Novedades de Abril-Mayo de Dolmen

Primer avance de novedades de Dolmen:
Aprende a dibujar #8: Diseño de personajes, de Varios. Libro. 126 págs. Color y B/N 13,95 euros.
Dampyr: Los Cazadores de Fantamas, de Mauro Boselli y Mauricio Dotti, Majo. Tomo. 288 págs. B/N PVP: 15,00 euros.
Dolmen #162. Revista. 68 págs. Color. 2,95 euros.
(*)- Dylan Dog: El Séptimo Nivel, de Varios. Tomo. 288 pág. B/N PVP: 15,00 euros.
Eros #101, de Varios. Revista. 68 págs. 3,99 euros.
(*)- Gorka: El Viento de Odei, de Carlos Portela, Fernando Iglesias y Sergi Sanjulián. Novela gráfica. 160 págs. B/N. 19,95 euros.
(*)- Liberty Meadows Volumen 2, de Frank Cho. Libro. 144 págs. B/N. 30 euros.

Adios a El Pequeño País

Lo comentan en clave de humor en ADLO, pero desde luego es un indicativo y una llamada a la reflexión: desde este domingo, el diario EL PAÍS ha suprimido su suplemento infantil El Pequeño País.
pequeno-paisLa desaparición ha sido un poco por sorpresa y con la excusa de la “crisis”, pero deja en evidencia la dificultad que tiene la historieta para niños en este país. Vaya por delante que no tengo claro si la defensa de la presencia de historietas en los periódicos tiene ya sentido. Recluidas a un reducto mínimo, casi por obligación, y en muchísimos casos producto de compra indiscriminada de derechos a sindicatos americanos, con una reproducción marcada por la falta de respeto (he visto tiras deformadas o estiradas para acoplarse sin vergüenza al tamaño del hueco dispuesto), la realidad nos dice que quizás su publicación sólo atiende a criterios de tradición. Es cierto que hay algunos diarios que tienen tiras de producción propia, fuera de lo que es la sección de humor gráfico y opinión, pero por desgracia son los menos y dirigidas a un público adulto. Es paradójico que un medio que ha sido acusado repetida y peyorativamente de infantil, tenga ahora como uno de sus grandes problemas la práctica inexistencia de obras para los lectores más pequeños. Más en prensa, donde lo que se conoce como “suplemento infantil” ha ido degenerando con el tiempo en línea con la falta de consideración que ha tenido este público desde la historieta. Sorprendente, teniendo en cuenta que los suplementos de prensa infantiles han tenido una tradición importantísima en este país (baste recordar hitos como Gente Menuda). Sin embargo, la realidad es tozuda: si comparamos El pequeño país de hace un tres lustros con el actual, el resultado es desalentador. De un suplemento plagado de grandes nombres de la historieta, con producción propia de calidad que incluía a Azpiri, Beroy, Max o Mique Beltrán, entre otros, a un cuadernillo de apenas cuatro páginas con mayoría de series compradas a sindicatos y presencia mínima de autores españoles (como las maravillosas aventuras de Gus o intentos de series propias como la Alicia de Luis Durán). Pero es indudable que los diarios de domingo y su difusión masiva eran una forma excelente de llegar a todos los hogares.
¿Tiene lugar la historieta en prensa hoy? ¿Tienen sentido los suplementos infantiles? Me gustaría responder a las dos preguntas afirmativamente, pero no lo tengo claro.
De momento, descansa en paz, Pequeño País.

Descuadernado

Uno de los libros que marcó mi infancia y juventud fue la Antología de cuentos de misterio y terror de López Ibor. Dos volúmenes que corrían por la biblioteca de mi padre y que supusieron mi entrada en el género de terror. Recuerdo haber descubierto cómo cambió la imagen que tenía de muchos autores como Hoffman, Baroja o Azorín, pero también cómo descubrí a poe, Le Fanu, Lovecraft, Bierce… Es posible que mi actual querencia por el género de terror naciera del miedo que pasé leyendo La puerta tapiada, ¿Qué era aquello?, La pata de mono, El wendigo, Agazapado en la puerta, El atáud autómata o El horror de Dunwich. Recuerdo perfectamente los dos tomos al lado de la cama y las muchas horas robadas al sueño, y cómo uno a uno fueron pasando todos los relatos de la antología. Recuerdo, también, el extraño miedo que me infundió El horla, de Guy de Maupassant. Un miedo que se me quedó grabado porque no había nada terrible en el relato a simple vista. Era uno de esos cuentos donde el miedo se crea en nuestra mente ante una presencia indefinible, cercana y parecida a nosotros, quizás recordando que el mayor monstruo siempre está dentro de nuestro corazón.
descuadernadoUna memoria que se despertó cuando Paco Camarasa me comentó que Felipe Hernández Cava estaba adaptando esta obra para su colección “El cuarto oscuro”. “Buena elección”, pensé. La solidez que siempre ha mostrado Cava era una apuesta segura y el trazo quebrado de Sanyú y sus composiciones podían conseguir la agobiante atmósfera del reato de Maupassant.
Sin embargo, el terror, y más ese terror que basa los miedos que infunde en los nuestros propios, sigue caminos extraños. El horla es un relato que retrata el vértigo de la pérdida del yo, de la abducción de nuestro ser por un oscuro ente. Y Cava, en apenas unos párrafos de introducción, consigue que la obra cambie radicalmente su concepción. En ese prólogo, el autor habla del alzheimer que sufrió un ser querido y de cómo su personalidad se fue esfumando con su memoria. Precisamente ese yo al que Maupassant se aferraba desesperadamente en su relato.
Apenas unos párrafos que logran que nuestra perspectiva mude por completo: a medida que pasamos las páginas del El hombre descuadernado (¡precioso título!), editado con mimo por Edicions de Ponent, reconocemos el cuento de Maupassant, nos admiramos de cómo Sanyú transmite el quiebro de la personalidad y el caos con esas composiciones barrocas y excesivas, que parecen rebosar unas viñetas que se antojan como únicos reductos de orden en la desproporción. Ahí está esa sustitución de personalidades, la estructura de diario del original… Pero también están las palabras de Cava. No le ha hecho falta reinterpretar la obra para llevarla a su terreno: sólo darnos unos pocos matices que nos martillearán durante toda la lectura transformándola en algo todavía más terrorífico. El horror siempre tiene en la realidad una válvula de escape. Sabemos que lo que leemos es fantasía y que cuando cerremos el libro, todo volverá a la normalidad. Sin embargo, la introducción de Cava consigue que ya no exista salida: sabemos que lo que leemos tiene nombre, es real. No estamos asistiendo a un espectáculo imaginativo de un autor. Somos espectadores del horror de la pérdida del yo que existe y es, que forma parte de nuestra realidad. De ese familiar anciano que ya no nos reconoce, de ese amigo que ya no sabe quién es. La escapatoria se ha cerrado y nos ha dejado encerrados… en la realidad.
Impresionante la terna de álbumes que Cava ha conseguido enlazar durante estos últimos meses. (3+)

Dolor

Hay veces que las obras no se crean para ser leídas. Son esas circunstancias donde el dolor o la angustia atenazan tanto al autor que decide exorcizarlos de la única forma que sabe: creando. Delante de una página en blanco, da rienda suelta a sus miedos, a sus sufrimientos. Sin límite ninguno, dejando de lado la preparación, guiones, documentaciones: sólo importa sacar lo que se tiene dentro, desde las entrañas y con fuerza. Gritando a esa página en blanco que quiere acabar con todo y poder dejar atrás el pasado, olvidar con la conciencia tranquila. Son situaciones donde no importa que esas páginas terminen arrugadas en el cubo de la basura, quemadas u olvidadas en un rincón. Son el vehículo de una catarsis privada que sólo necesita un lector, el propio autor.
linthoutEs el caso de Los años del elefante, de Willy Linthout (Ponent Mon).
Recapitulemos un poco: hasta hace apenas unos meses, este autor era un completo desconocido para mí. Cuando la editorial que lo publica en castellano me pidió que hiciese el prólogo, mis primeras indagaciones no aportaron mucho más: un autor belga de gran éxito local con la parodia Urbanus, una longeva serie muy popular en su país, pero completamente desconocida fuera de la Bélgica flamenca. Existían referencias a esta obra en cuestión, que le había aportado mucho reconocimiento y premios, pero apenas nada más. Una situación de ignorancia que, posiblemente, favoreció todavía más el choque que me supondría la lectura de esta obra. Cuando recibí un ejemplar para poder leerlo y realizar el prólogo, el dibujo humorístico, que recordaba a un Margerin ligero, me desvió todavía más de lo que iba a leer. No podía imaginar que al pasar la primera página iba a entrar en una de esas obras de las que hablaba antes, en un desesperado y desgarrador grito de ayuda. Estaba leyendo la confesión de un padre que no entendía el suicidio de su hijo. Un padre que vivía en esa burbuja de felicidad que todos nos creamos alrededor y que, súbitamente, estallaba en mil pedazos. Sin saber qué hacer, sin comprender qué le pasaba a su mundo, Linthout hizo lo único que sabía: dibujarlo. Expresar en un tebeo lo que su mente no podía asumir en un intento último de hacer inteligible eso tan indefinible que es la vida. No hay guión, estructura previa o argumento: sólo hay preguntas y dolor. Dolor omnipresente y la renuncia a aceptar que su hijo ha muerto. Miedo a reconocer que la vida ya no será la misma y obcecado, casi furioso, empeño en encontrarle sentido a lo que no lo tiene. Linthout apenas dibuja, sólo aboceta un lápiz nervioso, que no pasará a tinta y que deja ver todavía más la tensión visceral que le empuja a dibujar. Y el lector, invitado de piedra en una función a puerta cerrada en la que no debería estar, asiste impotente a la autodestrucción de una persona. A cómo se encierra en una concha de sufrimiento que le va alejando de sus amigos, de su trabajo, de su pareja, viviendo tan sólo para un imposible, para un hijo que ya no está.
Se podría hacer un análisis más extenso del tebeo en términos técnicos, pero sería un error. ¿Qué más da? Es cierto que Los años del elefante cae a veces en los excesos y en las carencias, que hay fallos de ritmo, redundancias y mil cosas más. Pero nada de eso importa en un tebeo que está hecho desde la desesperación. Linthout dibuja sin pensar, sólo plasmando sentimientos y emociones y ahí está el valor de este tebeo: en lograr representar como pocas veces antes el desgarro, la desesperación que supone la pérdida de un ser amado. Es posible que aquellos que no han pasado por ese drama vean el tebeo como un exceso, como incomprensible. Pero con toda seguridad, todos los que hayan tenido ese dolor verán parte de él en estas páginas. Y reconocerán que esa tristeza es universal, que afecta a todos por igual y, quizás, en este discurso desesperado, han encontrado algo de paz.
No es un tebeo fácil, ni su lectura agradable. Pero quizás sea necesario leerlo. Porque todos hemos pasado, pasamos y pasaremos por ese dolor.

10 años de Viñetas de Ayer y Hoy

Nuevo número de Viñetas de Ayer y Hoy, la excelente revista teórica dirigida por José Ramón Saiz Viadero y Yexus, que cumple diez años de existencia informando sobre historieta. En este número, se cuenta con colaboraciones de Francisco Gutiérrez Díaz, Mario Crespo, Maribel Fernández Garrido, Graciela Komerovsky, Francisco Valcarce y Esther López Sobrado, con artículos sobre Chumy Chúmez en Santillana del Mar, la relación de Julio Cortázar con las viñetas, el trabajo de Ramón Calderón en La Codorniz y la figura y la obra de ilustradores del pasado como Justo Colongues, Manuel Lledías y María Teresa Uriarte. También se incluyen entrevistas con los dibujantes David Baldeón e Íñigo Ansola.