Y ya puestos a hablar de setentones…

… no está de más recordar que este mes entra en tan selecto club Don Bruno Díaz….ehhhh Mr. Bruce Wayne, vamos, Batman, el hombre murciélago, el señor de la noche, el tipo este de las orejas puntiaguadas (uy, no, que hoy estrenan la de Spock…). :)

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Setenta primaveras y tan campante el hombre…

Burbujeando

1982: El cuarto número de Cairo, “el neotebeo” estrenaba en sus páginas una serie que estaba llamada a renovar profundamente la estética del tebeo español, Opium. Daniel Torres asimilaba las lecciones del maestro Miguel Calatayud y las trasladaba a una apasionante mezcla “retro” de pulp y cine de los años cincuenta, que encontraría la proporción adecuada de ingredientes en Las aventuras siderales de Roco Vargas. Una reescritura en clave folletinesca de Flash Gordon que ironizaba con inteligencia sobre sí misma a través de esa identidad transversal entre Roco Vargas el héroe galáctico y el escritor de ciencia ficción Armando Mistral. El alter ego, casi signo distintivo de todo un género tan propio a los tebeos, tomaba en esta serie una funcionalidad paradójica que transmutaba ficción en realidad, generando un nexo de conexión directa con el lector. La aventura pura, entendida desde una clásica visión juvenil que estereotipa y esquematiza sus modelos, era contrastada con la reflexión de un creador que era consciente de estar creando ficción y de, en el fondo, ser ficción. Armando Mistral no es sólo el alter ego de Roco Vargas. Es también el alter ego de un Daniel Torres que, a su vez, usa a Roco Vargas como expresión de los héroes de su juventud. Una doble dicotomía que Torres movía con fluidez gracias a su indudable dominio de la narrativa, especialmente a través de unos diálogos brillantes, que alcanzarán su mayor cota en La estrella lejana, posiblemente uno de los mejores álbumes que ha dado el tebeo de este país.

burbujas2009: Daniel Torres aborda un tebeo de corte intimista (“novela gráfica”) relatando la historia de Ramón Sánchez, un hombre que vive un cúmulo de crisis personales. El peso de la edad, problemas en el trabajo, la pareja y con los hijos forman parte del planteamiento de Burbujas y el lector que en su día admiró la capacidad de Torres para la reflexión a través del género y la ficción se pregunta si todo aquel bagaje podrá sobrevivir la mudanza al costumbrismo y el realismo. Y la respuesta se consigue sin más que leer Burbujas y comprobar que Torres está por encima de los géneros y que su capacidad como autor sólo depende de sí mismo. Es cierto que tomaba riesgos importantes, no sólo en el cambio de registro argumental, sino también en aspectos técnicos como el cambio de formato (del álbum al libro de casi 300 páginas) o la vuelta al blanco y negro tras años de exitoso cromatismo, pero lo que para algunos autores son peligros, para otros son retos, afrontados en este caso desde la experiencia y la indudable capacidad del autor, que no duda, además, en rizar todavía más el rizo. Decide hablar de los problemas de las crisis personales, de esos puntos de inflexión en la vida de cada uno y, posiblemente indeciso a la hora de elegir cuál plasmar en su obra, opta por la hipérbole, por una concentración imposible de tribulaciones encarnadas en la figura de Ramón Sánchez, alter ego ahora de todas las crisis de madurez por las que el hombre debe pasar. En sus primeras páginas, Sánchez pasará por todas las desgracias que el ser humano se enfrenta en la vida para quedarse sólo, en un recurso argumental que Torres exagera voluntariamente para poder hacer uso de herramientas que conoce bien, creando un arquetipo perfecto, un personaje sobre el que volcar la reflexión. Con su particular Gólem ya vivo y animado, necesita dotar a su criatura de otra de las armas que conoce bien, los diálogos. Pero la introspección, el examen íntimo es un ejercicio de monologuista, de labor privada. Una dura dicotomía que le llevará a una decisión salomónica, colocando a su protagonista ante la fascinación de un acuario, ante esas luces en perpetua variación y esos animalitos de ojos sin párpados que no dejan de mirarte fijamente desde el otro lado del cristal. Mudos y despreocupados testigos que serán el perfecto contertulio de Ramón Sánchez, transformado el monólogo en un diálogo a modo de frontón, donde él mismo protagonista se dará respuesta a sí mismo.
Los contendientes están presentados y el escenario preparado, la partida comienza. Torres opta por una puesta en escena sobria, de grafismo estudiadamente descuidado para evitar que el lector descuide su atención. Su pasión por la arquitectura formal de las viñetas, por esos fondos elaborados y excesivos se torna en un minimalismo casi patológico, con una planificación casi constante de tres viñetas por página, a modo de escenario teatral. Su personaje comienza su particular viaje interior y pronto veremos que Torres no ha abandonado para nada sus claves: el cine, los años 50, aparecerá pronto como recursos necesario para que la reflexión de Sánchez vaya más allá de la exposición testimonial mediante el juego simbólico del cuento, similar al que usara en esa genialidad a reivindicar que es El Octavo Día. Robert Mitchum y Harry Powell, la guerra de las trincheras transformada en guerra de sexos, una suerte de mula Francis… Hasta las discusiones conyugales se reconvertirán en ridículos juegos de niños en el camino que plantea Torres, que busca contrastar la mirada ingenua de Sánchez con un análisis maduro, en el que los arquetipos simplistas con los que fue construido el personaje son derrumbados uno tras otro. En una acertada metáfora de maduración, los modelos infantiles y juveniles se ven expuestas al contacto de la realidad de la vida demostrando sus limitaciones, pero también valoradas en su medida. Las ilusiones juveniles son necesarias en el adulto, son clavos que permiten asirse a esperanzas sencillas ante las complejidades de la vida. Pero son también juegos de apariencias que el adulto debe saber traspasar. Ese camino de descubrimiento de lo que hay tras las cortinas de los arquetipos será precisamente la hoja de ruta de hacia la superación de las crisis de Ramón Sánchez. Y, de nuevo, en la obra de Torres, los secundarios (sus hijos, su esposa, sus amigos, los peces del acuario) se convertirán en fundamentales, formando parte de esa lista de imágenes de apariencia reduccionista y tópica que irán descubriendo su verdadero rostro.

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Y siempre, desde la primera a la última página, condimentado con esa mirada irónica que tan acertadamente practica Torres en sus obras, dotando al conjunto de una lectura más, la de aquél que, pese a todo, no termina de tomarse en serio a sí mismo y es el primer blanco de sus críticas. Uno de esos primeros escalones necesarios para la reflexión inteligente, que recuerda que lo que estamos leyendo no deja de ser una idea, una interpretación de la realidad plasmada en ficción. Si el testimonio de la realidad y de la propia vida puede ser interesante y sugerente, personalmente me quedo con esta perspectiva, que la reinterpreta y la analiza más allá del simple alegato verídico. Que intenta lanzar ideas para la reflexión y el debate, sin miedo a mojarse y equivocarse en el camino.
Torres pasa el reto de Burbujas con nota. Muy alta, demostrando que no le ha temblado el pulso y que no sólo no ha padecido los posibles efectos de los cambios, sino que los ha aprovechado al máximo en su favor. Quizás se podría discutir si el final planteado no es excesivamente anticlimático respecto a lo leído, pero no deja de poder interpretarse también como un cruel sarcasmo final.
Roco Vargas, Armando Mistral, Dios y el Diablo y ahora Ramón Sánchez. Los muchos nombres de un Daniel Torres capaz de reescribirse a sí mismo en cada nueva obra. (4)

Enlaces:
Avance de la obra

Tebeos para niños

Desagraciada paradoja: años reivindicando que los tebeos no son sólo para niños y cuando nos damos cuenta, miramos atrás y nos damos cuenta de la triste realidad de que los niños ya no leen tebeos. Una situación terrible porque dos razones: la primera, porque no tendremos lectores en el futuro y la segunda, muchísimo más importante, porque el tebeo es la puerta de entrada en la cultura, en toda: de los mismos tebeos a los libros, al cine, a cualquier forma de arte o expresión cultural.
Razón de más para reivindicar las iniciativas que en este campo se hacen, como la colección Mamut de Bang Ediciones, que editará para el salón tres libros para niños de una pinta excelente. Os dejo un avance para ir animando a los padres y madres para que regalen tebeos a sus hijos, a los tíos y tías a sus sobrinos y a los abuelos y abuelas a sus nietos. Que para todo hay.

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Novedades de Editorial Cornoque para el Salón de Barcelona

(*)- Malavida 19: mierda de artistas y artistas de mierda, del equipo Malavida (Omar Orons, Kalitos, Moratha, Pum, XCAR, Chefo, Dionisio Platel, Dani García-Nieto, Iru, Fresús, Azagra,…). 72 páginas a todo color, 17,3×24,5. PVP: 3 euros (o gratis si se compras un álbum).
Más información y avance
El asombrado Stupiderman: un nuevo día más o menos, de Kalitos. 52 páginas a todo color, encuadernado en rústica. A4. PVP: 7 euros (si se compra en el stand de Malavida, se regala el nuevo Malavida)
Más información y avance.

Felicidades Mr. Moebius

Hoy cumple años uno de los autores más influyentes del tebeo frances, Mr. (léase ‘Mesié‘, por favor) Jean Giraud. O Gir. O Moebius, que para el caso es el mismo y tanto monta, monta tanto (la tercera combinación la dejo para los prestidigitadores de los números) en este particularísimo ejemplo de tricefalia plenamente funcional. Eso sí, que nadie lo entierre ya porque sigue dándonos regalos como la nueva entrega de El garaje hermético, Le chasseur déprime, en la que revitaliza con necesarias dosis de surrealismo y una bienvenida mala leche una saga herida por una absurda prolongación.
Para celebrarlo, desde The Bronze Age of Blogs nos regalan con una de sus historias más famosas: The long tomorrow, realizada junto a Dan O’Bannon y, posiblemente, una de las historietas más influyentes de la historia del medio.

moebius

(Por cierto, a ver si alguien se anima a publicar por aquí ese experimento que es Inside Moebius, una demostración palpalble de que el “slice of life” puede ser también surrealista).