Archimboldo

Abrir Las aventuras de Archimboldo Roque es lo más parecido a subirse a una tranquila barca. Una especie de góndola veneciana en la que Jacobo Fernández ejerce de alegre gondolero, que nos va contando historias imposibles mientras nos dejamos mecer por las tranquilas aguas. Cogemos una posición cómoda y dejamos que la voz de Jacobo se torne en la poderosa voz de Archimboldo, el simpático rinoceronte albino que nos irá presentando a sus curiosos y exóticos amigos, contándonos su historia. La primera historia nos choca, levantamos las cejas con expresión de interrogación y pensamos “No es posible”; pero después nos daremos cuenta de que quizás son increíbles, pero no imposibles. Que en algún lugar debe existir el pieperal o el manomanzano, y que no estaría nada mal recibir un buen masaje de la serpiente fisia. Y mientras nos va narrando su mundo, dejamos que la imaginación vuele mientras vemos cómo Fernández va creciendo como autor. En este río que nos lleva plácidamente, los afluentes van llenando el cauce con más y más influencias. Allí están el Segar, el Herriman o el Ware, y más adelante el Toriyama, el Tezuka, el Max, el Chaland… todos conformando una corriente imparable, que empieza como riachuelo y termina casi en un inmenso cauce, lleno de vida y de ideas, que saltan a la superficie, guiñan el ojo al lector y vuelven a hundirse dejándolo con la duda de si lo que ha visto ha sido realidad o un simple sueño. Y uno, en ese duermevela entre realidad e imaginación, piensa que Cacauequi y Archimboldo son tan sólo la punta de un iceberg inmenso e inabarcable, formado por millones y millones de papelitos donde Jacobo, el gondolero, va dibujando cada una de las ideas que se le ocurren. Miramos al gondolero ahora con admiración, casi como quien mira a los dioses que miran mundo y Jacobo, divertido, nos lanza un guiño cómplice mientras sigue tranquilamente remando.
A primera vista, Las aventuras de Archimboldo Roque es un tebeo para niños. ¡Craso error! Es un tebeo que convierte en niños, de esos que rejuvenecen la mente y dejan con ganas de bajar a la calle a jugar con los ratones gemelos.
Eso sí, siempre puede ser que haya alguien a quien todo esto le parezca una tontería infantil y absurda. Ya lo dice Archimboldo: “En la tierra hay mucha gente, y cada uno es cada uno”.