Relación señal-ruido (II)

Decía yo hace poco que había hecho la reseña de Señal y Ruido a partir de la edición original americana de Dark Horse. Pues bien, ya he podido comparar con la edición española de Astiberri y sólo puedo recomendar efusivamente su compra. Astiberri ha hecho una edición primorosamente cuidadada, con una traducción adecuada y un impresionante trabajo de maquetación (no era fácil, desde luego, atreverse con este hueso). Pero es que, además, aprovecha la nueva edición americana para incorporar material nuevo: varias historias cortas de Dave McKean y un epílogo que, en mi opinión, redondea todavía más la obra.

Si, como comentaba, Señal y ruido es una compleja y contundente aproximación a cómo afronta el ser humano la muerte, el epílogo que se ha añadido en esta edición es una matización perfecta en la que se analiza, años después, la triste relatividad de nuestra existencia. Apenas unas páginas que configuran un mazazo rotundo e irrebatible a nuestras creencias.

Una obra impresionante.

4 Comentarios en “Relación señal-ruido (II)

  1. ibai on 1 abril 2008 at 12:54 said:

    Muchas gracias:D Esto me interesaba especialmente.

  2. Demasiado tarde amigo, está misma mañana me lo he pillado en la única tienda de cómic de Inopia (no nos están tratando mál últimamente) Prometo -o amezo- con dejar pronto mis impresiones sobre él.

    Un saludo.

  3. Astiberri quiere mi perdición económica, :(

  4. Javi on 11 abril 2009 at 8:56 said:

    Bueno, la he leído ayer, y me parece una obra completamente fallida. Se salva el catálogo gráfico impresionante de McKean y varias intertextualizaciones de Gaiman, pero la obra en conjunto es de una pedantería, de un nulo desarrollo de personajes, y tiene un punto de vista tan limitado -alucina el pensar el que por entonces ni se les ocurriese meter la paternidad como tema relacionado- que tumba de espaldas.

    Que no, que no. Que es como la etiqueta aquella de los viejos tebeos de Toutain: 'para adultos', que es mentira, que es solo apariencia. Puritito AOR viñetero sin gota de sangre ni verdadera emoción, que salta como un gato escurridizo ante la exigencia de anclajes en algo -datos sobre la enfermedad, p.e.- que incardine las ideas en lo real, en lo tangible, y se queda paralizado como uno de escayola en las expresiones por causa del abuso de la base fotográfica. Nada, porque la historia únicamente es un vehículo para que los autores hablen de si mismos, de los especiales que son, de lo importante que es el arte -otra mentira: no lo es más que inventar algo para que la gente viva mejor, como la lavadora, p.e.-, de lo que se pierde el mundo cuando un artista -pedante- muere, y bla bla bla. Insisto: miedos y pretensiones de postadolescente con ínfulas pero de nula experiencia en la vida -vaya descubrimiento, que uno muere pero la vida sigue, para haberse quedao calvo pensando-.

    Que cabreo me ha dejado.

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