Lo que el viento trae

loqueelvientotrae.jpgResulta extraño ver a un autor como Jaime Martín realizando una obra tan alejada del perfil que de él teníamos como Lo que el viento trae. Acostumbrados a sus historias urbanas en El Víbora, que iban desde Sangre de barrio a las divertidas historias de Los primos del parque, encontrarlo ahora en una historia de género de terror descoloca a quienes, erróneamente, lo habíamos encasillado de forma perenne dentro de lo que se podría denominar el “underground” hispano. Una percepción que no debería ser tal, porque Martín ya había demostrado en Invisible o La memoria oscura que era capaz de plasmar lo que había aprendido en años de formación como historietista en otro tipo de historias. Y vaya si ha aprendido, porque Lo que el viento trae nos muestra a un autor espléndido, que domina su oficio como pocos. Construye una historia inteligente, buscando la tensión entre las antiguas leyendas de terror popular y la razón, eligiendo perfectamente los albores del alzamiento de la revolución rusa como perfecto paradigma del enfrentamiento entre la tradición y la ciencia. Usa el ritmo a su antojo para llevar la narración por donde quiere, jugando magistralmente con el color como elemento vehiculador de atmósferas (siguiendo, si se me permite, la estela de otro maestro, Rubén Pellejero). Sirva como ejemplo la espectacular escena inicial, potente, medida a la perfección en cada viñeta, con una espléndida coreografía de la composición de página. El único problema que le puedo encontrar a la obra es la predictibilidad de su final: la excelente tensión que marca la obra en toda la primera mitad del álbum se va desinflando rápidamente a medida que éste acaba, en un final que no se corresponde en fuerza dramática con el incesante pulso que se ha mantenido en todo el inicio. Un problema que puede rebajar la satisfacción final de la lectura, pero que no empaña en absoluto el excelente trabajo de Jaime Martín, que firma un álbum que nos hace esperar con ganas sus siguientes proyectos.
A destacar la cuidadísima edición de Norma, tanto en calidad de publicación como en los extras incluidos en el álbum (2).

Gertrude Stein

Curiosa coincidencia: dos obras editadas por la misma editorial, casi simultáneamente, y que recuperan en cierta medida el espíritu de Gertrude Stein, una de las principales valedoras e impulsoras de la renovación estética y formal que se impuso a principios del siglo XX desde el barrio de Montparnasse parisino. Dos obras que, además, buscan la fabulación completa sobre personajes reales, pero desde dos perspectivas muy diferenciadas, pese a contar con estructuras similares.
elsalon.jpgEn El Salón, Nick Bertozzi hace referencia al famoso “salón” de los hermanos Stein, donde se dieron cita los pintores más famosos de la época, comandados por un Picasso que estaba socavando las bases del arte en busca de una forma de expresión nueva y diferente. Bertozzi imagina el encuentro en esta famosa estancia entre Georges Braque y el pintor malagueño como el germen necesario para la inspiración del cubismo. Una historia ya de por sí interesante pero que el autor arropa con una ingeniosa trama de intriga. Convierte el salón de los Stein en un lugar iniciático que transporta a los presentes a las propias pinturas, convirtiéndose en protagonistas de los cuadros gracias a la misteriosa absenta azul y que pronto conocerán una terrible noticia: alguien está asesinando a los prestigiosos pintores que acudían a estas citas secretas. Una trama que une elementos fantásticos y datos reales en un entretenido continuo, en una investigación que deambula entre el clasicismo de los asesinatos de la calle Morgue y la ironía, me vais a permitir la exageración, de la divertida ¿Pero quién mata a los grandes chefs? de Kotcheff (impresionante Robert Morley, como siempre), con no pocos guiños a los lectores de tebeos, dejando caer la posibilidad de que la historieta estuviese en la base de muchas de las innovaciones pictóricas de la época (una hipótesis nunca desdeñable, de hecho, era conocida la admiración de artistas como Picasso por obras como Krazy Kat). Sólo con lo anterior, El Salón sería una lectura muy recomendable, pero es que, además, hay que destacar el espectacular trabajo gráfico de Nick Bertozzi, que toma como puntales principales de su narrativa la minuciosidad descriptiva y el cambio cromático. El primero le permite al autor dotar a las escenas de ambientes muy definidos, compensando la férrea estrcutura compositiva con este detallismo que recupera con exactitud la atmósfera de la época y logra que el relato nos parezca fidedigno. El uso del color, en cambio, busca dotar a las escenas de una tensión psicológica que no puede alcanzar el dibujo. En lugar de una detallada descripción cromática, cada escena toma un color dominante, desde los obvios azules de los “viajes” con la absenta azul a naranjas, verdes, o violetas que definen estados de ánimo de los protagonistas y el momento de la situación.
El resultado final, una obra de lectura recomendabilísima, en exquisita edición de Astiberrri (3+).
(y no, de esta chorrada no pienso hablar…)
nomedejesnunca.jpgLa otra cara de esta afortunada coincidencia la pone el siempre sorprendente Jason, que parte también de las compañías de Gertrude Stein, en este caso las literarias. En No me dejes nunca, la generación perdida de Hemingway y Scott Fitzgerald se hace protagonista de un relato contracorriente, en el que los famosos escritores son reconvertidos en historietistas y la descripción que Hemingway hizo en París era una fiesta se transforma en una suerte de nueva versión del Atraco Perfecto de Kubrick con protagonistas literarios. Jason juega con los protagonistas, cambiando situaciones y momentos, manteniendo sus personalidades, pero buscando el quiebro formal a través de detalles absurdos, paradójicos, que rompen la historia pero logran una inesperada coherencia lógica. Un original juego de espejos trucados que finalizará con una elección imprevista, un nuevo juego formal en el que veremos la acción desde la perspectiva de cada personaje. Una obra, de nuevo muy recomendable y que se convierte en la compañera perfecta de la anterior (3).