Poguri

¿Se podrían trasladar las greguerías al mundo del manga? No lo sé. Pero posiblemente, si Ramón Gómez de la Serna pudiera elegir, algo me dice que, tras leer Poguri, señalaría sin dudar a Isami Nakagawa. Un libro sorprendente, imaginativo, en el que el pequeño Poguri protagoniza pequeñas historias de una página en las que la realidad se recompone siguiendo reglas similares a las que De la Serna usaba para crear sus Greguerías. Pero Nakagawa da un paso más y se atreve a inmiscuirse en el mundo del surrealismo, creando una filosofía y una iconografía propia del absurdo. Una obra que goza, además, de un extraño punto de ternura contagiosa, que logra que la lectura se Poguri sea una de esas experiencias que, de forma inexplicable, genera una sonrisa continuada. Quizás porque, en el fondo, Nakagawa consigue recordarnos esa pasión infatil por el juego, por la adivinanza y la curiosidad infinita, como cuando las páginas derechas componen un folioscopio con el que es imposible no jugar un buen rato.
Un tebeo muy recomendable.

Podeís ver un avance en la web de Glénat.

400 después…

Después de la que se montó en los comentarios de este post, es de comprender que me lanzara a la lectura de What it is, de Lynda Barry, nada más recibirlo. Cuatrocientos comentarios después, servidor ya no tenía ni idea de realmente de qué se estaba discutiendo en ese post y volver al origen de todo, el interés que me despertaba este tebeo, parecía un buen colofón a la discusión.
What it is es un gigantesco cuaderno de apuntes y recortes, que sigue fielmente el espíritu de la particular obra anterior de esta autora, siempre a medio camino entre la literatura y la poesía visual, con una especial sensibilidad hacia temas que involucran el propio desarrollo personal y épocas tan convulsas como la infancia o la preadolescencia. Obras como The Fun House, The Greatest of Marlys o One hundred demons (que son las que yo he podido leer de esta autor, además de sus tebeos online), demuestran la extraordinaria capacidad de la autora para trasladar estos sentimientos al papel.
Y, en esa línea, What it is representa una nueva vuelta de tuerca, en la que la autora profundiza en un único tema: la relación entre imagen y sentimientos. A través de collages y dibujos donde la caligrafía representa un recurso de gran fuerza, se cuestiona a sí misma qué son las imágenes, dónde se almacenan en los recuerdos y si estos son realmente una imagen real de lo ocurrido. A página entera, cada pregunta se va plasmando en una forma gráfica somática, de textura orgánica, en la que la autora evita cualquier intromisión digital para intentar reflejar esa sencillez de los dibujos acumulados aleatoriamente de la infancia. Alterna ilustraciones con historieta y textos ilustrados, llegando a usar ejercicios y lecciones que asemejan a los de un libro escolar, siempre deliberadamente escritos a mano, consiguiendo una especie de efecto de inmersión en un mundo infantil que busca despojar al lector de todo prejuicio adulto para intentar responder a sus preguntas con la espontaneidad del infante. Pero siempre anclando la realidad a través de su propia experiencia, para la que se refugia siempre en la historieta y la narración ilustrada.
Como toda obra de Lynda Barry, escapa con facilidad a los adjetivos y las clasificaciones. Desde luego, no estamos ante una historieta, sino ante una experiencia gráfico-emotiva, un juego intelectual en el que lo visual se superpone de forma violenta y aparentemente desordenada en una búsqueda de un ritmo propio, de claras referencias a la poesía visual (de donde toma la importancia del juego caligráfico y tipográfico) y al “art brut”, consiguiendo un efecto paradójico. Si Dubuffet buscaba una forma de arte ajena por completo a la intoxicación del mundo del arte, desintelectualizada completamente en la búsqueda de un estímulo creativo puro, ahora Lynda Barry introduce una componente filosófica que consigue un contraste sorprendente entre fondo y forma. La historieta, como tal, queda relegada a un recurso artístico más dentro del impresionante abanico que usa la autora.
Personalmente, le encuentro un problema a la propuesta de Barry: el excesivo alargamiento de la obra. La sorpresa de los contrastes es sugestiva, pero tras doscientas páginas de bombardeo visual, se diluye completamente su efecto, llegando a desviar por completo el foco de atención del lector. Lo que debería ser una experiencia casi interactiva pierde fuerza y, pese a que los episodios de historieta y relato ilustrado suponen un adecuado cambio de ritmo, es difícil no tener una sensación de saturación continuada a partir de la mitad del libro.
El riesgo pasa factura y, pese a lo atrayente de los planteamientos iniciales, la experiencia lectora queda varios peldaños por debajo de One hundred demons o las tiras que se reagrupan en The Greatest of Marlys.

Si bien es muy difícil la publicación de esta obra en España (el uso de caligrafías manuales alternadas hace que la labor de traducción y producción de este libro sea inmensa), no estaría de más que alguna editorial se atreviera a publicar en nuestro país otras obras más “clásicas” de esta fundamental autora.