Superosos

¿Sería posible unir el onirismo de Little Nemo in Slumberland con la genial aproximación a la infancia de Bill Watterson en Calvin & Hobbes aderezándolo con la gestualidad de las animaciones de Chuck Jones?
Sólo imaginando la combinación propuesta, cualquier buen aficionado al tebeo ya habrá comenzado un proceso intensivo de salivación acompañado de extravío de mirada y sonrisa bobalicona con ligero babeo lateral… Lástima, porque por desgracia, ese utópico tebeo no existe. Eso sí, por poco, porque Mike Kunkel demuestra en Superoso y su amigo que el camino lo tenía claro. El problema, quizás, es que le falta práctica y oficio, y se queda en un tebeo interesante y no en la soberbia obra maestra que pudo ser, pero tiempo al tiempo, que estas cosas con ganas, ejercicio y voluntad ser resuelven tarde o temprano. De momento, lo que tenemos es un tebeo que parte de evidentes referencias –en algunos casos explícitias, en otros indirectas- a los tebeos citados para contar la historia del pequeño Tyler, un niño que descubre sorprendido secreto increíble del oso de peluche que ha heredado de su abuelo: la capacidad de transformarse en un gigantesco oso polar, inteligente, de descomunal fuerza y con la capacidad de volar, hasta lleva una gran capa roja incluida. Un superhéroe en toda regla con el que tendrá que colaborar para derrotar terribles peligros como un inmenso y tópico, pero no menos cruel robot gigante. A primera vista, una trama sencilla, perfecta para un tebeo infantil, contada con acierto (incluso permitiéndose algunos ligeros experimentos), ingenuamente divertida y con un excelente dibujo, de gran expresividad, claramente deudor del dibujo animado pero que evita su aspecto gracias a un acabado aparentemente descuidado, a lápiz, que consigue transmitir muchísimas más fuerza y dinamismo.
Juegos de apariencias, porque Kunkel no ha creado una obra que tiene como objetivo a los niños: realmente busca a los adultos que quieren recordar haber sido niños. Tyler demuestra una perspicacia y razonamiento propio de un adulto atrapado en el cuerpo de un niño o, mejor, de un adulto que quiere recordar cómo era ser un niño. Un pequeño matiz que sirve al autor para poder hacer tanto un ejercicio nostálgico como una especie de reescritura de la niñez, contando lo que de verdad le hubiera gustado que fuera su niñez, haciendo realidad los momentos de imaginación desmedida de un niño. Un doble juego que consigue enganchar y que actúa en todo momento como un doble nivel de lectura hilvanado con inteligencia, pero dejando de lado todos los prejuicios. Es de lo más reconfortante encontrar un autor que es capaz de quitarse de encima la terca obsesión por la trascendencia o la comercialidad prefabricada para demostrar que la calidad está en la obra bien hecha, con frescura y, sobre todo, inteligencia.
Muy recomendable, con una buena edición de Dolmen que incluye numerosos e interesantes extras (2+).