Fanzinerada

Dos fanzines interesantísimos que recomiendo encarecidamente:
En primer lugar, Lunettes, con colaboraciones de Alto, Bert, Brecht Evens, Clara-Tanit, Coqué Azcona, Elisasmile, Enriqueta Llorca, Gerard Armengol, Gina Marie Thorstensen, Marc Torrent, Marketa Michalkova, Martin Romero, Mirjana Farkas, Pepon Meneses y Valerio Vidali. Un fanzine que puede estar llamado a recoger la llama del Fanzine Enfermo. Atentos porque las colaboraciones de Clara-Tanit Arqué y Gerard Armengol son excepcionales, pero dentro de un nivel altísimo. Cuesta 3€ y tiene 60 págs. en blanco y negro.

El segundo, El sueñero ilustración, de Pablo Soto, un fanzine más dedicado a la ilustración, pero rebosante de ideas. Las influencias de Javier Olivares, entre otros autores, son evidentes, pero Pablo Soto demuestra asimilarlas para conseguir un lenguaje propio. Muy interesante. también 3€

Y, para acabar, recomendar la interesante publicación que salió como resultado del Encuentro de publicaciones independientes ZINK!, un completo catálogo en PDF con lo mejor y más granado del panorama fanzinero nacional. Os lo podeís bajar desde la págian de Gráficas Valiente.

(Continuará, que tengo muchos fanzines por leer…)

En reseñando

¡Ah! O sea que esa columna de ahí no es la columna maestra de la casa, es la pila de tebeos que me quedan por leer…

RG 2, de Pierre Dragon y Frederick Peeters (Astiberri). Segunda entrega de la serie y reseña en la que no puedo más que repetir todos los argumentos que expuse en la primera. Una obra de género policíaco, milimetradamente orquestada, sólida como pocas… Peeters y Dragon siguen exponiendo el día a día del agente de operaciones especiales, muy alejado del pomposo y espectacular retrato hollywoodiense y más próximo a un trabajo más, lleno de rutinas y con muchas dependencias. Peeters narra con pulcra eficacia, sin aspavientos ni excentricidades, manejando los recursos con el único objetivo de conseguir una historia perfectamente fluida, donde la historia lo es todo. Consigue esa genialidad sólo reservada a los maestros, que su trabajo pase inadvertido: leemos RG de un tirón, centrándonos en la historia y metiéndonos en ella y, sólo cuando acabamos y volvemos a mirar las páginas, nos damos cuenta del inmenso trabajo del dibujante. Composiciones y ritmos minuciosamente medidas, elipsis perfectas, un extraordinario uso del color, un riguroso trabajo para conseguir una mayor expresividad de los personajes, una ambientación cuidadísima… Un trabajo soberbio, que me recuerda en cierta medida al de los grandes directores de cine de los 50, completamente al servicio de una historia. Extraordinaria (3+).

El reductor de velocidad, de Cristophe Blain (Norma). Cuando uno sigue la trayectoria de un autor, gusta de ver su evolución, sus cambios, cómo va incorporando influencias… Cómo se forja un autor, en suma. Sin embargo, en este país cuando intentamos seguir a un autor extranjero, ocurre un extraño suceso: a medida que se publican nuevas obras, vemos cómo el autor sufre una evolución inversa, su estilo se va simplificando y vuelve a sus orígenes. Cosas del mercado editorial hispano, que suele publicar primero las últimas obras para luego recuperar las primeras. Lo curioso es este efecto a priori perverso permite un análisis completamente distinto al habitual, ya que permite reconocer las constantes y fijaciones de un autor.
En el caso de Christophe Blain, la publicación de El reductor de velocidad, una de sus primeras obras y la que le abrió el mercado francés gracias al Alpha Art coup de coeur de Angouleme, nos permite encontrar precisamente las fijaciones que luego desarrollará posteriormente en sus obras. Pese a que éste álbum es, posiblemente, el de mayor componente autobiográfico de toda su obra, Blain demuestra ya su pasión por los géneros, por la aventura en estado puro. El relato de las vivencias de tres marinos dentro de un gigantesco destructor deja pronto el componente biográfico (el autor hizo el servicio militar en un barco de guerra) para adentrarse en una aventura casi ingenua, que recupera ese concepto tan olvidado hoy que es “sentido de la maravilla”. El barco se transforma en un gigantesco escenario, inacabable e inmenso, donde cada elemento es un misterio y el sistema de reducción de velocidad del barco actúa como una especie de Eldorado. Y el mar, siempre el mar como el espacio absoluto, el lugar de la aventura por antonomasia.
Una historia que Blain aborda con frescura y el punto de descaro obligado del debutante, jugando con la narración y los recursos, todavía sin dominarlos, pero demostrando ya una solvencia sorprendente, apostando por la fuerza del color como elemento vehicular (siempre eficazmente acompañado por Walter) y por un expresionismo descarnado que casa perfectamente con esas largas secuencias mudas, donde lo importante no es qué pasa sino qué sientes.
De por sí, El reductor de velocidad es un álbum entretenido y visualmente poderoso, pero situado en su contexto, es una obra que permite explicar casi en su totalidad la obra posterior de Christophe Blain. (2)

Sigo con los franceses y, en particular, con otro de los grandes: David B. El Jardín Armado (sins entido) es un perfecto compendio de la increíble capacidad de este autor para la fabulación, con tres cuentos bien diferenciados. El primero entronca con la saga de Los buscadores de tesoros recuperando al personaje del profeta velado para desarrollar un maravilloso cuento de las mil y una noches, donde el autor puede desplegar su espectacular imaginería gráfica. El segundo y tercero de los relatos, El Jardín Armado y El tambor enamorado se entretejen para trasladarse al siglo XV y contar un historia que nace de las herejías de los adamitas y los taboritas (recuperando, en cierta medida, lugares comunes con Lenora, una preciosa historia realizada junto a Pauline Martin. David B. vuelve a narrar un cuento clásico, en el que cambia su estilo para adaptarse a esta época, tanto en el aspecto literario como gráfico. Las curvas sinuosas de las mil y una noches son sustituidas por figuras más hieráticas, por ilustraciones que recuerdan a las de los incunables que narran historias bíblicas, a la iconografía del románico. Pese a las aparentes diferencias entre los tres cuentos, David B. articula con su grafismo lazos entre ellos, consiguiendo que la parte más legendaria, más espiritual se conecte a través de esa explosión simbólica que es el dibujo de este autor, caleidoscópico, siempre lleno de connotaciones alegóricas, sugerentes, que obligan al lector a multiplicar su imaginación. Una obra tan preciosa desde el punto de vista gráfico como hipnótica en su fondo.(4)

Y otro álbum del que me tocaría repetir reseña: El síndrome del prisionero (sins entido), segunda entrega de la serie Las pequeñeces de Lewis Tronhdeim. Un diario del creador de La Mazmorra en el que va contando su día a día. Anécdotas intrascendentes, pensamientos cogidos al vuelo… La rutina diaria pasada por el tamiz de uno de los mejores autores franceses de la última década, que da lugar a una visión completamente distinta y, sobre todo, entretenidísima. No es la mejor obra de Trondheim, pero entre tanta novedad es un pequeño oasis de tranquilidad. (2-)