El mago Durán

Hay una obsesión continua en la obra de Luis Durán por la confrontación entre la realidad y la ficción, entre la realidad impuesta por la razón y la ilusión esperanzada de lo mágico. Una batalla que se libra en el terreno de lo novelado y de la imaginación, pero que deja siempre una pregunta evidente: ¿Es posible la magia en el tiempo de la razón? Durán responde con un debate abierto en El mago descalzo, recuperando en cierta medida los planteamientos de Álgebra para enfrentarlos a los que arguyó con Gasparetto, logrando un fructífero y lúcido discurso que demuestra cómo, en el fondo, la ciencia necesita de la fantasía, de la magia de lo inexplicable. Adrián, el joven aspirante a escultor será el cicerone de este camino que comienza con una incursión en el mundo de las hadas, con una pista que podría justificar los trabajos del señor Barlow sin más que dejar vagar un poco la imaginación: un diminuto zapato con claras muestras de desgaste por el uso. Conocerá a Nicolás, hijo de matemático y fascinado por las relaciones de los números y por la música, por la sencillez con la que los secretos de la naturaleza son definidos en una ecuación. Imaginación y racionalidad que forjarán una amistad donde Circe hará, paradójicamente, de nexo de unión entre ambos, de maga que desvela sus secretos sin renunciar a provocar la ilusión. Elementos sencillos para ir contando una historia que irá creciendo poco a poco, añadiendo historias paralelas que hablan del efecto mariposa, de la casualidad como elemento detonante de los sucesos que conforman la vida. Unirá detalles reales con imaginarios, jugando con las anécdotas históricas para obligar al lector a tener un ancla de realidad, como esa prohibición del Papa Benedicto de desfilar con imágenes de santos en el Corpus Christi o como la fugaz presencia del propio Fred Barlow.
El escenario está creado y los actores preparados para moverse según lo marcado por Durán, comenzando la coreografía que marca el autor. Diálogos y relaciones que siempre parten de ese ritmo pausado y lento propio de Durán, jalonado de silencios que dejan al lector la obligación de seguir la propuesta y aportar su grano de arena, inquiriéndose sobre lo leído y surcando los caminos abiertos que Durán sugiere. Y, sobre todo, un planteamiento inteligente, que surca vericuetos complejos de ideas y razonamientos, donde en todo momento se juega con esa batalla entre lo irracional y lo racional que para el autor no es más que la constatación de una dualidad necesaria. Con una naturalidad que sólo puede nacer de la reflexión más cuidada, los opuestos se van enfrentando y vamos descubriendo que igual que el día necesita la noche, la ciencia necesita de la fantasía. De esa imaginación desbordada que nos pone delante preguntas que deben ser contestadas, sin que su revelación suponga decepción alguna, tan sólo el descubrimiento del mecanismo de un juego que encontrará, automáticamente, otra idea sobre la que fantasear que deberá ser explicada, en un ciclo infinito.
Debo reconocer que mi espíritu científico se ha sentido fascinado por la propuesta de Durán, por esa idea de unión íntima entre la pasión de los deseos y la supuesta frialdad de la ciencia, que abarca todo. Incluso la terrible verdad de una realidad que sólo atiende a probabilidades es transmutada en la pura magia de la casualidad. Causa y efecto no resultan ser obligada consecuencia una de la otra, sino simple pero afortunada derivación de un todo donde el azar escoge extrañas formas de manifestarse, dando lugar a eso llamado “efecto mariposa” que no deja de tener una curiosa poesía interna. Hilos bien diferentes que Durán parece tejer con cierta anarquía y que, al final, tienen un sentido único a posteriori, en el que podemos contemplar un tupido tapiz lleno de ideas.
Tras Volátil y El Martín pescador, veía difícil que Durán superara el listón que se había autoimpuesto, pero en lugar de traspasarlo creo que ha hecho algo todavía más difícil: acomodarse en la genialidad. Brillante y sugerente (4).