Novedades de Aleta Julio

DYLAN DOG Nº 36: LA BRUJA DE BRENTFORD, de Claudio Chiaverotti y Nicola Mari. Rústica. 16 x 21 cm. 100 pág. B/N. PVP: 5,00 €
MARTIN MYSTÈRE Nº 36: UN MUNDO SUBTERRÁNEO, de Stefano Vietti/Gino Udina y Rodolfo Torti/Giovanni Romanini . Rústica. 16 x 21 cm. 100 pág. B/N. PVP: 5,00 €
NATHAN NEVER Nº 36: EL PREDICADOR, de Lucio Sammartino y Germano Bonazzi. Rústica. 16 x 21 cm. 100 pág. B/N. PVP: 5,00 €
DAMPYR Nº 26: EL JARDÍN PROHIBIDO, de Maurizio Colombo y Alessandro Baggi. Rústica. 16 x 21 cm. 100 pág. B/N. PVP: 5,00 €

Novedades Norma de Julio

De las novedades de Julio de Norma, hay que destacar la divertida Brujeando, la nueva serie infantil de Juanjo Guarnido y Teresa Valero y, para los muy viciosos, la vuelta de Eric Castel, el héroe futbolero por antonomasia. Cosas de la Eurocopa. Por lo demás, tendremos que echarle un ojillo a La historia secreta de The Authority: Jenny Sparks, por aquello de que Millar a veces está inspirado, a la nueva entrega de las entretenida Rising Stars de J. M. Strazcynski y, por supuesto, a las obligadas continuaciones de Promethea y Lost Girls, cortesía del sr. Moore. Y aunque el Spirit del Sr. Cooke no es de mi gusto, atentos a la cuarta entrega, con colaboraciones de Bernet o Kyle Baker.
Más información, en el PDF.

Corben

Esto debía ser allá por 1980. Servidor era entonces un preadolescente imberbe de apenas 13 años, lector de superhéroes (¡ay!¡pecados de juventud!), que se nutría habitualmente de los tebeos que llegaban al quiosco de la esquina. Una rutina de visita diaria que un día encontró algo diferente, una portada. Era espectacular: un hombre desnudo saltaba sobre una especie de reptil antropomorfo, mientras una voluptuosa mujer miraba toda la escena. La portada tenía unas formas y colores hipnóticos. Tonalidades naranjas y verdes que componían un mundo fantasmagórico y distinto. Era la portada de la revista 1984, en su número 22, donde se anunciaba a bombo y platillo el estreno de una serie: Den, de Richard Corben.
Y ese día, el mundo, mi mundo, cambió. Ese día descubrí que el mundo del tebeo era otra cosa, que era un mundo de adultos al que yo podía pertenecer. Era el paso definitivo que todo preadolescente quiere dar, el de la consideración adulta. En esa época se solía dar con el primer Ducados, pero servidor lo hizo con el número 22 de la revista 1984 y con Richard Corben. Es evidente que mis alborotadas hormonas le hicieron mucho caso a las rotundas formas desnudas femeninas que poblaban la historieta, pero había mucho más. Había un dibujo como nunca antes había visto. Una concepción de la forma de contar la historia que me era completamente ajena. Por mucho que rebuscaba en mis tebeos de Dólar, Novaro y Vértice, no encontraba nada que se asemejara a lo que Corben hacía.
Ese día, también decidí que iba a coleccionar tebeos. Ya lo hacía, de facto, tenía centenares, pero ese día decidí que coleccionaría el 1984. Poco a poco fueron aumentando las revistas, pero por esas épocas, uno de los ejes comunes era siempre Richard Corben. Comprábamos Delta u otras revistas por el simple hecho de que tenían una paginita de Richard Corben. Y en nuestra ingenuidad, contábamos las páginas que teníamos de cada dibujante para descubrir siempre que Corben dominaba todas las estadísticas. Era nuestra guía absoluta. De hecho recuerdo perfectamente mi primer álbum, comprado con el sudor de mi frente ahorrando cada mísera peseta: era un álbum recopilatorio de historias de Edgard Allan Poe, con un portada espeluznante de Corben y, lógico, varias historietas suyas en su interior (incluyendo la sensacional adaptación de El Cuervo). Me costó la fortuna de 400 pesetas, un dineral de la época.
Pero todo adolescente está abocado a renegar de sus orígenes. Por mucho que se quiera evitar, siempre llega un momento en que despreciamos nuestro pasado y abrazamos la novedad y lo distinto como indicativo de madurez. Y yo lo hice con Corben.
Allá por el 83 o así (¡ay! 17 o 18 añitos, ¡quién los tuviera!), decidí que Corben era el pasado y que lo que realmente me interesaba era la nueva estética que llegaba de Francia. La línea clara y los Humanoides, el nuevo Metal Hurlant y el Cairo…
Menudo gilipollas.
Afortunadamente, años después, volví a releer dos historias cortas que me demostraron hasta qué punto la impulsividad adolescente es peligrosa. Porque sí, la línea clara es maravillosa, y los Humanoides o el Cairo fueron unas experiencias inolvidables, que hoy siguen encantándome… Pero Corben es Corben. Descubrí con esas dos historias que su espectacular dibujo era tan sólo la tapadera de una concepción de la narrativa soberbia, magistral, que entendía el oficio de contar visualmente como muy pocos autores lo han concebido nunca. Esas dos historias fueron Cidopey y Profundo.

Cidopey es una preciosa historia circular, un cuento, una fábula que habla del amor entre Cid y Opey. La historieta se abre con un violento contraste de cromatismos, rojos y azules, y va desarrollando una historia paralela, donde Corben consigue ir generando una trama que va cambiando desde la celebración paradisiaca del amor entre los dos protagonistas hasta un durísimo y contundente final, desolador, en el que la historia adquiere nuevas dimensiones, que la llevan a una conclusión radicalmente diferente.

Con la sencillez de la celebración de la felicidad y desgracia de Cid y Opey, casi ingenua, Corben plasma con magistralidad en apenas unas viñetas el resumen más condensado e impactante de la desgracia humana, de la imposibilidad de salir de nuestra cárcel corporal.

Profundo es el otro extremo, es un tour de forcé narrativo. Dos protagonistas, en medio de la anda. Un naufragio y una pareja atados a un salvavidas. No hay diálogos. Sólo un narrador que va contando la historia. Y una concepción narrativa simplemente única. Un drama que va creciendo en fuerza y potencia a cada viñeta, consiguiendo transiciones de una potencia inerranable, difícilmente equiparable en cualquier otro medio. Donde vemos cómo la desesperanza se transforma en pura locura, en un crescendo dramático perfectamente orquestado. Corben va alternando la realidad con la narración del episodio que les llevó a tan desesperada situación, consiguiendo un perfecto equilibrio, que llevará, inevitablemente a una conclusión terrible.

Cuando releí estas dos historias, que aparecían en aquellos volúmenes de El extraordinario Mundo de Richard Corben que editara Toutain, me di cuenta de hasta qué punto Corben era y es un genio absoluto de la narrativa. Durante años estuvimos obnubilados sólo por su capacidad gráfica, por su extraño color de fotomecánica, pero nos olvidamos de por qué nos atraían sus historias con esa fuerza. Esa capacidad única de atrapar al lector en la historia, de magnetizarlo a la página y de saber dosificar cada paso, cada viñeta, de componer la página con sabiduría en función de cómo quiere llevar al lector por ella. De cómo su dibujo de personajes deformes o hipervigoréxicos era tan sólo parte de todo un gigantesco abanico de recursos narrativos que tenían como único fin contar una historia con eficacia. ¡Y vaya si lo conseguía! Leer la obra de Corben debería ser recomendable para todo aficionado, pero casi una obligación para cualquiera que quiera dedicarse a la historieta. Páginas que debería estudiar con fruición, con rigurosidad, buscando destilar la esencia de la historieta, de la narración gráfica.