Decepciones

Poco se puede añadir a lo que en su día se dijo de la brillante La muñequita de papá, de Debbie Dreschler. Una obra tan contundente como angustiosa, que lograba una convincente bajada a los infiernos de los abusos sexuales, plasmando un brillante ejercicio de autoexorcismo. Un potente argumento para esperar con muchas ganas la siguiente obra de esta autora, que llega publicada de nuevo por La Cúpula, Verano de amor. Al igual que en su primera obra, el relato autobiográfico vuelve a ser la coartada argumental, esta vez dejando de lado los espinosos vericuetos de su infancia para entrar en las bondades de su adolescencia. Dreschler lleva al lector hacia el primer amor adolescente y los primeros escarceos amorosos. Sin embargo, Dreschler sigue manteniendo un tono distante en la narración que afecta muy negativamente a la percepción que llega al lector. No hay empatía entre el lector y la obra, como puede existir en las historietas de Michael Rabagliatti, ni tampoco se dejan pistas para debate o reflexión, como pueda hacer Daniel Clowes o Phoebe Gloeckner, lo que deja la obra excesivamente vacua. Hay un bonito ejercicio de estilo gráfico, de elegantes propuestas visuales (con el agresivo juego de bitonos como gran protagonista) y acertados ritmos, pero que no consiguen enganchar en la lectura. La propuesta de Dreschler queda entonces en agua de nadie, con lances momentáneos interesantes, pero sin llegar a cuajar un discurso definido que permita al lector seguir a la autora. Una lástima, porque la autora ha demostrado fehacientemente que puede dar mucho más de sí. (1)

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Similar decepción, aunque en este caso esperada, la que obtengo con la lectura de la incursión de Richard Corben en El Motorista Fantasma. En el volumen Ghost Rider #2: “La leyenda de Sleepy Hollow, Illinois”, se incluyen los dos comic-books con guión de Daniel Way ilustrador por el de Kansas. Una anodina historia (básicamente, el Motorista Fantasma se lía a tortas con el demonio de turno, lo nunca visto, oigan), en la que un Corben a medio gas deja constancia de que incluso en esas paupérrimas condiciones es capaz de dar pinceladas de magistralidad. Sirva como ejemplo el planteamiento de las escenas de lucha entre los dos infernales personajes, plena de una fuerza y potencia que demuestran el dominio de las soluciones narrativas y gráficas de este autor. El problema es que el goce de este tebeo se queda en eso, en deleitarse con el oficio de este grandísimo autor que, pese a su genio, es incapaz de conseguir que la pobre historia de Way remonte el vuelo. Una lástima, porque el famoso personaje llameante tiene una fuerza visual innegable, y en manos de Corben, con un buen guión, podría haber conseguido una historia de las que no se olvidan. Eso sí, quienes peor parados salen de esta aventura son Javier Saltares y Mark Texeira, el equipo habitual de la serie que se encarga de la segunda historia de este volumen. Artesanos de indudable oficio y calidad, pero que naufragan en un guión todavía más ridículo (y me quedo corto) que el asignado a Corben, en el que el contraste entre el oficio de unos y el genio de otro todavía es más espectacular. Sólo para completistas. La puntuación se quedaría en un (1-) para la parte de Corben (ay! Lo sé soy incapaz de ponerle un cerapio al de Kansas, pero es que aunque sólo sea el disfrute de sus ramalazos de genio ya vale) y un (0) para la segunda, con mención de héroes anónimos a los dibujantes, que los pobres no tienen la culpa de nada.