Clásicos franceses

No es El gavilán un tebeo que dé sorpresas. Es un perfecto ejemplo de esa línea de tebeo de aventuras de inspiración dumasiana tan del gusto del público francés, en el género que tuviera su máximo exponente en el Barbe-Rouge de Hubinon y, posteriormente, desarrollaran autores como André Juillard en Las 7 vidas del gavilán o François Bourgeon en Los pasajeros del viento. Tres nombres que hay que apuntar de forma obligada en el catálogo de referencias que usa Patrice Pellerin para desarrollar esta serie. Si bien su estilo de trazo, impecable y cuidado, perfeccionista, recuerda al mejor Juillard con, quizás, algunas referencias a Bourgeon, en lo narrativo es evidente que sigue al pie de la letra el sobrio clasicismo, casi académico, de su maestro Hubinon (no en vano fue uno de los continuadores de Barba-Rouge). Un estilo que si bien es correcto, se antoja un poco desfasado y estirado, quizás excesivamente encorsetado para lo que se intenta sea una historia de aventuras dinámica y con ritmo, pero que se adapta como un guante a esta historia de tintes añejos que cuenta los desvelos del noble Yann de Kermeur para demostrar que ha sido injustamente acusado de un asesinato. Un argumento folletinesco que podría haber firmado casi con seguridad Alejandro Dumas y que toma prestados elementos que van desde El Conde de Montecristo a El Tulipán negro, para mezclarlo con toques de aventura exótica en la Guayana. Pese a las muchas costuras que se le notan al guión, que sin duda ha sido realizado de forma más apresurada que la cuidada parte gráfica, con personajes poco desarrollados y situaciones cercanas al deux-ex -machina salvador, no se le puede a negar a Pellerin que consigue unos mínimos indispensables para hacer una obra entretenida y proporcionar un agradable momento de lectura sin demasiados aspavientos, lo que no es poco.
A destacar la cuidada edición de IO, que quizás tiene el pero de una traducción que en la segunda mitad del álbum pierde un poco el cuidado trabajo que realiza Pellerin en cuanto a los dejes, acentos y estilo literario.
Un álbum para pasar el rato y disfrutar con el excelente trabajo ilustrativo de Pellerin. (1+)

Aunque mi admiración por Bourgeon es inmensa y considero que de su genialidad han nacido obras magistrales que deben ser consideradas como cumbres del tebeo europeo, debo reconocer que la última entrega de La fOntana y la sOnda sólo confirma un preocupante declive que comienza a rozar lo inaceptable. Cierto es que pocas obras serían capaces de aguantar una serialización que se demora ya 14 años, inmersas en pleitos legales y demás vericuetos industriales que, con casi toda seguridad, han hecho que el dibujante perdiera el norte de lo que pretendía con esta serie. Pero en esas condiciones, hubiera sido mucho más razonable una discreta retirada, cerrar la serie sin estridencias y comenzar el nuevo rumbo con nuevas ideas. Pese a que la serie que realiza junto a Claude Lacroix ya nacía con una clara inferioridad en concepción respecto a las anteriores series del dibujante en solitario, el primer álbum de la serie nos mostraba a un dibujante de grafismo tan poderoso como elegante, con planchas espléndidas y alguna idea afortunada que indicaban que estábamos tan sólo ante un paréntesis de menor calidad tras dos sagas tan indispensables como Los pasajeros del viento o Los compañeros del crepúsculo. Sin embargo, ya el segundo álbum de la serie, en pleno enfrentamiento legal contra Casterman, adolecía de cierta desgana y una preocupante premura en el acabado. Comprensible, aunque no justificable en una obra comercial, pero que debería haber desaparecido tras la reanudación de la saga en 2005, ocho años después de su segunda entrega. Y si bien el apartado gráfico del tercer álbum de la serie mejoró espectacularmente, el guión era tan sólo un cúmulo de despropósitos, una anécdota extendida que no justificaba el álbum. Un mal camino que en Los colores de Marcade, la cuarta entrega, llega a la alarma, con un naufragio que contagia al dibujo de Bourgeon, cuya calidad brilla por su ausencia. Narrativa confusa y burda, puesta en escena inadmisible para un profesional de su talla, estilo gráfico a años luz de su obra anterior… Demasiados problemas en una obra en la que sólo se puede destacar la curiosa y sugerente idea de una sociedad de mercantilismo tan exagerado que ha llegado a transformar las relaciones humanas en relaciones comerciales. Un planteamiento que habría encajado perfectamente en series como el Valerian de Christin y Mézieres, pero que aquí es tan sólo un añadido sin sentido en un guión que hace aguas por todas partes, sin rumbo y perdido definitivamente.
Los colores de Marcade merecería un (0) inmisericorde, pero me perdonaréis que sea incapaz de asignarle esa puntuación a Bourgeon, fundamentalmente por respeto a su obra pasada.