Leyendo en tiempos de guerra

Esto del petardeo fallero tiene preocupantes efectos secundarios que los doctos científicos especialistas en fisiología deberían estudiar. A saber, y en orden de prioridad, una especie desconexión neuronal esporádica y continuada que hace casi imposible mantener un discurso con las mínimas exigencias de coherencia y lógica. Y en segundo lugar, una especie de estado de cabreo basal soterrado y omnipresente. Digo yo, propongo, que es posible que los fabricantes de petardos utilicen (tiendo a pensar que conscientemente) algún material flamígero cuya explosión provoque ultrasonidos de frecuencia tal que licúan las neuronas (sobre todo, y a los hechos me remito, de los más cercanos a las explosiones, ergo quien los tiran). Hipótesis de trabajo que lanzo para amantes de lo conspiranoico.
Mientras, servidor intenta escribir una reseña en condiciones de Bottomless Belly Button, la interesante obra de Dash Shaw que próximamente publicará Apa Apa Cómics, pero cada escasos dos minutos pierde el rumbo, sufre resets traumáticos y se encuentra escribiendo sobre la cría del calamar (gigante alienígena). Vamos, que no hay manera, y como la opción de escribir con un casco protector de papel albal en la cabeza se me antoja excesivamente fallera, y las lecturas se amontonan, sólo me queda la opción de hacer un intento hercúleo de escribir un montón de minireseñas conjuntas, con la esperanza de que los dos minutos de lucidez sirvan de algo.
elmalditoA ver, comienzo por el género negro con dos obra radicalmente distintas: El maldito y Los cuatro ríos. La primera viene firmada por Cullen Bunn y Brian Hurtt y es un divertido pastiche que traslada las guerras mafiosas a guerras demoniacas, manteniendo los escenarios clásicos de las andanzas de Capone y compañeros. Bunn y Hurtt deciden desarrollar un argumento absolutamente canónico de venganzas entre familias rivales, con todos y cada uno de los ingredientes en su orden preciso, pero sustituyendo a los orondos capos por cornudos demonios y al clásico detective aporreado que lleva la trama por Eddie, un pobre desgraciado que carga con la maldición de levantarse impertérrito tras cada muerte. Un personaje que tiene muchas deudas con el John Constantine de Hellblazer (¡sólo le falta la gabardina!), pero que se pueden perdonar por el buen ritmo de la historia y por una evidente escasez de ambiciones más allá de entretener. Y no se puede negar que cumple de sobra con sus objetivos. Una lectura para pasar el rato que edita en formato de libro (acertadamente) Random House Mondadori y que veremos pronto en la gran pantalla cortesía de Dreamworks. A poco que se esmeren, puede ser una película muy entretenida. (1+)
cuatrorioscEn el caso de la segunda, Los cuatro ríos, reverenciada genuflexión para dar entrada por la puerta grande en el mundo de la historieta a Fred Vargas. La famosa escritora francesa de género policiaco entrega a Edmond Baudoin un guión perfecto para dar imagen y forma al comisario Jean-Baptiste Adamsberg, protagonista de muchas de sus novelas. La peculiar forma de investigar del comisario (¿nadie se ha fijado en la relación evidente con el Charlie Crews de Life?) es llevada a la viñeta con la habitual originalidad de Baudoin, que ante la dificultad de trasladar los largos diálogos de la novelista, no se arredra a la hora de crear composiciones de página donde desaparece prácticamente el dibujo y el texto toma su lugar, dejando bocadillos desnudos de trazo que, pese a todo, mantienen el ritmo lo suficiente como para no dar sensación de detención o salto entre medios. Baudoin, más Crepax que nunca, aprovecha y exprime la narración de Vargas para desarrollar su pasión por el trasvase entre lo literario y la historieta, probando recursos que van desde la composición de página ya comentada a su particularísimo y elegante uso expresivo del trazo, que rompe, ensucia o estiliza como una matiz más de la personalidad de los personajes. Concesiones a la literatura que son recompesadas por la escritora con una trama que le permite al autor jugar con el art povera, el clasicismo, los simbolismos y las motivaciones del arte sin abandonar en ningún momento el foco de una sincopada investigación que une asesinos en serie y ladronzuelos de tres al cuarto que están en el lugar menos adecuado. Un libro recomendabilísimo para los aficionados al policiaco y al buen tebeo que se atrevan a ir más allá de las convenciones. Edita, con la habitual calidad, Astiberri. (3)
Dejemos el negro, que servidor está adoptando el susodicho cromatismo a medida que pasan las horas falleras y busquemos una lectura mucho más light: Como no hacer nada, de Guy Delisle (Astiberri). Un álbum que recopila las historias cortas que el canadiense (mejor dicho, québécois) publicó en diferentes revistas entre 1995 y 2002. Una colección de historietas que tiene su principal interés en poder atender desde asiento de primera fila a la búsqueda y definición del estilo de un autor. Más allá de constatar la camaleónica capacidad del dibujante para adaptar trazos o estilos, lo más interesante es comprobar cómo se va fijando en temáticas y maneras de otros dibujantes: encontraremos desde el humor más bestia a lo Fluide Glacial al intimismo más propio de la generación de l’Atelier Nawak, pasando por el absurdo o la experimentación formal. Cambios que le llevan a probar desde el minimalismo a lo naif pasando por estilos más recargados, basados en el trazo de lápiz, en la tinta o en el color, a la vez que vamos viendo cómo conviven estas influencias con su formación como animador. Pruebas y más pruebas que podrían hacer pensar que, unidas, encontraríamos una línea de calidad irregular que, sorprendentemente, no existe. Pese a que es evidente que hay más interés en concretar su personalidad como autor que en lo que está contando, lo cierto es que encontraremos un envidiable nivel medio, que en algunos casos es realmente notable. Para leer y descubrir cómo se forma un autor (2).
nanananMomento ideal para afrontar la delicada El amor duele, de Kiriko Nananan (Ponent Mon), autora que ya dejara exquisito sabor de boca con Blue y que ahora en esta reunión de historias cortas vuelve a demostrar su elegancia a la hora de hablar del amor. A modo de pequeñas poesías, apenas esbozadas, Nananan murmura sus historias, habla de amores crueles y de amores imposibles y de esos detalles que rompen el ensimismamiento del enamorado. Habla de un amor real, que no está en las novelas rosa, que es imperfecto y que provoca el sufrimiento y el dolor, que es incapaz de alcanzar la felicidad, demostrando que todo lo que conocemos es una especie de eufemismo imperfecto que nos lanza una y otra vez a él. Que lo ansiamos y deseamos aún a sabiendas de lo que nos ocasionará después. Siguiendo la línea de Seiichi Hayashi, las historias de Nananan se encajan con viñetas muy sencillas, donde los planos evitan los ojos de los personajes y atienden a sus manos, a sus pies, a los objetos que lo rodean. Es una mirada tímida, esa que tienen los enamorados cuando no quieren demostrar al otro su debilidad, pero también esconde miedo, ese temor inconsciente al dolor que nos obliga a distanciarnos. Una elegante composición y un trazo cristalino que llevan al lector a una lectura íntima, cercana, construida con susurros que obligan a aguzar ese oído metafórico que oye dibujos y letras. Trazos de delicada tristeza que nos recuerdan que el amor duele (3).

Menos de tres horas para que les abran las puertas y tomen la ciudad… (Nota mental: no leer Los muertos vivientes de Kirkman en periodo fallero. Estimula negativamente mi imaginación)

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