Supremos que no lo fueron

escuadron1Aprovecho la nueva edición de Panini para releer la miniserie de Escuadrón Supremo, firmada por Mark Gruenwald y dibujantes como Bob Hall, Paul Neary o John Buscema. Un tebeo que indaga en una interpretación realista del género superheroico, explorando sus límites y considerando a los héroes no como los entes de maniquea perfección de la Golden y Silver Age, sino como seres ambiguos y sujetos a las mismas miserias que el resto de la humanidad. Héroes que se arrogan el derecho de decidir qué está bien y qué está mal, convirtiéndose en espejismos deformados de los dioses en los que se basan.
Esta sucinta descripción haría pensar automáticamente en uno más de los muchos hijos bastardos de ese punto de inflexión que en su día supuso para el género la aparición de Watchmen y The Dark Knight Returns, sin embargo hay un detalle distintivo: la miniserie de Escuadrón Supremo aparecía en 1985, adelantándose en unos meses a la revisión adulta del género que definieron las obras de Moore y Miller. En estas versiones Marvel de la Liga de la Justicia de la editorial DC, Gruenwald establece muchas de las ideas que posteriormente encontraríamos, incluso el personaje equivalente a Batman, Halcón Nocturno, representa a la perfección esa personalidad de off-sider con valores inamovibles tan característica milleriana, pero añadiéndolo un interesante matiz contradictorio -casi esquizofrénico- al convertirlo en presidente de loa EEUU en su personalidad secreta (Miller habría hecho maravillas con esa idea).
Pero Escuadrón Supremo no ha pasado a la historia del medio. Ni siquiera del género. Es recordado por muchos, indudablemente, pero cuando se habla de obras miliares del género, suele ser olvidada, pese a sus muchos valores.
¿Por qué?
Pues se me permitirá especular con tres posibilidades:
La primera, derivada de un aspecto fundamental: el gráfico. Escuadrón Supremo es un producto de una concepción narrativa anclada en los 70. Frente a la revolución formal que supusieron las obras de Miller y Moore y Gibbons, Bob Hall, Paul Ryan, Paul Neary y John Buscema se limitan a una interpretación anodina, donde la fundamental caracterización psicológica a través del dibujo se queda en un seguido de muecas teatrales, poco compatible con las necesidades de una obra de aspiraciones realistas. Los dibujantes realizan su trabajo con oficio, pero siguiendo los cánones tradicionales del género, cuando una obra de estas características precisa de un esfuerzo y tratamientos diferenciados, como bien entendieron Gibbons o Miller. No es necesario desarrollar la brillantez y carga de innovación formal de estas propuestas posteriores, desde luego, pero el cambio de mentalidad obliga a una concepción diferenciada que debe traducirse también en lo gráfico. Mantener las estructuras narrativas clásicas puede ser útil, pero utilizarlas como plataforma de un nuevo mensaje implica delicados equilibrios que sólo están al alcance de unos pocos (sin llegar al extremo de la sugerente propuesta de Sikoryak).
escuadron2La segunda, la poca profundidad y definición psicológica de los personajes. Gruenwald intenta denodadamente incluir conceptos y comportamientos claramente adultos, que en muchos casos recordarán a esa chispa primigenia de esta nueva aproximación que fue el Miracleman de Alan Moore, pero termina siempre enfrentado a unas actitudes heredadas de planteamientos anteriores. A priori, no sería mayor problema: el contraste entre ese maniqueísmo de los años 50, 60 y 70 nacía de la clara vocación infantil y juvenil del género (impuesta si se quiere, por el Comics Code, pero asumida plenamente por la industria), por lo que enfrentar lo que hasta ese momento era una de las particularidades del género con un pensamiento nuevo, adulto, podía derivar en una interesante metareflexión sobre la evolución del género. Introduce, por ejemplo, la mortalidad y el sexo como elementos naturales, frente a su presencia casi tabú en el género (es curioso como antes de este cambio, las pocas muertes de personajes eran tratadas como eventos cruciales, traslación en cierta medida de la asunción de la muerte como definidor de la maduración del joven), pero su tratamiento choca con el uso de todo tipo de clichés y tópicos en la caracterización de los personajes, a veces derivando en un ridículo anacrónico. Gruenwald intenta seguir, en cierta forma, el camino de planteamiento realista que O’Neill y Adams ya habían iniciado una década antes, pero su melodramatismo exagerado y teatral, perfecto para las excelencias gráficas de Adams, se queda aquí excesivamente antiguo y, además, lastrado por esas gestualidades impostadas de las que hablaba antes.
Pero sobre todo, ya en tercer y último lugar, en la obra de Gruenwald hay una carencia fundamental: la concepción global de la obra. Tanto Dark Knight Returns, como no digamos Watchmen, son obras en las que se entrevé un cuidadoso y laborioso trabajo previo de engarce integral. No es necesario llegar a esa perfección de relojero –en lo externo y en lo interno- de la obra de Moore y Gibbons, es obvio, pero Escuadrón Supremo avanza a golpes y con irregularidades, planteando demasiadas historias paralelas que tienen sentido en la tradición de relleno del continuará superheroico, pero no en un relato con unas aspiraciones que van más allá del sano entretenimiento. Gruenwald parece no atreverse a cruzar esa línea que luego se atravesaría ya sin retorno, quizás consciente de lo que implicaba o, quizás, demasiado atenazado –o mediatizado- por la tradición, lo que se traduce en una línea argumental que se pierde en muchos momentos.
Pese a todos los peros, es indudable que la obra guionizada por Gruenwald es atractiva y anticipa muchas de las claves adultas que hoy son cotidianas en el género, gozando además de una sorprendente capacidad profética en algunos momentos (sirva de ejemplo este diálogo de las primeras páginas: “tras la súbita retirada de las fuerzas estadounidenses, todo es un caos…¡la economía, la industria, el suministro de alimentos..! […] El resto del mundo odia a América con una pasión aterradora, suerte que reunimos todo el arsenal nuclear.”), pero su lectura aporta además claves, por comparación, para entender las razones que convierten a una obra en referente o punto de inflexión de un género y, sobre todo, en perenne.

9 Comentarios en “Supremos que no lo fueron

  1. Muy interesante reseña, Alvaro.

  2. Radar on 19 octubre 2009 at 11:05 said:

    Debería releerme el tebeo, que me dejó muy buen sabor de boca, para poder discutir sobre los defectos que comentas. Lo que sí es cierto es que encuentro una injusticia que se olvide con tanta frecuencia. Supongo que es el problema de tener ante él gigantes que dan sombra

  3. John Space on 19 octubre 2009 at 11:35 said:

    Pues sí. Pese a que la idea era burlarse de DC, supieron hacer un buen cómic, como correspondía a los "good old" 80.

  4. tezuka on 19 octubre 2009 at 13:20 said:

    Álvaro, ¿es cierto que se mezclaron las cenizas de Gruenwald con la tinta con la se hizo una reimpresión de esta serie?

  5. mariano on 19 octubre 2009 at 18:52 said:

    Por cierto, Álvaro, ¿nota? es que con tantas cosas mejores y peores no sé hacia donde escoras el global.

    Gruenwald, la verdad que lo poco que he leído de él no me pareció buen guionista…lo que no quiere decir que no sea buen argumentista, el tío tenía ideas.

  6. Flash! on 19 octubre 2009 at 20:06 said:

    ¿Y esta nueva edición de Panini qué tal está…?

    • Álvaro Pons on 19 octubre 2009 at 20:14 said:

      "¿Y esta nueva edición de Panini qué tal está…?"
      Bien en general, aunque yo tengo un serio problema con los colores de estas nuevas ediciones, que se empeñan en reproducir el color original sin tener en cuneta que la técnica y papel son muy diferentes, con lo que los colores parecen un viaje psicodélico…

  7. Ivan on 22 octubre 2009 at 11:57 said:

    A mi me parece un tebeo aburridísimo.

    Yo recuerdo tener que leerlo a trompicones porque no había manera de que me enganchara o me entretuviera.

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