El hijo del ogro

Acostumbrados a esa lista de la actual aristocracia de la nueva BD francesa monopolizada por los nombres de Sfar, Trondheim, Blain o Guibert, es común dejar de lado autores que están demostrando una calidad media muy respetable unida a una indudable progresión continuada. Se dice que nadie se acuerda de los segundos, pero sería injusto aplicar la dinámica de la competencia al mundo de la cultura, donde cada aportación siempre tiene un valor por sí misma. Posiblemente por eso, el nombre de Grégory Mardon suele ser obviado cuando nos fijamos en la historieta que se hace allende los Pirineos, en una demostración de injusticia que no responde a los hechos, que hablan de un autor que ha ido demostrando unos méritos en alza. Si en su día fue divertido ver Cycloman, esa versión europeizada y anti-épica de los superhéroes que firmaba junto a Berberian, más tarde se reconocería más a gusto en la comedia de corte costumbrista, ya en Lecciones de vida, ya en Incógnito. Un terreno en el que se movía con soltura, quizás con sabores y sensaciones trilladas por otros, pero que no debían ocultar su buen pulso en la narración. Cierto es que sus tebeos no alcanzaban la calidad ni el disfrute de los ogro“primeros espadas”, pero no decepcionaban. Un progresión lenta, tranquila, que se certifica en El hijo del ogro, donde encontraremos a un autor que comienza a reclamar mayores atenciones. Tras el costumbrismo presente, opta por un cambio de escenario trasladándose al pretérito para afrontar una reescritura de la leyenda medieval clásica, en una de esas historias basadas en la tradición oral que trovadores iban contando de pueblo en pueblo. El argumento, acorde con los escenarios, casi sacado de un romance de ciego: un joven alegre que ve como su madre era castigada por un error suyo, comenzará un errante camino que le convertirá en un sanguinario caballero. Mardon desarrolla el relato con apariencia de cuento medieval, tanto en lo gráfico – con la composición a modo de aleluyas y con la incorporación de elementos decorativos provenientes de la ilustración medieval- , como en la estructura argumental –que alterna los silencios con diálogos casi teatrales-, pero pronto irá incorporando sutiles matices: mientras el romance clásico tiene una fuerte componente de enseñanza moral, que precisa de unos personajes esquemáticos y casi estereotipados, El hijo del ogro muestra un inusual desarrollo del protagonista personal, del que el lector obtendrá casi un psiconálisis completo. Una afortunada elección que dota al conjunto de una lectura mucho más compleja, alejandose de ese origen que imponía la simplicidad de planteamientos y proponiendo una interesante reflexión sobre el origen de la crueldad del ser humano. Esa animalidad subyacente en su interior que, liberada, no puede volver a ser refrenada. Una reflexión que Mardon basa en el trabajo gráfico: ante la restricción autoimpuesta de seguir el referente medieval, el dibujante carga sobre la expresividad del protagonista y la narración silente la responsabilidad de trasladar al lector sus sentimientos. Una arriesgada decisión que resuelve con nota.
Un libro sugerente que merece más de una lectura, editado con calidad por La Cúpula (3).

Entrevista a Grégory Mardon en Charcos de tinta.

Los mejores tebeos de la década

Se acaba el verano y se comienza ya a pensar en las listas, manía esta de lo más contagiosa que este año tiene doble atractivo, por aquello de ser año acabado en nueve y permitir ampliar el juego a la década. Así que Tom Spurgeon da la salida con una posible lista de los mejores tebeos de la primera década del siglo XXI (que mira que tiene mala pata, con lo bien que queda eso de “los 60” o “los 80″, a ésta pobre ¿cómo la llamamos? , ¿”los 0”?).
Lo bueno de esto es que siempre se puede lanzar la discusión de si la década acaba en 9 en 0 y volver a hacer listas el año que viene… :)

León el terrible

La revista Cairo cerró en el número 30. Fue un número triste, que nos recordaba que ese espejismo de modernidad rabiosa no había pasado de experimento jugoso y alegre, pero sin futuro. Y nosotros, aficionados jóvenes que entonces nos creíamos los discursos de la posmodernidad, nos quedamos huérfanos de insurgencias de provocación estilística. Fue un golpe duro, pero que duró poco. Apenas tres meses después, volvía Cairo. En el camino Joan Navarro le pasaba el testigo a Antoni Guiral, pero en esa época esos detalles nos pasaban desapercibidos. Lo que no pasó inadvertido fue la inclusión de una sorprendente serie en ese número de resurrección: León el terrible, de Theo Van der Boogard y Wim. T Schippers. Una serie canónica con los principios fundacionales de la revista, de una línea clara exquisita y elegante. Pero holandesa. Acostumbrados al poderío francobelga – con tímidos pero potentes zarpazos a la autoridad de los descarados de la nueva escuela valenciana -, lo de un tebeo holandés resultaba insólito. Algo sabíamos, marisabidillos que éramos: de Martin Lodewijck que había guionizado Storm para Don Lawrence, que Willy Vandersteen era una figura imprescinidible por su Bob y Bobette, que Franka de Henry Kuipjers era muy divertida y avanzada o que los tebeos de Dick Matena eran delirantes y los de Willem inquietantes. Y, por supuesto, adorábamos a Joost Swarte como el dios máximo del panteón de la línea clara.
leonPero de este señor Van der Boogard… nada de nada. Quizás por eso, la primera impresión es que ese desconocido no le podía quitar el trono a los intocables Ted Benoit, Torres o Giardino en las preferencias de la revista. Pero poco a poco, la inclasificable locura de León fue tomando su sitio en nuestro corazoncito. Esta especie de mutación perversa y psicótica del apacible Mr. Hulot se convirtió pronto en la primera lectura de la revista. Su mezcla de frescura y mala leche a partes iguales, su desparpajo anarcoide, era un perfecto aperitivo para lecturas más “profundas”…
Casi veinticinco años depués (mecachis, ¡cómo pasa el tiempo!), el anuncio de la reedición en formato integral, la nostalgia obliga a una sonrisa de condescendencia -¡León!-, pero uno se pregunta si habrá sobrevivido a los estragos del tiempo, que tanto mal le han hecho a muchos de los tebeos de la época. Y vaya si ha sobrevivido. La mezcla de absurdo, ingenuidad, provocación y escatología mantiene intacto su poder corrosivo, apoyada en el paradójico efecto preservador de su estilo hergiano. Van de Boogard y Schippers juegan a la clonación casi perfecta del trazo del creador de Tintín, tanto en lo superficial como en lo gramatical. Sus gags, su estructura narrativa, su composición, incluso su cromatismo… son sosías perfectos de las que encontramos en las aventuras del joven reportero, pero brutalmente pervertidas. Nacida como la adaptación del famoso show humorístico televisivo holandés Sjef van Oekel (de hecho, la serie desapareció con la muerte del actor protagonista), de la que heredaba el gusto por el absurdo, la historieta adquiere matices diferenciadores gracias a su tratamiento gráfico. Si la televisión ya explotaba la oposición entre la aparente integración en las convenciones sociales del protagonista y sus actos desatinados, la historieta lo multiplicará a través del prejuicio de bondad asociada al estilo de Hergé. La inclusión desaforada de lo escatológico y un humor absurdo que va tiñéndose de negro, a medio camino entre el slasptick del cine mudo y el marxismo – de Groucho- militante, chirría en precioso envoltorio con que Schippers y Van de Boogard nos traen su creación, consiguiendo una provocación consciente y constante que, veinticinco años después, sigue cumpliendo su función de terrorismo intelectual contra los buenos usos de la burguesía domesticada.
Aunque la edición de Glénat en tamaño reducido afecta en algunos momentos al cuidado y detallista dibujo de Van der Boogard, vale la pena hacerse con este ya clásico de la historieta europea.

Enlaces:
Una curiosidad: un vídeo del programa original en el que adaptaba el tebeo.