Monos de trapo

Yo no sé, estimados lectores y lectoras, si ustedes se acuerdan de los juegos de su infancia. De esa época en la que un par de muñecos -ya un poco cascados, todo sea dicho-, unas cajas y una imaginación desbordada creaban lances sin par. El sofá de casa se convertía en una peligrosa cordillera de afilados picos y escarpadas paredes, por la que aguerridos aventureros –que ríanse ustedes de Indianas y demás- conseguían las hazañas más inverosímiles. Fort Navajo, la conquista del Everest y la batalla de Iwo Jima se juntaban y mezclaban con los ataques de los piratas de la Isla Tortuga y la aparición estelar de Godzilla junto a Mazinger Z.
Todo era posible, sólo necesitábamos un poco de espacio y unos cuantos juguetes destartalados. El resto venía sólo como una ingenua inspiración desbocada, ya saben, eso que se llama la imaginación.
Muchos son los que han intentado retratar esa época, plasmar la esencia de aquellos momentos infantiles. Posiblemente, el primer nombre que nos asalte sea el de Bill Watterson, que supo trasladar al papel con minuciosa exactitud el sutil cóctel de imaginación, inocencia y crueldad de los recreos infantiles en Calvin y Hobbes. Lo real y lo ficticio se unen en la figura de ese tigre de peluche que cobra vida para demostrar que ambos mundos están separados por una barrera tan fina como queramos crear. Una obra magistral, grabada ya a fuego como uno de las referencias obligatorias de la historia del tebeo pero que, si somos estrictos, no es una plasmación fidedigna de los sentimientos de aquellos días de niñez. Es una gran reflexión sobre la vida desde la perspectiva de la infancia, pero si lo que buscamos es rememorar exactamente qué sentíamos cuando montábamos nuestras batallas de soldaditos de plástico, entrar en la mente de ese niño para escudriñar qué maravillas se gestaban, nuestro objetivo debe ser Las aventuras de Sock Monkey.
Admito que la premisa argumental del tebeo, las correrías de un mono de trapo y su amigo, un cuervo de peluche, difícilmente puede considerarse original. Que los juguetes cobren vida no es un recurso especialmente insólito y aunque muchos pensarán de inmediato en el señor Lasseter y sus maravillosas creaciones digitales, la realidad es que llevan cobrando vida desde que los cuentos existen, como bien nos recordaba hace más de un siglo Collodi. Sin embargo, Tony Millionaire, su autor, dota a su obra de un espíritu infantil inclasificable, capaz de asumir los referentes de los cuentos que cuentan los abuelos a sus nietos para dormirse, transformados e incorporados con total naturalidad al juego, tal y como lo hace la imaginación infantil, creando una especie de montaña rusa donde no hay más regla que la improvisación. Las aventuras de este mono de trapo y su córvido colega de peluche no conocen límite y deambulan tanto por caminos fantásticos como por corrientes, transformando lo cotidiano en una parte más de un juego. Las lámparas se transforman en estrellas brillantes, las figuras en parte de escenarios de piezas teatrales que mutarán sin motivo incorporando personajes de cuentos o iconos culturales.
Millionaire apuesta por trasladar sus juguetes a un indeterminado momento entre el siglo XIX y el XX, donde todavía la maquinaria multimedia no hipnotizaba las mentes infantiles y que le permite, además, aprovechar al máximo su estilo de dibujo, de claras reminiscencias a la ilustración infantil de esa época. Los grabados de los cuentos infantiles parecen tomar vida, con un dinamismo inacostumbrado, que juguetea con composiciones que nacen de lo estático para animarse con fuerza y velocidad, en un contraste sorprendente.
Sin embargo, y pese a que su objetivo pueda ser aparentemente el público infantil, Sock Monkey es un tebeo que apreciarán mejor los adultos. Es como si Millionaire hubiese hecho un tebeo para adultos que fueron niños, recreando aquellas historias imaginarias pero trufadas de pequeños detalles escondidos que sólo se pueden disfrutar aquellos que ya vivieron aquella época.
Hay que agradecer a Rossell que se haya atrevido a editar un tebeo tan interesante, pese a su dudosa comercialidad. (3)
Enlace:
Algunos ejemplos de páginas de Sock Monkey.

Juanjo Sáez, en la galería Iguapop de Barcelona

La Galería Iguapop (C/Comerç, 15, Barcelona) inaugura hoy la exposición “Compra mi estilo”, de Juanjo Sáez.
Nota de prensa:
“Compra mi estilo” es un repaso por la trayectoria como dibujante profesional de Juanjo Sáez. Desde sus inicios como cronista de la Barcelona trendy hasta trabajos más recientes como el libro “Arte”, la muestra recoge obras originales de flyers realizados para el club Astin, dibujos sobre el Sonar, Nitsa o Razzmatazz, escenas con personajes “modernos” como David Delfín o los Strokes, viñetas de “Ideas para un mundo moderno” y “Hit Emocional” o tiras protagonizadas por Picasso o Joseph Beuys, entre otros.
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Protegiendo a las mentes inocentes

Que no se piense Frank Miller que es el único ultrajado por la proactiva campaña de DC a favor de las mentes limpias. Le toca turno al grandullón kryptoniano, que en la portada del número 689 de Action Comics aparecía tranquilamente tomando una cervecita al fresco de la noche. Actitud bastante normal, pero que ya se sabe: se comienza por una cervecita y vaya usted a saber dónde se acaba, que seguro que el alcohol y el metabolismo krypotoniano no casan demasiado bien. El caso es que, pensando en el buen ejemplo a los infantes, los de DC le han cambiado a Superman la cervecita por una inocua botellita de soda, previa destrucción de la tirada anterior. Que las burbujitas colocan, pero no tanto. Las imágenes de ICV2 no pueden ser más claras:

Una ampliación para que se vea mejor, antes y después:

Yo creo que, en el fondo, la culpa de todo esto la tiene Jotacé: la DC ha iniciado una agresiva campaña para evitar que el marciano siga encontrando ejemplos de mente sucia en sus tebeos. Seguro que no es coincidencia que en los últimos posts se haya pasado al lado oscuro…