Una obra maestra

La consideración de una obra como maestra es, casi siempre, temeraria. Es un calificativo que se suele utilizar con demasiada alegría, más como expresión de nuestra profunda identificación con la obra que por el magisterio que se puede derivar de ella. Es en el fondo un simple problema de etiquetas y de confusión entre lo personal y lo global. No es una cuestión importante, desde luego, pero hay que recordar que ese concepto de excelencia suele derivarse de la intersección de lugares comunes, del acuerdo por consenso y, por qué no aceptarlo también, de cierta práctica consuetudinaria. Aspectos todos que tienen en común el tiempo: las obras maestras llegan con el tiempo, con la mirada desapasionada que permite poner en una balanza sin tener la tentación de poner el dedo en nuestro lado. Pasó en la literatura, en la pintura y en el cine y, evidentemente, pasa en el tebeo. Hablamos de “obras maestras” publicadas la semana pasada con entusiasmo y felicidad, sin recordar que para lograr ese título deberán pasar primero una larga carrera de obstáculos.
Todos caemos en este juego, sin excepción. Es humano y no deja de ser incluso, si se me apura necesario. Defender con vehemencia un autor o una obra es el primer paso necesario para su reconocimiento, para construir ese catálogo de argumentos que después tendrá que ir deshojando a lo largo de la historia.
Así que teniendo en cuenta lo anterior, y siendo consciente, valga la redundancia, de la inconsciencia de mi afirmación, voy a decir que Epiléptico/La ascensión del gran mal es la primera obra maestra del tebeo europeo del siglo XXI. Temeridad que deberá ser, al menos, acompañada de ideas y argumentos, así que comienzo mi larga perorata.
epilepticoA mi entender, la obra de David B cumple sobradamente una serie de condicionantes coyunturales, formales y argumentales que la hacen meritoria de la calificación. En su contexto, no debemos olvidar que es la primera de las grandes obras que genera L’Association, esa experiencia fundamental y decisiva en la evolución de lo que sería la historieta del siglo XXI. La editorial nacida de la unión de Jean-Christophe Menu, Lewis Trondheim, David B., Matt Konture, Patrice Killoffer, Stanislas y Mokeït, sería un revulsivo crítico para la bande dessinnée, apostando por una revitalización del concepto de historieta de autor que lanzara en su día la generación guiada por Eric Losfeld. Una apuesta que se desvinculaba de las concepciones estéticas y argumentales de aquél movimiento (centrado en su momento en el género fantacientífico que evolucionarían después Les Humanoides Associés) para inspirarse en las experiencias americanas alternativas, pero sin olvidar raíces propias. Una mezcla difícil de conjuntar, pero en la que prevaleció cierta querencia por los argumentos de corte costumbrista autobiográfico y por la experimentación gráfica radical, que se ejemplificaban claramente en la revista Lapin. La incorporación de los autores de L’Atelier Nawak concentró alrededor de L’Association un movimiento creativo que se tradujo, sin duda, en uno de los momentos más fecundos de la historieta, germen de ese movimiento que se ha dado en llamar la Nouvelle Bande Dessinée, que saltaría posteriormente de los circuitos alternativos a la comercialidad a través de colecciones como Poisson Pilote, Futuropolis, Bayoo o Shampooing. Aunque Trondheim o Sfar puedan ser los exponentes más conocidos de esta explosión creativa autoral, quizás el autor que mejor pueda representar el espíritu de la editorial en sus inicios sea David B., un autor que recogía las enseñanzas de uno de los referentes espirituales del grupo, Edmond Baudoin, para formular un discurso propio reconocible e identificable como fundacional de L’Asssociation. Sus historietas cortas en Lapin (posteriormente recopiladas en Le Cheval Blême) partían de la componente poética de Baudoin, pero se encerraban en una introspección personal e íntima, enfocada a lo onírico y lo surreal, siempre con una componente de experimentación visual narrativa, exprimiendo las posibilidades de la ilustración en el marco de la narrativa secuencial. Un camino que iría formándose para encontrar su propia identidad cuando decide abordar no sólo sus sueños, sino su propia vida en La ascensión del gran mal. Dejaba la distancia corta para que lo aprendido y ensayado pudiese ser herramienta de una narración larga que estaría destinada a marca un antes y un después en la historia de la editorial y de la historieta francesa. Sin la obra de David B es imposible entender Persépolis y, sin ella y su éxito –paradójicamente muy superior a su mentor-, la corriente autobiográfica que ha dominado la historieta europea en este principio del siglo XXI. Sería imprudente decir que David B inventa una forma de entender lo autobiográfico -a fin de cuentas lo que hace el francés no es más que continuación de las experiencias de Robert Crumb, Justin Green o Chris Ware-, pero sí se puede decir que su aproximación es lo suficientemente potente como para desatar un interés nuevo en la historieta europea por esta variante del género costumbrista.
Razones coyunturales que equiparan la obra de David B. a la de muchos autores cuya obra fue un acicate fundamental en la evolución del sector, pero que palidecen al lado de los valores estéticos y narrativos que encontramos al analizar la obra.
ascension2Epiléptico/La ascensión del gran mal (no renunciaré al sugerente título original de la obra) se centra en la vida familiar del autor, normal y apacible hasta la aparición de un elemento discordante: la epilepsia de su hermano mayor. La enfermedad, de difícil tratamiento todavía en los años 60, se transformará en un estigma para la familia. Los padres enfocarán todo su día a día en la curación del hijo y comenzará un largo periplo en pos de la curación que le llevará de la medicina a la charlatanería, de la magia a la ciencia, a cualquier opción que suponga la esperanza de salir de la maldición. David B intenta ponerse en la piel del niño que fue de Pierre-François Beauchard, intentando descubrir cómo afectó a su vida esa infancia atípica y, en cierta medida, disfuncional. Y descubre una cruel paradoja: en la maldición de su hermano está la génesis de su vocación creativa. ¿Cómo asumir que la desgracia que ha marcado la destrucción de la vida de su hermano es lo que ha dado razón a tu vida? Y decidió analizar esa asunción desde la historieta, tomando el camino desde que era el niño Pierre-François hasta que aparece el creador David B., una tarea de función catártica que esconderá la búsqueda de la inspiración creativa de la razón última que lleva a la creación.
Los seis volúmenes que componen definirán entonces ese doble camino inverso: a medida que aumenta el dolor y la enfermedad, la inspiración se libera y crece. Sólo puede mostrar ese desarrollo siendo fiel a la historia y a los hechos, pero los hechos no pueden expresar los sentimientos. Una dicotomía que sólo se podía resolver a través de la historieta y de sus posibilidades, explorando esa liviana frontera que va entre la ilustración narrativa y la narración secuencial. Lo mostró en las portadas, en esa negritud que lo va envolviendo todo a la vez que descubrimos que está formada de infinitas formas.
Sin embargo, el juego es peligroso: la gravedad de unos hechos que afectaron a la familia y la imaginación desbordada derivada del onirismo pueden ensombrecerse mutuamente. Hay que respetar la rigurosidad de la historia sin que ésta se convierta en un obstáculo de la reflexión, mientras que la imaginación no puede desbordarse hasta transfigurar los recuerdos. Un difícil equilibrio que el autor intenta canalizar a través de la contención formal de una composición estricta, la retícula de 3×3 viñetas que tan buenos resultados le proporcionara a Gibbons y Moore y que le permitirá la intersección de un doble nivel narrativo. Por un lado, una aproximación muy literaria, en la que la viñeta es un apéndice de ilustración expositiva del texto de apoyo, con una redundancia consciente entre texto e imagen. Por otro, la secuencia pura, donde desaparecen los textos de apoyo para que la realidad no se vea alterada por el discurso del narrador. La primera de las elecciones irá evolucionando hacia una interacción entre texto e imagen que transformará el primero en un pie reflexivo terminado con una ilustración ya en plenitud narrativa, generando el contraste y enfrentamiento de ideas necesario para transmitir el sentimiento y la sensación, creando una idea pura, despojada de condicionantes. La segunda, a su vez, irá transformándose para que realidad y onirismo se fusionen en un único discurso. Desarrollos paralelos que irán poco a poco juntando las piezas de una imagen fraccionada: David B. se irá formando de los pedazos de Pierre-François Beauchard.
ascension1Es muy interesante comprobar cómo el autor plantea este cambio como un desarrollo progresivo, como una evolución personal que se plasmará, a su vez, en la necesidad de hacer avanzar sus recursos narrativos. Y lo hace a medida que se desarrolla un proceso intertextual evidente entre la realidad y el nacimiento del creador: la familia Beauchard deambula por gurús, psiquiatras o comunas buscando una cura para Jean-Christophe. Budismo, cristianismo, mesianismo, “flower power”… Movimientos filosóficos que tienen una fuerte vinculación con lo onírico y que el niño Pierre-François asimilará de forma inconsciente en su desarrollo, generando a la vez la necesidad de salir imperiosamente de ese círculo vicioso vital en el que se encuentra sumido: primero a través del juego infantil focalizado en el dibujo y en la historia bélica. Después, transformando el juego infantil en respuesta vital y encontrando en ese dibujo respuesta a sus dudas. En lo gráfico, el dibujo va variando poco a poco, incorporando nuevas ideas y conceptos en cada página. Y, a medida que la narración avanza hacia un discurso más íntimo, irá transformándose. Primero, con influencias más clásicas de la historieta, que irán de Tardi a Pratt; más tarde incorporando elementos ajenos provenientes de iconografías visuales ricas y lujosas, como la oriental o la precolombina. Lenguaje simbólico propio que el autor transformará en su vocabulario personal, creando lentamente una gramática para él y, sobre todo, una semántica particular del símbolo y que le obligará a transformar su trazo a medida que el relato se dirige hacia terreno más onírico pero más personal. Cuando la emotividad comienza a tomar protagonismo, la influencia del expresionismo más radical deviene en trazo fundamental: Masereel, Ward, Nuckel, el expresionismo cinematográfico alemán toman sitio de honor en el dibujo de David B. Y, sobre todo, evoluciona la propia composición de la página. La retícula fija se sigue respetando (sólo desaparecerá totalmente en el brillante epílogo), pero ya no hay razón para un estricto cumplimiento de la pauta. Desde el momento en que nace David B, el autor se siente liberado y la ruptura de la composición se convierte en un nuevo recurso gráfico.
El itinerario a lo largo del los seis volúmenes de la obra se revela ahora en toda su complejidad: el autor se ha recreado a sí mismo. David B se ha convertido en el personaje de su obra. El autor se ha desnudado ante el lector, le ha puesto sobre la mesa sus sentimientos, sus sensaciones y su memoria. Su vida. Y en ese ejercicio de exhibicionismo, ha perdido su identidad para transformarse en su propia creación. Pierre-François ha desaparecido y sólo queda David B.
Durante la larga mutación, ha ido provocando en el lector el debate de las ideas, exponiendo las suyas y buscando razones a su presente, intentando definir cómo la creación era la única escapatoria posible a una vida que ya no le pertenecía, que había sido fagocitada por la enfermedad de su hermano. Pero también el lector ha podido ver cómo esa huída escondía el miedo atroz a todo lo que implicaba esa enfermedad: a la pérdida de la identidad, a la imposibilidad de articular una personalidad y, por tanto, conformarse como un ser humano completo. Un temor que la biología había puesto en sus genes, compartidos con su hermano.
Exhibirse es muy fácil. Sólo necesita unos cuantos ademanes y un poco de desvergüenza. Incluso es divertido y posiblemente forma parte de nuestra naturaleza… ¡hasta se ha convertido en plato diario de la programación televisiva! Pero reflexionar sobre la intimidad en público o es un acto de valentía o de locura. Es posible que David B tenga mucho de ambas. Gracias a eso ha conseguido una obra singular en el tebeo europeo de este siglo XXI, que hunde sus raíces en la introspección alegórica de la memoria de Justin Green para explorar cómo adecuar ese discurso existencialista a la globalización exhibicionista de un siglo XXI donde ya no existe la intimidad.
Epiléptico/La ascensión del gran mal es mi primera obra maestra del tebeo francés de este siglo. Es una opinión. Como decía al principio, ahora sólo hay que esperar para saber si mi opinión es compartida y es simplemente eso: una opinión más entre todas las de aquellos que consideran que esta obra es magistral. (5)

Enlaces:
Entrevista a David B

Clásico del Humor: Rigoberto Picaporte

igobertoPoco a poco, se cumple la demostración por el principio de inducción. La hipótesis que lanzaba hace poco es que el interés (tanto por la selección como por la calidad de reproducción) de los volúmenes era inversamente proporcional a la comercialidad del personaje. Dicho de otra manera: que los pobres Ibáñez y Escobar estaban condenados a tener volúmenes muy “comerciales”, pero poco interesantes para el aficionado de pro que busca una “edición de coleccionista” como reza la portada. La hipótesis para n era cierta y se comprueba para n+1, con la aparición del volumen dedicado a Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, de Roberto Segura. Un autor extraordinario, pero que no tuvo, por desgracia, el reconocimiento popular de sus compañeros. Aprovechen ahora la edición de este volumen de RBA (del que no he comprobado coincidencias con el anteriormente publicado por Ediciones B) porque su contenido es jugoso y espectacular: una selección cuidada que permite comprobar la evolución artística de Segura y del personaje, mostrando cómo fueron apareciendo los secundarios de la serie y cómo se fue desarrollando este ácido fresco de la sociedad española durante casi 40 años. Calidad de reproducción irregular (aceptable en blanco y negro, bitonos… así, así, y color con muchas páginas desenfocadas), pero compensada con la calidad de las páginas publicadas.
Otra compra obligada. Veremos si el próximo verifica mi teoría (dedicado a Rompetechos, es decir, personaje de Ibáñez=volumen olvidable… Es una verdadera lástima que en una colección de este calibre no se tenga un volumen dedicado en condiciones al maestro Ibáñez), porque después….¡ay después! ¡Sir Tim O’Theo y el Reporter Tribulete! ¡Raf y Cifré seguidos!¡Demasiado placer en apenas una semana!

Artículo sobre Segura en Lady Filstrup