Las calles de arena

calles-de-arenaLas calles de arena, el último álbum de Paco Roca tiene un grave problema que se puede resumir con una sola palabra: Arrugas. Tras el éxito incontestable de este álbum, merecidísimo, esta nueva obra debe pasar un examen injusto, que valorará y reclamará valores que estaban en aquella y que no tienen por qué aparecer de nuevo. El público que no conoce la obra de Paco podría esperar una especie de Arrugas 2 y puede rechazar una obra que rompe, aparentemente de forma radical, el discurso de su multipremiada antecesora. Sin embargo, para los que hemos asistido a la evolución de Roca como autor desde aquellas primeras historias cortas en Kiss Comix, Las calles de arena es un libro que confirma la imparable progresión de este autor. Una obra que se puede alinear perfectamente con El juego lúgubre o El faro, volviendo a un universo personal en el que lo onírico toma forma real y los simbolismos son el lenguaje fundamental, herramientas con las que el autor plasma sus miedos y temores desde una lúcida reflexión compartida. Si atendemos a esta definición básica de su obra, es fácil comprender que esa apariencia de ruptura que supone Arrugas dentro de la obra de Roca es falsa: es de nuevo una obra sobre miedos, sobre el temor a envejecer y a la pérdida de la identidad. Es cierto que se desprende de su herramienta más habitual, el recurso simbólico, pero su discurso no ha variado un ápice, ahondando en esa reflexión pausada que ya iniciara con obras anteriores.
Las calles de arena seguiría esta exploración a modo de exorcismo íntimo de los miedos del autor, con una propuesta que bebe abierta y transparentemente del realismo mágico, del surrealismo y del teatro del absurdo. Borges, Cortázar, Kafka, Carroll, Ionesco o Beckett pasean con tranquilidad por estas calles laberínticas donde un personaje sin nombre se extraviará para adentrarse en un mundo imprevisible. El hotel infinito de David Hilbert toma forma física al girar una de las esquinas de uno de esos intrincados barrios antiguos de origen árabe, reconvertido en extraña traducción hostelera de la Biblioteca de Babel de Borges, donde cada habitación esconderá una historia imposible. Un lugar perfecto para que el autor enfrente a su anónimo protagonista a cada uno de sus miedos, como si cada puerta fuera una nueva prueba de Hércules. El miedo a perderse, a la muerte, a las relaciones, a la pérdida de la identidad, a la propia imagen… son diferentes caras del miedo a la realidad que habita cada una de estas calles de arena.

persoanjescalles

Y desde esa premisa, el juego propuesto por Roca es apasionante, un descubrimiento de claves continuado, una especie de rompecabezas gigante donde cada pieza está oculta por una adivinanza, un jeroglífico simbólico que el lector debe identificar desde las primeras páginas, desde ese protagonista anónimo que prefiere refugiarse en su mundo de ficciones (en este caso, en una cruel metabroma por parte de Roca, en los tebeos) para alejarse de sus compromisos reales. Enfrentamiento entre realidad y mundo imaginario que tendrá su batalla final en este barrio de arena donde el joven protagonista entra con la carga de una figura gigante de Corto Maltés, un fardo pesado y absurdo del que no quiere desprenderse pero que le evita moverse por el mundo real y, quizás, es el que le lleva a entrar en este agujero de conejo blanco urbano. Un mundo de reglas extrañas donde un pérfido Doppleganger le robará su identidad, obligándole a buscar una salida de ese mundo antes de que el villano tome su puesto en el mundo real. Onirismo, imaginación y surrealismo comienzan entonces una comedia coral donde cada personaje representará una faceta diferente de ese miedo a enfrentarse a la vida diaria, en una paradójica obra teatral donde Roca se mueve con facilidad pasmosa e indudable solidez. Sus personajes cobran vida y tienen virtud de que la sorpresa deje paso a la asunción de normalidad de lo extraordinario, en una voltereta que sólo está reservada a los grandes autores, a aquellos que son capaces de entrar en los dominios de la imaginación y el sueño como un jardinero experto que dará formas imposibles.
Una propuesta muy seductora que, además, tendrá un final tan sorprendente como paradójicamente coherente con la lógica de este mundo arenoso.
Roca ha conseguido ese pequeño aporte de solidez argumental que todavía le faltaba, ese que hacía que El faro no fuera todavía una obra redonda, pero que ahora catapulta la experiencia de lectura de Las Calles de Arena, ayudado por la progresión imparable que protagoniza su narrativa. No es Roca autor de florituras compositivas, pero poco importa ante la coherencia, robustez y originalidad de su planteamiento narrativo. Usa una plantilla de página sencilla (derivada de la clásica de nueve viñetas), para volcarse en una puesta en escena realista que le permita que el lector se centre en su juego simbólico, en sus propuestas y diálogos. Roca necesita que el lector ponga todos los sentidos en la lectura y cuida su narrativa para que sea fluida y diáfana, hasta el punto que una parte importante del libro transcurre sin diálogos, en un tête à tête entre autor y lector donde el primero vencerá gracias a un arma oculta que el desprevenido contendiente suele minusvalorar: el color. En una arriesgada apuesta por parte de Roca, el vehículo de la narración de Las calles de arena será la paleta cromática, un color que se alzará como protagonista absoluto de sensaciones.calles2 Cada personaje, cada escenario, tendrá un tratamiento cromático individualizado que, obligatoriamente, transmite al lector sensaciones y emociones, una especie de recurso subliminal el que verdes, amarillos, rojos, ocres, magentas y violetas son parte de la narración, hasta llegar a ese azul liberador final, que enlazará engañosamente con el inicial cerrando el círculo infinito del arco iris. Un atrevimiento que resulta en un éxito total y que consigue que la lectura de la obra sea diferente y personalísima, más allá de las reflexiones personales que se puedan derivar de la traslación a la esfera íntima del lector, aportando una componente sensorial y emotiva inconsciente intransferible. Por desgracia, la reproducción no hace justicia a la excelente labor de Roca: una inadecuada elección de papel y una labor de imprenta poco correcta hace que el color esté apagado e incluso en algunos momentos, haga difícil la lectura (las páginas en violeta se comen la línea, demostrando lo que bien saben los expertos en el tema: que la reproducción del violeta y negro son la prueba de fuego de una imprenta). Una lástima, porque la lectura de la obra puede perder muchos enteros al no poder disfrutar de la cuidada y compleja labor de Roca en el color. Esperemos que futuras reediciones (en el momento de escribir esta reseña ya se ha agotado la primera edición, en apenas una semana) cambien el tipo de papel, para conseguir que esta excelente obra de Paco Roca se pueda disfrutar en toda su extensión. (3+)

ENLACES:
Algunas páginas de la obra en la web de Paco Roca.