Asuntos bien resueltos

A veces, ser debutante sólo tiene inconvenientes: la presión de esa primera vez, del qué dirán, se junta con la ignorancia lógica de la profesión. Ya se dice que la ignorancia es siempre atrevida, pero la realidad es que en los autores de historieta más que atrevida es precavida y temerosa, que mal están las cosas como para dar un paso en falso con resbalón de esos de los que no te levantas más. Pero tiene también una ventaja: no te juegas nada. Algunos dirán que sí, que el futuro profesional, pero decir eso en nuestro país asociado a la historieta es, por desgracia, casi lo mismo que decir nada. Así que, ya puestos, no está de más que ese atrevimiento algo ignorante del debutante se transforme en descaro. Una desvergüenza que, con suerte, dará lugar a una frescura que siempre le viene bien a nuestro tebeo.
Y un ejemplo de lo último es Asuntos Pendientes, de Karles Sellés y Julio Videras, que osan debutar con una historia de vendettas mafiosas, género complicado que siempre se debe afrontar con permiso y velitas a San Coppola. Sólo que en este caso los autores se tiran la manta a la cabeza y deciden volcar todas sus influencias cinematográficas en un pupurrí tan fresco como dinámico: de El Padrino a Los Soprano pasando por Tarantino, De Palma y Scorsese. Cosa Nostra, mafia rusa, corrupción policial y los tópicos del género se barajan en un combinado que puede parecer exagerado, pero que resulta funcionar con sorprendente buen tino, consiguiendo que la lectura del tebeo se pase en un santiamén. Y eso, en un tebeo de género, es el objetivo mínimo a cumplir. Hay, es cierto, típicos errores de principiante en estructura, estilo y composición, pero el tebeo se lee con tanta facilidad que uno los perdona sin demasiado problema. Incluso se le perdona a Sellés que esconda su vibrante y vigoroso dibujo con unos grises que le hacen poca justicia a su calidad.
Ya les gustaría a muchos estrenarse con la seriedad y solvencia que han demostrado estos dos autores. Esperaremos con ganas su siguiente obra. (Y no lo digo porque ya es habitual: Diábolo edita con primor)

La cuenta atrás

Me resulta difícil hablar de La cuenta atrás. Primero, por amistad. Hace ya casi veinte años que sigo la trayectoria de Carlos Portela, con quien tuve el placer de compartir cabecera en aquella aventura maravillosa que fue El maquinista. Casi veinte años en los que mi admiración y aprecio por él han ido en aumento porque su inmenso y enciclopédico saber historietístico sólo rivaliza con su también inmensa humanidad y bonhomía. Hay en su caso mucho espacio para conjugar tantas cosas, pero no es fácil, aunque ya se sabe que los gallegos están hechos de pasta especial (no la Conrad). Y también hace ya casi veinte años, servidor entrevistaba a unos jovencísimos Albert Monteys y Sergi Sanjulián por perpretar –con buen tino para ser debutantes- esos primeros números de Gorka que publicó Camaleón Ediciones.

Es difícil hablar de La cuenta atrás porque trata de temas que a uno ha vivido de cerca con dolor. Apenas un año antes de que el Prestige fuera noticia, disfrutaba de una de mis muchas vacaciones por tierras gallegas, precisamente por los mismos pueblos de la Costa da Morte que ahora aparecían en televisión inundados de negro chapapote. Tristeza por los amigos que se acrecentaba por la manipulación y la instrumentación política de un desastre que, en el fondo, nos todos estábamos afectados.

Incluso dejando de lado las cuestiones personales, sigue siendo difícil hablar de de La cuenta atrás, porque juega en un terreno prácticamente desconocido, a medio camino entre el documental y el reportaje de investigación periodístico de actualidad, pero con una fortísima componente personal de reflexión. Poco habituales son el tebeo mundial este tipo de aproximaciones (quizás podemos pensar en Joe Sacco o en el informe 11-S), pero más raras todavía en el español (pienso ahora en algunas obras de Alfons López y Pepe Gálvez, quizás), que añadido a lo minoritario del tebeo patrio, lo convierten en una especie de rara avis digna de estudio y preservación.

Sirvan las anteriores prevenciones como una especie de tirita previa a la herida de la parcialidad. Lo aviso y lo reconozco: me cuesta ser imparcial ante la obra de Portela y Sanjulián. No sé si las anteriores consideraciones nublarán en exceso mi juicio, pero La cuenta atrás me ha gustado. Y mucho. Y, ya puestos a estar en un blog personal, pues servidor piensa que lo que debe hacer es compartir la experiencia de la lectura de esta obra con los demás, avisando previamente y dejando que cada cual saque sus propias conclusiones.
Y dicho esto, comienzo hablando del juego malvado que plantea Carlos Portela. Todos sabemos que La Cuenta Atrás es una obra sobre Galicia y el Prestige, pero no encontraremos en ninguna página de la obra un solo nombre gallego o el del infausto petrolero. Portela ha preferido dejar los nombres propios de lado y optar por una estructura casi de cuento moralista, de reflexión de tintes universales sobre cómo un desastre como éste podría haber pasado en cualquier pueblo del mundo. Como en los cuentos, los personajes son arquetipos esbozados esquemáticamente, las situaciones son tan reconocibles tópicas y los escenarios, lógicamente, comunes. Sin embargo, no deja de ser una trampa hábil: sabe que no puede poner los nombres y apellidos de los políticos que protagonizaron aquél triste episodio, ni puede poner los nombres reales de los medios de comunicación que manipularon hasta la obsesión. Incluso sabe que usar los lugares reales puede suponer hurgar en una herida todavía abierta y supurante para sus vecinos. Pero también sabe que todos esos nombres están en el saber colectivo. La catástrofe está demasiado cerca en el tiempo y todos recordamos quién habló de hilillos, quién se fue de caza y quién dio las órdenes, sabemos perfectamente cómo se comportaron los medios de comunicación y cuáles fueron los que manipularon. Vimos las fotos y los vídeos y conocemos los pueblos que se vieron anegados por la marea negra. Una situación que le permite que su cuento se aborde desde una perspectiva completamente diferente: la vocación pedagógica y formadora del cuento se pervierte y convierte a los arquetipos en duras críticas de personajes claramente reconocibles. Sabemos que el imaginario pueblo de Caldelas es Muxía, y la aparición del tópico padrone político Don José con sus regalitos nos hace pensar en otros dinosaurios de la política gallego-española. El supuesto didactismo ejemplificante se transforma en complicidad curiosa del lector que se pregunta si lo del político Otero y la presentadora Sonia será verdad también, y Portela sabe no sólo que tiene las manos libres para tratar el tema, sino que puede dejar de lado los personajes, que pasan a ser competencia del lector, y centrarse en las situaciones.
Una libertad que no será usada para deambular por la simple recreación de los hechos, sino para formular una reflexión pausada, filtrada por el tiempo, de lo que allí aconteció. Un análisis que no busca las causas de lo ocurrido, sino que intenta delimitar las responsabilidades de todos los actores en esta tragedia, no sólo en lo político, sino en lo social, lo que le llevará a no dejar títere con cabeza. Hay una frase de la entrevista que le hice a Portela que creo resume perfectamente la idea que sobrevuela todo el libro: “Yo tengo mucha fe en la incapacidad humana, creo en ella como motor de la historia mucho más que en las conspiraciones”. Una máxima inspirada que resulta ser extremadamente acertada en este caso, porque no habrá realmente ni culpables ni inocentes: todos tendrán una responsabilidad por acción, omisión o inactividad; todos merecerán una crítica de una forma u otra. No hay un intento de ecuanimidad en el reparto de culpas, sino un dedo que señala a todos y que demuestra que los comportamientos sonrojantes existieron en todos, a diferentes escalas, cierto, pero en todos. Sólo hay una excepción: una voz de cordura que intenta aportar sentido común a una situación donde muchas veces se perdió. Un personaje, una mujer, que queda en un segundo plano, que evita el protagonismo, simbolizando perfectamente que en la vida real la lógica y el sentido común también fueron mucha veces arrinconados.
Un planteamiento que en sí mismo ya da valor al tebeo, pero los aficionados a la historieta nos encontraremos con un mayor regalo, si cabe, en la forma de la cuidada y brillante narrativa de la obra. El gallego siempre ha demostrado su querencia por la investigación de los recursos narrativos (muchos recordarán aquella maravilla que fueron las Impresiones de la Isla que realizara junto a Fernando Iglesias -por favor, un recopilatorio, ¡ya!-), y en esta obra no se queda atrás: plantea una compleja estructura argumental en el que la historia se va contando de forma retroactiva en una especie de cadena de flashbacks. La primera de las imágenes que encontraremos será, precisamente, la bucólica estampa publicitaria institucional de unas playas ya limpias de chapapote. A partir de ahí, cada capítulo de la obra va retrocediendo en el tiempo de forma que vemos las consecuencias antes de las causas. Una atrevida opción pero que permite un análisis de las causas que incluye siempre una reflexión previa: conocer el final nos da las pistas para desarrollar criterios que analicen las causas. No tenemos por qué hacer futuribles, el futuro ya ha colapsado en un pasado que conocemos, dejándonos libres para investigar las razones. Una acertada pirueta técnica que esconde una complejísima labor de guión: los personajes son presentados de forma inversa y desconocemos sus motivaciones, sólo sabemos de los resultados de sus actos. No se pueden definir como es habitual, sino a través de un proceso inductivo que hace el lector, obligando al guionista a una cuidadosa planificación previa que se extenderá a la puesta en escena. Cada localización, cada acción que vemos, tiene detalles que pueden tener un origen anterior y que, como tal, deberán ser tenidos en cuenta. Si hoy vemos una pintada en un muro, en capítulos siguientes, anteriores en el tiempo, veremos cómo se llegó a ella. Si hoy un periódico saca un especial de viajes, más tarde veremos su génesis. Todas las acciones y eventos quedan así unidos en una gran cadena en la que, finalmente, todo irá adquiriendo un sentido. Trágico, porque ya sabemos cómo acabará está historia en el siguiente volumen de la obra, pero con una larga reflexión sobre lo ocurrido que nos dará una perspectiva nueva aunque, por desgracia, nunca definitiva.
Queda por hablar del protagonista silente de esta obra: Sergi Sanjulián. La complejidad del guión, la trascendencia del tema, cobran protagonismo y se olvida casi siempre la callada labor de un dibujante que es vital para que la obra llegue a buen término. Que nadie se lleve a engaño: esta obra no sería sin él. Su labor de interpretación del guión de Portela es cuidadosa y perfecta, es el responsable del difícil juego de equilibrios que tenía que conseguir esa apariencia intemporal e ilocalizable de la trama. Recae también sobre él el desarrollo psicológico de unos personajes que deben ser definidos por el grafismo antes que por un guión que, por elección, no puede definirlos desde el principio. Labores muy complicadas que Sergi realiza desde una sobriedad medida, a sabiendas que en esta historia no hay lugar para florituras gráficas, sino para reflexiones. Por desgracia para él, su trabajo es tan bueno que consigue tornarse en invisible para el lector, que luego se quedará con la historia y no con su excelente labor.
Un álbum, a mi entender, brillante, que marca las muchas posibilidades todavía inexploradas de la historieta por estos lares.

Perdiendo la capacidad de sorpresa

¿Por qué no me sorprende que se haya dictado una fatwa contra Mickey Mouse? Según leo en Newsarama, el clérigo saudí Sheik Muhammad Munajid ha proclamado que el ratoncillo de calzones rojos es un soldado de Satán, que todo lo que toca (sic) es impuro y que hay que matarlo.
Vale, Mickey es un icono que, como otros muchos, representa el imperialismo yanquilandés. Lo aceptamos para el Scattergories con poca convicción y más costumbre que otra cosa, que la cosa viene ya de lejos. Pero… ¿una fatwa que dictamina su muerte? ¿Hasta qué punto de estupidez humana estamos llegando? Menos mal que hay gente con dos dedos de frente desde el mundo islámico que han señalado lo absurdo de la medida, pero no deja de ser un signo más de las tonterías que se hacen en nombre de la religión. Lo peor es cada vez me sorprende menos la estulticia humana…
Y ya puesto: ¿Les cobrarán por uso de la imagen? Por que los de Disney son como los de Moulinsart…