El Dr. Cerebus & Mr. Sim

Dave Sim es uno de los mejores autores de historieta que ha dado el medio.
Dave Sim está como una puñetera regadera.
Ambas afirmaciones son ciertas. Palabra por palabra. Y la publicación de sus dos últimas obras, Judenhass y Glamourpuss no hacen más que confirmarlo.
Pongamos la cosa en antecedentes: en 1977, un joven Dave Sim decidió –tras ser ingresado por una intoxicación de LSD, todo sea dicho- crear una serie de comics-books autoeditados que duraría 300 números. Los primeros números de Cerebus no eran más que una burda parodia de Conan el Barbaro, aunque torpemente dibujada, había que reconocerle cierta mala leche y una rápida progresión en la calidad del dibujo. Pero no dejaba de ser un tebeo del montón. Sin embargo, a partir de su número 26, la serie protagonizó un espectacular salto de calidad: comenzó una larga saga denominada High Society en la que Sim demostraba una brillante lucidez y una afilada ironía, creando una demoledora crítica del poder y la política. El excelente arco argumental de 25 números sólo fue el precedente de la espléndida Church & State, en la que Sim enfocaba su mira en las relaciones entre poder y religión, en una de las reflexiones más interesantes y contundentes que servidor pueda recordar. Por el camino, Sim demostraba además una innata capacidad para la narración, que se desataría completamente con la incorporación del impecable Gerhard en la realización de los fondos. Sin la presión de la finalización de la página, Sim se volcó sobre la narrativa: su dibujo mejoró y comenzó una carrera de experimentación narrativa en la que se encuentran algunas de las innovaciones más atrayentes de la historia del medio.
Sin embargo, todo cambió en 1984. La separación de Sim provocó un antes y un después en la obra del autor. Pese a que la siguiente saga de Cerebus, Jaka’s Story, se cuenta todavía como una joya de la historieta, se comienza a percibir un lento cambio en las ideas de Sim. En diez años, un ateo, liberal de rotundas ideas, iría derivando hasta un extremista religioso misógino. La saga Mothers and Daughters culminaría con Reads, un complejo álbum, en el que el texto domina casi completamente y en el que Sim certifica su deriva ideológica con un texto “antifeminista” que desataría las iras de las lectores y de buena parte de los seguidores de Sim. Tras él, Sim anunciaría además que abrazaba la religión en todas sus formas, declarándose cristiano-judio-musulman (sic) y creyente ultraortodoxo. A partir de ahí, su particularísima visión de la religión y de la vida se plasma, lógicamente, en Cerebus en sagas como Minds, Form Void, Latter Days o, sobre todo, The Last Day. El resultado es, cuanto menos, extravagante. Sim es un autor inteligente y su forma de plantear sus argumentos es, generalmente, brillante, tanto en forma como en fondo, pero el contenido de su mensaje puede llevar a la absoluta exasperación, por lo menos al que esto suscribe. Un choque ideológico tan brutal que suele dejar ligeramente conmocionado: tras haber seguido casi durante quince años Cerebus, la transición filosófica de Sim resulta difícil de creer. O peor, es la terrible constatación de la siempre peligrosa fe del converso.
Tras concluir la serie en 2004, Sim se alejó de la historieta y durante un tiempo las noticias que llegaba de él estaban unidas a agrias polémicas o a su mayor introducción en el mundo de la polireligión monoteísta que profesa.
Con estos antecedentes, se puede entender mi intriga ante la vuelta de Sim a la historieta con dos proyectos tan alejados como Glamourpuss y Judenhass.
Pero la espera terminó y, tras su lectura, no puedo más que decir que son un reflejo del actual estado mental de Sim.
La primera entrega de Glamourpuss se abre como una explicación del proyecto de Sim: un homenaje al tebeo de estilo fotorrealista, a los Raymond, Prentice, Williamson, Stan Drake o Neal Adams que produjeron durante los años 50 algunas de las mejores tiras de prensa de la historia. Sim quiere aprovechar una crítica salvaje y brutal del mundo de la moda para hacer una exploración continuada de las posibilidades del estilo fotorrealista y, en esta introducción, casi un ensayo, se dedica únicamente a copiar dibujos de los anteriormente citados. Las apenas cuatro páginas que dedica realmente a Glamourpuss son muy poco para realmente juzgar la serie, pero dejan entrever dos posibles debilidades: la primera, evidente, el ataque feroz hacia la mujer que no coincide con el ideal de Sim, perfectamente representado en esa mujer de los años cincuenta, elegante, pero dedicada fielmente a su marido. La segunda, más sorprendente en el caso de Sim, la burda narrativa que despliega. Parte, al igual que los autores que intenta seguir, de fotografías para sus dibujos pero, entretenido en la pose, olvida la narrativa. Mientras que autores como Raymond o Drake integran perfectamente la referencia fotográfica (e incluso la pose, como en el caso de Stan Drake), de forma absolutamente natural, estas primeras páginas de Glamourpuss parecen un seguido de postalitas. Es todavía pronto para juzgar, pero si bien no me extrañaría que la carga ideológica de Glamourpuss sea, cuanto menos, cuestionable, lo que me parece increíble conociendo la obra de este autor es un error tan de principiante.
Las sorpresas no acaban, porque Judenhass es una obra tan sorprendente como extraña. Sim realiza un alegato contundente contra la persecución judía, describiendo el Holocausto como la consecuencia de un odio secular hacia el pueblo judío. El guión no puede ser más simple: citas de personajes famosos, tanto de la cultura como de la política mundial, con declaraciones ofensivas o denigrantes hacia el pueblo judío. Una simple estructura que Sim acompaña de dibujos fotorrealistas (siguiendo el estilo definido en Glamourpuss) de los horrores en los campos de concentración nazi. El contraste entre citas y retratos con los cadáveres almacenados no puede ser más efectivo. Para el autor el problema del Holocausto no fue la locura nazi, sino el silencio del resto del mundo durante siglos de acumulación de odio. El Holocausto, según Sim, no fue una excepción que sólo podía ocurrir en la Alemania nazi, era algo que podía haberse dado en cualquier país y en cualquier momento. Hitler sólo dio el paso para sacar a la superficie un odio que se había ido cultivando en la sociedad. Se podría argumentar, no sin razón, que el alegato de Sim tiene una fuerte componente demagógica, pero es completamente lógica: el autor no busca un análisis reflexivo sobre el Holocausto, sino una denuncia que actúe de forma categórica sobre el lector. No busca la complacencia del lector, sino provocar y hacer saltar conciencias, desatando el debate.
Al no existir una necesidad narrativa, Sim se centra en la composición de la página para el mayor impacto visual, integrando perfectamente el estilo fotorrealista, consiguiendo resultados mucho más coherentes y logrados que en Glamourpuss.
Dos ejemplos claros del estrambótico laberinto que debe ser en este momento la mente de Sim. Un autor fundamental en el tebeo americano, pero capaz de provocar las reacciones más extremas con su particular visión de la vida.

¿Veremos alguna obra de Sim en castellano alguna vez?
Enlaces:
Blog de Dave Sim, con avances de Glamourpuss
Web de Judenhass
Web de Glamourpuss
Cerebus fangirl
Wiki de Cerebus
The Art of Dave Sim
Todas las portadas de Cerebus
Entrevista con Dave Sim

Novela gráfica y realidad social en Valencia con Paco Roca y Miguel Gallardo

El próximo viernes 6 de junio, a las 19:00h, El Corte Ingles acogerá la charla “Novela gráfica y realidad social” con la participación de los dibujantes Paco Roca y Miguel Gallardo, el periodista valenciano Ramón Palomar, que alterna sus columnas en el diario Las Provincias con el programa de radio Abierto a Mediodía en Punto Radio Valencia, así como el psicólogo Ismael Quintanilla, director de la unidad de investigación psicología económica y del consumidor.
ACTUALIZACIÓN: Será en Ambiente Cultural de El Corte Inglés Nuevo Centro.

Reeditando

La verdad: este año no ha sido un salón de grandes novedades. Si uno repasa la inmensa lista de novedades, la realidad es que un altísimo porcentaje de ellas era reediciones de obras de los 80, en muchos casos todavía disponibles en muchos otros formatos, posiblemente más baratos e interesantes. De hecho, parece que se ha instaurado la costumbre de evitar los formatos originales, ya sea reduciéndolos (como ese minishowcase de Shazam) o aumentándolos (¡absolute!), dos costumbres que, personalmente, me repelen bastante. Disminuir el tamaño de un tebeo me parece siempre problemático. Si bien es cierto que los tebeos actuales, siempre dados a un menor número de viñetas por página (¡ay! se paga menos pero se tiene el mismo tiempo), resisten mejor una disminución de formato, las historias clásicas con más de 10 viñetas por página sufren considerablemente. Ver una página dibujada por George Pérez en uno de estos miniformatos parece ya directamente un desafío de miniaturista, que debería venderse casi con obligación con una lupa (y no digamos ya el despropósito de la edición de Clásicos MAD, simplemente de vergüenza ajena). O, ya puestos, buscar el patrocinio del gremio de optometristas, que seguro que permitiría rebajar un poco el precio de los tebeos. Igualmente problemático me parece el aumento de formato, pero en sentido contrario: es cierto que gracias a ese aumento se puede disfrutar en más calidad del dibujo, pero esta afirmación tendría sentido si se hiciera una reproducción fiel de los lápices del dibujante, como por ejemplo en la edición de La Balada del Mar Salado que recientemente editó Norma. Reproducir aumentando desde fotolitos o incluso desde las reproducciones lleva al absurdo de que un original, generalmente hecho más grande y en el que el dibujante suele aprovechar las ventajas de la reducción, se ha reducido para posteriormente ser ampliado digitalmente. Cualquier que sepa unos mínimos de teoría del muestreo sabe lo que implica en cuestión de pérdidas de calidad. En cualquier caso, no sería una forma de edición, sino una excepción hecha no para leer el tebeo, sino para centrarse expresamente en la parte gráfica.
Así que, en principio, lo mejor es mantener el formato original de edición. A fin de cuentas, el autor trabaja pensando en el formato final al que será reproducido su trabajo (aquí se podría comenzar una larga discusión sobre el concepto de original en historieta, una perversión en cierta medida si se tiene en cuenta que es un arte para ser reproducido).
Divago demasiado.
El caso es que de las reediciones que se han hecho estos meses, no está de más un rápido repaso a algunas:
Camelot 3000, de Mike W. Barr y Brian Bolland. La miniserie que nos descubrió a un Bolland magnificente, pletórico. Más influenciado por Foster que nunca y con una capacidad épica espectacular. Barr firma un guión eficaz, que traslada los mitos artúricos al siglo XXX transformándolos en una historia de ciencia-ficción. Hace algunas trampillas de oficio y abusa del juego de las comparaciones entre épocas , pero lo hace con tanta elegancia –y en algunos casos atrevimiento- que se le perdona con facilidad. Servidor, que siempre ha sido un amante de las versiones clásicas de los ciclos artúricos (desde Malory –gloriosa edición de Siruela, proclamo- a Steinbeck), se lo pasó bomba en su día cuando Zinco editó esta miniserie de 12 comic-books, aceptando abiertamente ese juego de “encuentra la diferencia” que planteaba Barr. Sin embargo, Camelot 3000 no tendría su aureola de tebeo casi de culto sin la aportación de Bolland. Un dibujante de estilo clásico y académico, deudor de grandes dibujantes como Foster y Jesús Blasco –posiblemente una de sus mayores influencias-, que supo dotar a la saga de una fuerza gráfica sin parangón. Lo conocíamos en su vertiente más gamberra, en ese Juez Dredd ultrafascista con el que John Wagner y Alan Grant azotaban mentes bienpensantes británicas, más Blasco entonces que nunca, pero pese a todo nos sorprendió a todos con su despliegue visual y narrativo. Incluso se permite el lujo de jugar a las poses sin que se resienta ni una pizca la narrativa. Y es precisamente esa grandiosidad gráfica la que hace que, en este caso y como excepción, la edición a mayor tamaño debería ser el equivalente a una especie de pantalla gigante con dolby estéreo surround al que sólo le faltara el paquete “King-size” de palomitas para disfrutar del espectáculo. El problema es que, como era de esperar, no se parte de los originales y el color, propio de las sistemas de reproducción de los 80, desluce completamente al ser aumentada la página. Aún así, un clásico de la aventura del que disfrutar sin prejuicio alguno.
Cinder y Ashe, de Gerry Conway y Jose Luis García López es otra de esas afortunadas reediciones. Es verdad que, leído hoy, el guión de Conway resulta excesivamente setentero. Pese a que la miniserie se realizó a finales de los 80, Conway desarrolla una historia policial con reminiscencias claras a los guiones más “realistas” de Dennis O’Neil de los 70 (que en ese momento estaba repitiendo claramente en The Question). El síndrome post-Vietnam vuelve a ser protagonista, pero en una versión ya algo apolillada, muy alejada de la revisión que, por ejemplo, realizaba Doug Murray en The ‘Nam siguiendo la estela de Oliver Stone. El indudable oficio de Conway consigue que la serie sea entretenida, pero sin lograr desembarazarse de un ligero aroma a naftalina. Afortunadamente, a los lápices tenía a uno de los grandes monstruos del dibujo: José Luis García López, el último gran exponente de la línea realista que se inicia con Alex Raymond. El trabajo del hispano-argentino-americano es, en una sola palabra, soberbio. Liberado de las ataduras del género filosuperheroico que había practicado hasta el momento en DC (era el dibujante fijo de Atari Force), García López da su do de pecho desarrollando un trabajo en el que, por fin, puede seguir la línea de Alex Raymond en Rip Kirby, pero adaptando la narrativa a las necesidades propias del comic-book. La limpieza de su trazo, la perfección de las tintas, la elegancia del movimiento de la figura humana, la impecable puesta en escena de la viñeta… Cinder y Ashe es una especie de manual para el historietista, donde encontrar las soluciones perfectas requeridas. La edición en blanco y negro de Planeta obvia la más que correcta labor al color de Joe Orlando, pero permite disfrutar en toda su plenitud la tinta de este dibujante. Lo curioso del caso es que, si el objetivo era poder explayarse en el estudio del estilo del dibujante, tendría mucho sentido una edición en tamaño grande, reproduciendo los lápices originales. Paradójicamente, se opta por una edición en formato comic-book original. El que entienda la elección de formatos, que levante la mano.
Hulk: Banner, de Brian Azzarello y Richard Corben (Panini). Toca hablar de Corben, ya se sabe, y aprovecho para hablar de esta sorprendente reedición, más cuando su primera edición todavía se puede encontrar fácilmente en las librerías. Primera de las colaboraciones de Corben con Marvel, una verdadera sorpresa para aquellos que sabíamos de su siempre rabiosa independencia, pero que tenía el punto de atractivo obvio de ver al dibujante ante un tebeo de acción, una de sus especialidades narrativas. Y la elección parecía de lo más lógico: habida cuenta de que el dibujo de Corben siempre se había caracterizado por el exceso en la representación del cuerpo humano, un personaje como Hulk parecía un perfecto anillo al dedo/lápiz del de Kansas. Y lo es, pero el resultado sufre excesivamente del mecánico guión de Azzarello, tan previsible como poco interesante. Afortunadamente, Corben estaba ahí: apenas desplegaba un porcentaje mínimo de su capacidad narrativa y consigue un tebeo de una fuerza espectacular, rabiosa. Su Hulk es fuerza pura, sus escenas de acción, brillantes, demostrando que en una lucha el ritmo narrativo, la composición y la puesta en escena lo es todo. Los golpes de Hulk retumban más que nunca, pugnando por escapar de la página. Por desgracia, el tebeo se queda en eso: en el deleite y regocijo de la inmensa calidad de Richard Corben, que deja a toda la generación actual de dibujantes de superhéroes en evidencia con una facilidad insultante. (1+)