueños y siento demasiada simpatía por las causas perdidas como para ponerme a incitar al personal a aterrizajes forzosos en una realidad que da ganas de vomitar. Pero había otra razón de corte puramente egoísta: no quería que nadie me recordara durante el resto de su vida como el tipo de La Cúpula que le había dado a entender que se concentrara en el supermercado y se dejara de pamplinas. No quería que me odiaran.
    Naturalmente todo era mucho más sencillo cuando daba con alguien bueno de veras. Por fin podía deshacerme en elogios sentidos. Podía entusiasmarme y transmitirle mi entusiasmo al autor. Podía decir:
    ¿Te importa si me quedo tu material unos días?
    Más aún: durante los días venideros, podía acercarme al Gran Jefe y a los compañeros y mostrarles la obra de aquel nuevo talento que acaba de descubrir.
    Guapo, ¿no? les asaltaba aprovechando algún momento de despiste. Porque para ellos la obra de los autores noveles también era la última prioridad.
    Tiene su qué me decía uno.
    Interesante, pero le falta opinaba otro. Y pulsaba una combinación de teclas del Quark y una página de manga saltaba a primer término.
    Las reacciones de mis compañeros tendían a ser tan templadas como los discursos que yo reservaba para los dibujantes sin talento. Mí entusiasmo también se fue templando. Pronto aprendí a no cargar las tintas con los elogios para preservar a los autores de caídas dolorosas. Y de paso, facilitarme el epílogo que tenía lugar cada vez que sus obras eran desestimadas.
    Con un suspiro, descolgaba el teléfono y, de la mejor que sabía, comunicaba de viva voz la nota de rechazo. Y aquel adolescente que llevaba semana y media viviendo con el alma en vilo, aquel treintañero que paladeaba ya la fama y la gloria desde su rincón en la panificadora, escuchaba mis disculpas y se venía abajo en silencio. A continuación acordábamos qué día se pasarían a recoger sus originales. Interaccionábamos como si esto fuera efectivamente una civilización, pero tras la pátina de cordialidad bullía la frustración y un asco generalizado hacia todo. Créanme que sé bien de qué hablo.
    Días más tarde, tenía lugar la triste ceremonia. Yo les insistía en la excelencia de sus trabajos, pero para entonces ellos estaban ya devolviendo los dinatreses a sus carpetas y la derrota espesaba la atmósfera. Todo cuanto querían era largarse de allí. Yo mismo quería que se marcharan.
    Si lo que habían dejado en la redacción eran fotocopias, a veces no se molestaban en pasar a recogerlas pese a haber mostrado en su momento gran interés en recuperarlas. Supongo que unas impresiones en color no representan un precio tan alto a cambio de ahorrarse una humillación.
    Gracias a dios, de vez en cuando sucedía: entre el aluvión semanal de mandanga, aparecía algo que no sólo me gustaba a mí, sino que encima gustaba les gustaba a mis compañeros y le gustaba al Gran Jefe. Durante un rato era como si todos volviéramos a ser chavales de quince años echando unas risas alrededor de un tebeo. De pronto parecía que estuviéramos allí por el cómic, no para facturar los dineros que seguirían haciendo de aquello una empresa rentable, ni porque nuestros contratos nos obligaban a permanecer en la oficina. Todo quedaba en suspenso durante unos minutos para que conviniéramos que aquel muchacho vería su sueño cumplido. Que aquel muchacho tendría su propio tebeo.
    Aquello era lo que hacía que todo mereciera la pena: descolgar el teléfono y poder decir:
    ¿Cuándo te pasas a firmar contrato?
    Según fueron pasando los meses, aprendí que los elegidos eran infrecuentes y aprendí que había que afinar mucho. No bastaba con ser bueno. Había que ser muy bueno. Lo suficiente como para que el comprador potencial aflojase los dos euros que costaba cada cuadernito de la colección.
    ¿Saben qué? Se ve que no estábamos afinando lo suficiente. Un buen día llegaron las cifras que documentaban el impacto en el mercado de nuestros autores noveles y autóctonos, y resultó que ninguno estaba vendiendo una mierda. Nuestra apuesta por el tebeo nacional había sido un fracaso.
    Una de las conclusiones que se extrajo de la catástrofe fue la de que nadie quería tebeos de españolitos no consagrados. Dicho en otras palabras: que puestos en la tesitura de tener que elegir entre un cómic de Johnny Jones y uno de Carlos Contreras y sin tener ni puta idea de quién es el uno y quién es el otro, el personal se decanta por el de Johnny.
    De dicha moraleja se derivó otra conclusión: era hora de dejar de apostar ciegamente por los Carlos Contreras de toda España. Había llegado el momento de cerrar el grifo.
    Pero no por completo.
    Verán, comenzó a circular por la redacción una leyenda que afirmaba que ahí fuera, en algún rincón, existía un tío que iba a partir la pana. Un superventas en potencia, un fuera de serie. Quizás había más de uno, aquello estaba por determinar. Lo importante era que, a lo mejor, a aquel autor le daba por llamar a nuestra puerta para mostrarnos su obra. No podíamos dejar de abrir, ¿no? Sólo por si acaso era él.
    En consecuencia, se convino que permaneceríamos abiertos a las entrevistas y a la recepción de nuevos trabajos.
    De modo que las entrevistas prosiguieron, y el hombre filtro fue volviéndose más y más implacable. Su discurso sonaba igual de afable, pero ahora escrutaba la página con más detenimiento. Si la historieta le parecía floja en general, el hombre filtro buscaba errores concretos que justificaran el rechazo. En ocasiones los trabajos eran lo suficientemente profesionales como para que aquello no resultara sencillo. El hombre filtro se volvía loco.
    Mi entusiasmo inicial andaba sepultado por los centenares de negativas que llevaba ya transmitidas, por aquellas cifras de ventas que casi nos matan a todos del susto. Aun así, muy de uvas a peras, me traían algo que me hacía saltar de la silla.
    ¿Te importa si me quedo tu material unos días? preguntaba circunspectamente.
    Los artistas respondían invariablemente que no.
    La misma respuesta que obtenía de mis compañeros y del Gran Jefe cuando les mostraba las páginas días después.
    Pasaron los meses y el Carlos Contreras que andábamos buscando no aparecía. Me fui volviendo frío y duro por dentro. Podía hacer como que no importaba, pero notaba cómo me iba desquiciando. Ya antes de que los dibujantes abrieran sus carpetas, me arrancaba despotricar sobre lo fatalmente que estaba el mercado, sobre lo muy difícil que resultaba publicar. Sobre lo chungo que está todo, ¿sabes?
    Y dime, ¿qué me traías? les preguntaba entonces.
    Perplejos y abatidos, me alcanzaban sus originales. Mi propia demagogia esquizoide, que por un lado animaba a seguir mejorando y por el otro no cesaba de hacer hincapié en la total falta de oportunidades, se me antojaba carente de sentido. Los muchachos no entendían para qué nos habíamos citado. Yo tampoco. Ya no me era preciso esperar a la ceremonia de recogida de originales para desear que se esfumaran. Quería que se fueran ya mismo, esfumarme yo también.
    Entretanto, en el mundo real, el volumen de páginas de autores internacionales que publicábamos se había multiplicado por diez. Mis labores de redacción y corrección me absorbían por completo. A mi espalda, la gran Pila beige de material que recibíamos por correo, seguía creciendo y creciendo como una espada de Damocles con elefantiasis. Yo me refugiaba en recuerdos de cuando publicábamos a los vigilantes jurados, a los repartidores de pizzas. Pero aquello formaba parte del pasado.
    Porque en aquellos precisos instantes, los ejemplares de sus tebeos que habían quedado sin vender estaban siendo saldados o destruidos. Las cartas habían quedado por fin boca arriba: ser dibujante de tebeos en España era una estafa de proporciones ciclópeas. El cómic nunca rescataría a nadie de su empleo cochambroso.
    Si esto fuera una peli de guerra, ahora llegaría aquella frase: aquellos muchachos eran héroes.
    Hace falta serlo para ansiar con tal ahínco dedicarse a esta profesión ninguneada, a una disciplina que para el grueso de la población empieza con el Tintín y termina con el Jordi Labanda. Lo que se pagaba al autor por aquellos cuadernillos no me atrevo ni a sugerirlo, pero abaratar el producto hasta lo ridículo tampoco había funcionado.
    Y la Pila siempre detrás de mí, siempre creciendo.
    Había estado ahí desde el principio, siempre idéntica a sí misma y siempre diferente, como el río de Heráclito. Representaba el fantasma en la sombra de todos aquellos que no disponían de los medios o de los arrestos para personarse en la editorial, pero que seguían trabajando incansables. Gracias a lejanía geográfica o a su timidez, permanecían inmunes a mis fúnebres cantatas sobre la defunción del cómic patrio. A veces era preciso que la Pila se desplomara para que me dignara a prestarle atención. No me llevaba más de tres cuartos de hora. Me limitaba a abrir los sobres y a leerme las fotocopias en diagonal. Si los artistas incluían un correo electrónico, en ocasiones les mandaba una nota de rechazo tipo, pero no podría jurar que lo hiciera siempre.
    Una vez terminada la faena, amarraba todo el papelamen entre los brazos y, cargado como una mula, lo descargaba en el cuarto de los trastos, ¿ven qué fácil?
    Tendrían que haber visto ustedes las pilas que se formaban allí. Centenares de sobres hacinándose como judíos en un tren. Cuando las estanterías se llenaban, agarrábamos y lo bajábamos todo a la basura.
    Aquellos sobres estaban llenos de ilusiones, ¿entienden?
    Durante mi primer año en la editorial me las había apañado para contestarlos según iban viniendo, pero para ello había tenido que quedarme horas de más, y yo ya estaba harto de quedarme horas de más. En consecuencia, me eduqué para completar el proceso sin que la conciencia me incordiara demasiado. Tenía mi propia vida, ¿saben? Tenía una novia. Tenían una planta de marihuana. Tenía cosas que hacer, yo qué sé. No eran más que putos tebeos, ¿vale?
    Bastante tenía yo con mis putas novelas.
    Por aquel entonces una de ellas circulaba ya por las librerías. Su repercusión en el mercado había sido comparable a la de cualquiera de aquellos cuadernillos firmados por noveles autóctonos. Al ver la Pila por las mañanas, no podía evitar pensar en las dos siguientes, que por aquel entonces acaba de enviar a varias editoriales de narrativa en forma de manuscrito. En el silencio que recibía siempre por toda respuesta. Cada vez que miraba la Pila, comenzaban a trabarse paralelismos terribles. Cada vez miraba la Pila, me sentía un hijo de puta.
    Si Dios me estaba poniendo a prueba, era obvio que yo no lo estaba haciendo demasiado bien.
    Si entornaba los ojos, nuestra redacción se difuminaba y podía ser cualquier redacción del mundo. Nuestra Pila, cualquier pila del mundo. Tebeos, novelas, todo la misma mierda. Montones de papel que no sirven para nada. Que sólo esperan a que se presente alguien y los tire a la basura.
    No quería que nadie se acordara de mi madre, pero yo me acordaba de las madres de todos los editores de narrativa del mundo. Y de las de todos los que ejercían de filtro para ellos.
    De un tiempo a esta parte pienso mucho en lo cómicos que resultamos los chiflados que queremos alumbrar nuestra propia obra. Tarados que nos vamos haciendo más y más mayores sin conseguir quitarnos el gusanillo de entretener, pese a que a nosotros mismos nos resulta cada vez más difícil entretenernos. Es como un gran fractal de mierda donde no queda del todo claro dónde radica el mal, ni si está cerca o lejos, pero que luce marrón lo mires como lo mires. Terminaremos arruinados, porculizados, arrasados por la frustración. Parte de nosotros se reciclará trabajando para la industria, estableciéndose como némesis de otros como él. Pero ¿saben qué? Estadística obliga y tarde o temprano uno de nosotros lo consigue.
    ¿Y saben otra cosa? Durante los años que duró aquella búsqueda del Carlos Contreras definitivo, resultó que había dado con él en un par de ocasiones.
    Sí, el consejo editorial decidió rechazarlo. Sin embargo, hoy figura como colaborador regular en publicaciones de amplia difusión. Y algo parecido ha sucedido con alguno de los autores de aquella colección por la que nadie daba dos euros. Hoy trabajan para el mercado internacional y han conseguido vivir de lo que les gusta. Que es más de lo que la mayoría podemos decir.
    Somos como espermatozoides y el caudal no cesa. No queremos que nadie nos diga que no valemos para esto. Cuando se nos agoten las energías, seremos nosotros mismos quienes decidamos mandarlo todo a tomar por culo y aparcar la mirada en la tele, nunca antes.
    Si por un casual resulta usted ser uno de los autores a los yo damnifiqué a mi paso por La Cúpula, si pasó usted por la Pila o por alguna de aquellas extrañas tardes de jueves, quisiera aprovechar para pedirle perdón. Rara vez consigo dárselo a las ratas con las que me voy viendo obligado a lidiar en el transcurso de mi propia gesta ridícula, así que no albergo demasiadas esperanzas de obtener el mío. Aun así lo diré una vez más: disculpadme, muchachos. Lo vuestro nunca fue basura por más que terminara reunido con ella. Basura son las leyes de mercado, las oficinas, los supermercados y todo lo demás. Basura son quienes arrojan la toalla. Vosotros firmes ahí que algún día lo conseguiremos.
    Y si todo esto no es más que una paja y todo cuanto nos aguarda tras el gran estallido es el impacto contra la fría pared, bienvenida sea.

  6. Miguel on 16 enero 2008 at 10:35 said:

    Impresionante relato, conviene recordar de vez en cuando la realidad de los mecanismos del mercado; por otro lado tambien hay gente muy osada con un alto concepto de sus cualidades. Creo que son muy pocos los que pueden alcanzar el olimpo de la originalidad y calidad pero siempre los habrá.

  7. Fran Sáez on 16 enero 2008 at 11:26 said:

    joder que bueno! me ha encantado! plas plas!!!

  8. 2mq on 16 enero 2008 at 12:07 said:

    A mi también me ha encantado, en serio, pero en cuanto tenga un ratillo me corto las venas.

  9. Yo creo que cualquier cosa que se haga, cualquier cosa que motive e incentive dentro del mundo del comic debe ser bienvenida, aunque sea mala. Ya sabeis eso que dicen, "Lo importante es que se hable de ti, aunque sea bien".

  10. Javier Trujillo on 16 enero 2008 at 16:12 said:

    Perfectamente explicado, perfectamente.

    Espero que David y otros más lean esto, porque es tal cual.

    Pero esto puede y debe ser cambiado, sin duda. :-)

  11. comentario de prueba

  12. impresionante relato Jaime martín, hazte un cómic tio.

  13. Bueno, parece que ya puedo postear (álvaro, gracias por solventar los problemas).

    A ver, el texto no es mío es de Sergi (ya me gustaría escribir así de bien). Tampoco lo he colgado aquí, que queda un poco metido a lo bruto.

    Me consta que lo que cuenta Sergi se ha hecho en otras editoriales también y, afortunadamente, estas actitudes no duran eternamente porque en las editoriales, como en otros trabajos, entra y sale gente nueva, con otras maneras de hacer las cosas, con más ilusión, etc.

    Pues eso, que no cunda el pánico, que no porque la novia nos de calabazas nos vamos a hacer monjes de clausura.

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