Por alusiones

Estimado Sr. Molina Foix
A lo mejor me estoy atribuyendo un papel que no me corresponde, pero me temo que yo soy ese crítico especializado en historieta que colabora en un periódico “que se precia de ser el más riguroso”, en el usted escribe con regularidad y del que habla en su columna de Tiempo del pasado 18 de septiembre. Por eso, me va usted a permitir que alegue a eso de las alusiones para escribir estas líneas.
Reconozco que mi primera intención fue escribir una extensa sarta de quejas e improperios. Los calores finales del verano, supongo, que excitan que no vea usted. Luego, en un segundo intento, me dio la vena didáctica y pensé en enumerar las maravillas que ha dado la historieta a la cultura, con un amplio surtido de declaraciones de ilustres intelectuales defendiéndola…pero pensé también que a estas alturas ya no le voy a enseñar nada y que el tono de su escrito deja pocas esperanzas a admitir otras ideas. Así que al final creo que es mejor, simplemente, hablarle un rato. Igual que en el poético libro de Yasushi Inoué el cazador exigía atención al redactor que publicó su retrato, creo que tengo el derecho a unos minutos de su tiempo.
Mire, Sr. Molina Foix, a mí me enseñaron a apreciar la cultura y el arte. Con los tebeos, precisamente. Fue mi puerta de entrada a una forma de entender el amor por la cultura que no le hace ascos a nada. Me educaron en la curiosidad, en intentar siempre descubrir cosas nuevas y en pensar que un libro cerrado es un reto que no se puede dejar pasar. También me enseñaron a tener un criterio propio, a ser exigente y saber que no siempre nuevo es sinónimo de bueno. Y gracias a eso, aquél lector de tebeos es capaz de disfrutar hoy con la literatura, la historieta, el cine, la pintura, la escultura, la música, el teatro… Es más, siempre ávido por nuevos desafíos, ya sea en las formas de cultura de siempre o en todas aquellas que puedan venir. Verdad es, no se lo voy a negar, que este apetito de arte y cultura tiene sus penalidades. La impuesta dualidad de la cultura como arte e industria se inclina cada vez más por las exigencias del mercado y lo que debía ser una obra cada vez es más un producto, que olvida incluso que hasta el entretenimiento tiene el deber de cumplir unas cotas de dignidad. Virus de la mercadotecnia que ha llegado a la historieta, por supuesto, pero que contamina por igual el cine, la literatura y todas las artes y culturas, que cada día cambian más el interés de la creatividad por la cotización del interés. Pero ése, me temo, no es problema de la historieta. Ni de la cultura, si me apura.
Si a mí me dijeran que existe una forma de cultura o un arte que desconozco pero es apreciado por muchos, que aparece en todos los medios y que incluso ha sido reconocido por el Premio Nacional, estaría desesperado por catarlo y degustarlo. A lo mejor, quién sabe, luego no me agradaría, pero nunca tomaría una postura intolerante y, mucho menos lo despreciaría como si fueran uvas verdes de la fábula de Esopo. Pensaría que es un ejemplo más de la riqueza y diversidad de la cultura y, posiblemente, de mi ignorancia a la hora de apreciarla. Pero la respetaría.
Quizás esté equivocado. Es posible que mi postura sea demasiado utópica… pero también me enseñaron a creer en lo imposible. Cosas de la educación, ya sabe. Quiero pensar que la intolerancia no existe en el mundo de la cultura y que la inteligencia demanda la curiosidad. Su artículo, por desgracia, me habla precisamente de lo contrario. Me parece incomprensible que alguien renuncie de forma consciente a una cultura, aunque por supuesto está usted en su derecho.
Pero no sabe lo que se pierde.
Un saludo
Álvaro Pons