Tres paradojas

tresparadojas.jpgHace 2500 años Zenón de Elea planteó tres paradojas. En ellas, el filósofo griego intentaba reflexionar sobre lo infinito y lo discreto, buscando demostrar que nuestra percepción de la realidad es incorrecta. El movimiento no existe como tal y lo finito está infinitamente lejos.
Hoy, veinticinco siglos después, Paul Hornschemeier traslada en Tres Paradojas (Astiberri) las paradojas de Zenón a la creación artística. Si Aquiles nunca podría alcanzar a la tortuga, el creador vera en cada espacio en blanco en su hoja una longitud infinita todavía más grande que la que ha recorrido. Un espacio en el que el tiempo se detiene y se estira haciéndose infinito. Y, en el fondo, esa misma imposibilidad de llegar al destino contagia la vida personal del creador.
Una compleja y ambiciosa historia que Hornschemeier, como buen discípulo de Clowes y Ware, intenta plantear desde una intrincada estructura argumental en la que estilos e historias se van alternando para dar lugar a una estructura de capas que se van solapando para construir la historia. El relato vehicular será un largo paseo del autor junto a su padre, en una conversación que traerá recuerdos de infancia que serán representados con un estilo gráfico de tebeo infantil, próximo a Hank Ketcham, mientras que otros recuerdos ajenos entroncarán directamente con el estilo de Clowes o incluso Charles Burns. Memorias que serán alternadas con su propia creación, una especie de versión perversa del Harold and the purple crayon de Crockett Jhonson.
Un difícil tour de force estilístico, que tiene un precedente claro en la magistral Ice Haven de Clowes, que Hornsenchmeier referencia implícitamente en las historias infantiles y, en mi opinión, en la socarrona representación del cómic-book filosófico donde el autor recuerda haber leído las tres paradojas de Zenón.
La intención del autor con este intricado andamiaje formal es evidente, buscando al lector una reflexión profunda sobre los puntos de inflexión de nuestra vida. Sobre los momentos en que las decisiones pueden significar dar un paso tras la tortuga o quedarse a una distancia infinita de ella. Sin embargo, ese brillante planteamiento narrativo y estructural se convierte, a la larga, en una peligrosa trampa para el propio autor, que ve como su mensaje queda excesivamente escondido tras las ramas de su caleidoscópico bosque. A diferencia del referente de Clowes, donde cada subhistoria se presentaba como la faceta de un diamante multicolor, caleidoscópico, en Tres paradojas cada una de las historias parece ser una losa que oculta todavía más la intención inicial del autor. Se convierten en referencias reiterativas que confunden en cierta medida la reflexión del lector, perdido en el laberinto que el autor ha planteado y que lo obliga a centrarse en la anécdota central, olvidando la intención inicial y dejando toda la reflexión final sobre esa historia. Y ahí se alza el principal fallo de Hornsenchmeier: no permite la visualización global de la obra, no deja flecos que permitan hilar una estructura conjunta de todas las historias, que dejen libertad al lector para construir su propia argumentación. Y el lector, desmotivado, abandona el barco sin saber muy bien cuál ha sido su trayecto en esta historia.
Pese a lo fallido del conjunto final, siempre se agradece poder comprobar que existen autores que entienden la historieta como un medio complejo, donde la narrativa puede ser algo más que una simple concatenación de viñetas, con un planteamiento más profundo y global. Hornschemeier está todavía muy lejos de Clowes o Ware, sus guías, pero es uno de esos autores que siempre pueden sorprendernos con una obra original y distinta. Pese a este bache, sigue siendo un autor de referencia gracias a la excelente  Madre, vuelve a casa o a sus inéditos en España Return of the elephant o Let Us Be Perfectly Clear. Astiberri, como siempre, perfecta en la edición. (1+)

En veinte años, la lectura será un culto

[…] La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto.
¿Y los lectores serán una especie de gente rara, de espectros? No, no, tampoco. Será un hobby minoritario. Unos criarán perros y peces tropicales, otros leerán. Como lo que es hoy leer poesía. Existen poetas, se les publica, pero los lectores de poesía son una minoría. Eso ocurrirá.

¿Los escritores tampoco serán esas voces que cualquier sociedad necesita? ¿Perderán pedigrí? Existirán. Pocos se ganarán la vida con ello. Pero no hablo del final de ningún género, como la novela, eso que se habla tanto hoy en día. Hablo de la muerte del lector, algo que en este país ya es un hecho. No sé si en Europa también.

 Philip Roth, en EL PAÍS SEMANAL

Se puede decir más alto, pero no más claro. Éste es el verdadero problema al que se enfrenta el tebeo: la desaparición del lector. Ni el precio de los tebeos, ni su consideración infantil, ni su distribución, ni su temática, son problemas que puedan competir con éste. Sólo queda una pequeña esperanza: que las pantallas que han derrotado a los libros, según Roth, también son formas de lectura.