Bru & Bru

Me encanta Ed Brubaker. Es, a mi entender, el guionista más en forma del mainsteam americano, con ideas y, sobre todo una profesionalidad intachable. Mientras otros guionistas más “estrella” afrontan los encargos con una dejadez más propia de “estrellados” (y me refiero, obviamente, a gente como Gaiman o Milligan), en Brubaker hasta los encargos más mecánicos cumplen unos mínimos inexcusables de calidad, demostrando un respeto al lector que debería ser norma y no excepción. Lo que no quita que se vuelque sobre sus creaciones más personales, consiguiendo un nivel medio absolutamente envidiable en su obra.
Sirvan como ejemplo de estos dos comportamientos obras como El inmortal Puño de Hierro o el segundo volumen de su serie Criminal: Sin Ley.
En el primer caso, se alía al guionista Matt Fraction y al dibujante David Aja para recuperar uno de los personajes más carismáticos de esa época de locura Marveliana que fueron los 70. En pleno momento de deriva y falta de ideas absoluta, la “casa de las ideas” se lanzó a crear personajes que tuvieran que ver con las modas imperantes, desde la vuelta a los tebeos de terror en la línea que Jim Warren estaba marcando a la explotación de las modas de kung-fu que arrasaban entre la chiquillería de esa década. Para los que en esos días alucinábamos con las películas de Bruce Lee y Jackie Chan que se acumulaban en las salas de cine de reestreno, series como Iron Fist (y, por supuesto, Sang Chi) eran uno de los más preciados tesoros. Nostalgias aparte, hay que reconocer como estimable la etapa de Claremont y Byrne en el personaje, que aportó ideas interesantes más allá de la incorporación de las arte marciales, como el concepto de héroes de alquiler, la inclusión de referencias sociales, etc. Pero el fin de la moda oriental supuso que Denny Rand pasara al depósito de exquisitos cadáveres superheroicos de los ejecutivos Marvel, revivido sólo por la extraña asociación de ideas que los sucesores de aquellos directivos han debido hacer entre el éxito de series como Naruto y el personaje de serpiente en el pecho. Un encargo algo marciano de no contar con Brubaker a los guiones, un autor que generacionalmente (¡es de mi quinta!) debió sucumbir ante los encantos del Kung-Fu y del personaje en su infancia y que desde el conocimiento y el buen hacer ha sabido hacerlo evolucionar precisamente con la referencia de muchas series de manga en la mente. A poco que uno se lea el primer arco argumental de la serie, publicada por Panini y, sobre todo, el siguiente, es evidente que la transformación propuesta está basada en las series que llegan de Japón: el Puño de Hierro se transforma en una arcana legión de defensores del bien y la aparición de antiguos poseedores del poder de Puño de Hierro enseñará a Rand nuevas habilidades. A lo que habrá que añadir en el segundo arco argumental una estructura que recuerda –con todas las distancias- a los grandes combates de artes marciales de DragonBall. Brubaker y Fractión contagian al lector lo bien que se lo pasan guionizando al personaje y acompañados de un más que eficaz David Aja (de potente narrativa, pero con una personal interpretación de la figura humana en la que a veces me cuesta entrar) consiguen una serie sin ambiciones, honesta y muy entretenida. Lo que debería ser el mínimo exigible a cualquier serie de superhéroes y, en general, a cualquier serie mainstream que, por desgracia, hoy en día es más una excepción que una norma. (2-)
Con Criminal: Sin ley la situación de partida es bien distinta: el guionista trabaja sobre personajes propios, en una miniserie de su género más preciado y con un Sean Philips con el que se mimetiza hasta conseguir un equipo de trabajo perfecto. Poco se puede añadir a lo dicho para la anterior entrega: Brubaker sigue explorando las diferentes temáticas propias del género negro y se centra ahora en la venganza como elemento vehiculador de la historia, despojándola de los elementos épicos y dándole un chapuzón en el barro de la realidad. Es impresionante como maneja la estructura de continuos flashbacks para ir narrando la historia, dejando que el lector vaya descubriendo poco a poco las razones que llevan a la venganza y, sobre todo, que vaya desarrollando una opinión propia sobre todo lo que está leyendo que se alce en juez y parte de una revancha que se va desdibujando a cada página. El análisis que hace Brubaker de la inutilidad y absurdo de la venganza es demoledor, con un planteamiento realista que, en el fondo, no puede ser más humano: en la vida no existen los blancos y negros, sólo grises. Nuestros recuerdos son los encargados de desvirtuar esos grises y convertirlos en blancos o negros o incluso intercambiarlos. Una sólida historia que Philips interpreta a la perfección, con una brillante puesta en escena y un sensacional uso del color, que condiciona toda la atmósfera del tebeo con esos tonos constantes azules y violetas, sólo rotos por los verdes de los flashbacks y la brillante persecución final en contrastes de rojos y azules. Aunque quizás no alcanza el nivel global de las dos últimas entregas (no puedo evitar considerar a La escena del crimen como el primer volumen de esta colección), un tebeo de lectura obligada (3)