De Matrix a los sesenta-pop

Grant Morrison tuvo la desgracia de llegar a los EE.UU. para portar la etiqueta de tercero en discordia. Tras Moore y Gaiman, Morrison quedó siempre relegado a un incómodo (aunque lógico) tercer puesto en la lista de británicos inmigrados al mainstream. Una posición que, en un principio, pareció obligarle a seguir el camino de sus compatriotas con obras como Animal man o Kid Eternity, en las que surcaba el camino de los primordiales de la naturaleza que Moore iniciara o de los elementos mágico-fantásticos del universo gaimaniano. Sin embargo, ese tercer lugar le obligaba también a cierta necesidad de reacción, de ruptura generacional impuesta con la que demostrar que era el hermano pequeño malvado de la familia, el incorregible y gamberro Guillermo que luchaba contra sus brillantes parientes. Nacía así su atípica Doom Patrol, un batiburrillo de referencias que partía de la psicodelia pop de los sesenta, de un viaje indigesto de LSD en el que las ideas se agolpaban, apelotonándose hasta lo incomprensible. Mientras, las referencias culturales se sucedían en una especie de muestrario sin sentido, en el que parecía intentar demostrar que sabía más que nadie antes que integrarlas en una historia mínimamente lógica. Sin embargo, y pese a todo, Doom Patrol es un tebeo a leer en el que ya se comienzan a atisbar dos de los ejes fundamentales del discurso de Morrison. Por un lado, su fijación sobre el mito de la caverna platoniano, sobre la relación entre realidad y lo imaginado. Investiga y vuelca sus conclusiones iniciales en la patrulla condenada, para luego ir tejiendo un proyecto único que le llevaría años desarrollar en Los Invisibles y El Asco, pero que tuvo un referente previo en Sebastian O, recientemente publicada por Planeta en un tomo recopilatorio. Una serie que daba a Morrison cierto protagonismo, formando parte esencial de la segunda tanda de miniseries de Vertigo tras la definición inicial del proyecto de Karen Berger. Una oportunidad que le permitía además al británico marcar las líneas fundamentales de los que sería su línea de trabajo posterior, con un proyecto mucho más contenido que Doom Patrol, en el que tan sólo desarrollaría un tema: que la realidad es un mundo ficticio. Una idea que decoraría con un entorno de moda en el entorno de la ciencia-ficción de esos primeros noventa, el llamado “steampunk”, pero alejándolo de los escenarios victorianos más propios de Wells, Doyle o Verne para imbuirlo del espíritu esteticista de Óscar Wilde, creando una especie de sosías decadente y provocador del escritor, Sebastian O. El resultado es una historia entretenida y que tiene sentido, fundamentalmente, como precursor cronológico –tanto en realidad como ficción- de lo que desarrollaría después. Una serie que ganaría enteros de no ser por la anodina aportación de Steve Yeowell, un dibujante limitadísimo que es incapaz de trasladar el esplendor decó necesario para la ambientación gráfica de la serie y que resulta excesivamente pobre en casi todas los apartados narrativos.
A partir de esta obra, Morrison se centraría en esa doble vertiente de provocador nato y vomitador compulsivo de ideas, dedicado en cuerpo y alma a la exploración de esa metaexistencia en un plano ficticio que llamamos realidad, abandonando esa componente sesentera pop que formaba parte indisoluble de la experiencia en Doom Patrol.
Paradójicamente, es ese ingrediente de sus historias el que ha tomado más fuerza desde su vinculación a series mainstream que, supuestamente, parten de un mayor control editorial que evita las habituales veleidades y excesos del guionista británico. Una tutela que resultó efectiva, en tanto en cuanto ha dejado tebeos tan estimables como JLA o New X-Men, pero que curiosamente fue derivando hacia un profundo análisis del concepto de superhéroe de los años 50, que cristalizaría en All Star Superman y en Batman. En la primera, desarrolla junto a Frank Quitely un brillantísimo recorrido por la historia de ese Superman de los años 50 y 60, un personaje que obligado por las limitaciones del Comics Code se volcó en convertirse una especie de continuo hervidero de ideas, a cada cual más alocada y genial. Morrison encuentra en ese torrente una especie de reflejo de su anterior incontinencia y, en el fondo, estudiarlo no deja de ser una especie de introspección o catarsis personal. Un proceso que daría lugar a una miniserie redonda, en la que redefine el concepto del mito del superhéroe desde una doble visión: por un lado, la del niño que leía aquellas historias y encuentra un referente moral de actuación, una lectura canónica del héroe mitólogico si se quiere, pero matizada y reflexionada desde el adulto que recupera aquellas ideas y es capaz de transformarlas y sacar un aprendizaje más allá de la lección moral, al que añade la interpretación del lector de superhéroes que lee ahora aquellos tebeos. Una experiencia que intenta, en cierta manera, repetir en su recorrido en Batman con menos acierto. Ya sea por las imposiciones editoriales (las similitudes de la última miniserie, Batman R.I.P. , con la saga de la muerte de El capitán América de Brubaker son obvias) o por las razones que sea, Morrison plantea una serie de conceptos sugerentes e interesantes, desde el brillante episodio de “The Island of Mister Mayhew” en el que remeda a Agatha Christie para recuperar el Batman of All Nations de los años 50 hasta la inesperada pero lograda recuperación de un Batmito reconvertido en Pepito Grillo en la saga de Batman R.I.P., pasando por el sentido homenaje a la etapa de O’Neill y Adams. Un repaso completo a las deliciosas locuras de Finger y Moldoff de los años 50 o a su maduración en la búsqueda de un lector tardoadolescente en los 60, pero que choca en exceso con un desarrollo demasiado forzado en su conclusión. Lógica, en tanto en cuanto la creación de un personaje icónico, separado de la incómoda presencia de Wayne podría tener sentido (como bien demostró Miller en Dark Knight y en la misma línea de Brubaker), pero que no llega a funcionar más allá de las ideas aisladas y que tiene la terrible losa de un nefasto apartado gráfico, en el que Andy Kubert rememora lo peor de las antinarrativas tendencias del Jim Lee del Image de los noventa y Tony Daniel hace de convidado de piedra con una aportación nula (mejor pensar así que compararlo con Neal Adams). Afortunadamente, queda el consuelo de la breve contribución de J.H.Williams III, que borda su participación.
¿Qué tocará ahora? ¿Vuelta a Matrix o años sesenta? (si se me permite la recomendación, la brillante Flex Mentallo)

Sebastian O (1+)
All Star Superman (3+)
Batman (1) [“The Island of Mister Mayhew” (2+)] 

Luneros festivos

Día festivo, día de celebraciones (42, ¡mare de deu!), día de luneros. Aprovechen la ración, servidor se vuelve a sus torrijas… :)

– Indispensable: the Little World of Harvey Kurtzman

Felix The Cat Dupes Jupiter, una deliciosa historia del gran Otto Mesmer.

– El blog de Marcos Prior el autor de la interesante Fallos de raccord.
Alex Noriega sketch-blog, con muchas historietas a leer…
Ladrones de perros, el blog de Artur Laperla.
A mano y a máquina, el blog de Paco Redondo
– La tienda Crash Cómics de Córdoba abre blog, con muchas reseñas y comentarios de novedades.
Silly Penguins, la tira del bueno de Daniel Bartual
EXTREMADURA CÓMIC (TÍTULO PROVISIONAL, QUE CONSTE), el blog de la Asociación de Amigos del Cómic de Extremadura, Extrebeo
– Dos blogs curiosos: Las 10 y 30 preguntas
Darabuc, blog de literatura infantil e ilustración
ALgún día, dibujante, el blog de Héctor Barros
– Hay blogs para todo: Cornerboexes and codebars es un blog quecompila las famosas ilustraciones que decoran en ocasiones los huecos del código de barras y las cajas de la esquina superior derecha de los tebeos.
Erotrash, un blog dedicado a aquellos tebeos para pajilleros que llenaban los quioscos en los 70 y 80.
– ¿Es posible una tira diaria sin dibujos? La respuesta, La bande pas dessinée
– Los bits también tienen derecho a una tira diaria: le blog des bits
– Hace unos días fallecía el gran Forrest J. Ackerman, uno de los personajes fundamentales alrededor del género fantástico y de terror, fundador de la mítica Famous monsters of filmland. Y no encuentro mejor homenaje que el que le hace Grantbridge Street & other misadventures, colgando el primer número de aquella genial revista.