Novedades de Glénat de Diciembre

De las novedades de Glénat de Diciembre (PDF de novedades en castellano y PDF de novedades en catalán), destacar la nueva entrega de la particular revisión que está haciendo Carlos Portela de Las nuevas aventuras de Esther, el comienzo de la edición de Gringo para los completistas de Carlos Giménez y una recuperación que emocionará a muchos nostálgicos: el Jan Europa de Edmond. Sin olvidar, El hijo, la nueva obra de los autores de la interesante Santo Cristo.

Génesis

La confusión entre autor y obra es inherente a la propia naturaleza del conocimiento humano. Por mucho que intentemos racionalizar que una obra deja de ser de su autor desde el momento que abandona sus manos, asumimos la conexión entre obra y autor como una especie de relación causa-efecto de imposible disolución. A priori, es lógico: la contextualización de una obra se produce a través del momento y vivencias del autor y cualquier análisis intentará desarrollar líneas de evolución entre las obras que anteceden y suceden a la considerada, enriqueciendo la opinión final sin olvidar el respeto a la obra como elemento independiente en sí mismo. Sin embargo, en el caso de autores de gran carisma o fuerte personalidad, esta identificación obra-autor corre el peligro de convertirse en una rémora de imposible eliminación, que puede llegar a fagocitar completamente la obra. Son esos casos donde se presupone el valor de una obra sólo por el nombre del autor o, peor, se cambia el juicio de una obra por los prejuicios que se tenga sobre el autor. Es más, la fuerza de esta influencia del autor sobre la opinión de una obra llega a ser tal que puede tener devastadores efectos retroactivos: cuántas veces nos ha pasado que descubrir la personalidad de un autor nos ha llevado a reconsiderar la valoración que teníamos sobre una obra que, anteriormente, nos había parecido inconmensurable y ahora vemos con todo tipo de aprensiones. Se llega incluso hasta el absurdo de arrasar completamente el trabajo de contextualización que se pueda aportar para analizar la obra. Los ejemplos en la historieta son muchos: desde Al Capp y Milton Caniff a Dave Sim o Frank Miller, autores de obras clave para entender la evolución del noveno arte y que han sido (y son) minusvaloradas muchas veces desde consideraciones que son ajenas a las propias obras y que recaen en la personalidad del autor. Pero seamos claros: la deriva ideológica de Capp o Caniff puede afectar mucho a sus últimas obras pero no invalida ni un ápice los logros de las anteriores. Es obvio que la personalidad de un autor se puede plasmar en sus obras, pero la realidad dicta que no siempre es una plasmación directa. Incluso si supiéramos que no existió tal deriva ideológica, la calidad indiscutible de obras como Li’L Abner o Terry y Los Piratas deberían hacernos olvidar por completo la personalidad del autor a la hora de valorarlas. Extender la admiración por una obra a la automática admiración del autor tiene como resultado profundas decepciones que nos llevan a estos equívocos. Se entra entonces en un problema todavía mayor: la interpretación de la obra, que se debe realizar desde el criterio personal en tanto relación unívoca de descubrimiento, de qué provoca en el lector, se convierte en una suerte de juego de adivinación para intentar desenmascarar al autor y descubrir sus intenciones. La contextualización de relación entre autor y obra, que debería enriquecer el análisis para favorecer el descubrimiento de nuevas claves, deviene en un simple juicio al autor donde la obra no importa.
genesisportadaEl mismo razonamiento se puede aplicar al Génesis de Robert Crumb. Desde el primer momento, y sin estar siquiera publicada, la obra ha generado ríos de opinión que se han basado en la personalidad y trayectoria de su autor. Unos, esperando una parodia destructiva y mordaz que pusiera en ridículo uno de los libros básicos de la doctrina cristiana. Otros, pensando que por la misma razón sería una provocación, una ofensa herética con el único afán de reírse de sus creencias. Incluso muchos pensarían que el señor Crumb pagaba factura por sus muchos años de excesos psicotrópicos y definitivamente perdía el oremus, pasándose al bando de los fundamentalistas religiosos, que ya contaba con importantes miembros dedicados al arte del plumín. En todos los casos, el Génesis de Crumb había sido prejuzgado y sentenciado sin ni siquiera abrir una página. El pecado, ser la obra de uno de los autores más importantes de la historia del tebeo, verdadera fuerza motriz de una forma adulta de entender el tebeo.
Pero lo cierto es que sólo ahora, con el libro en las estanterías, es cuando podemos valorar de verdad la nueva obra de Crumb. Es difícil, pero no imposible: hay que dejarse llevar por la obra sin condicionantes previos, intentando descubrir los sentimientos y sensaciones que nos provoca, que nos llevarán, de forma inexcusable, a interrogarnos sobre las intenciones del autor, consiguiendo un análisis que nazca sin la exclusión del prejuicio.
En mi opinión, dos palabras describen y resumen perfectamente mi opinión sobre El Génesis de Crumb: fascinación y reto.
Fascinación por un texto que forma parte del mayor compendio de leyendas de la historia de la Humanidad, el Antiguo Testamento. El gran desconocido, pasado siempre por un tamiz edulcorante y sintetizador que Crumb ha eliminado con una adaptación literal del texto bíblico, que permite recuperar en todo su esplendor un texto subyugante que aglutina todas las historias que han sido. El Pentateuco reescribe y asimila como propias todas las tradiciones previas, de Babilonia a Egipto pasando por Sumeria, en una especie de inmenso testimonio de la necesidad del hombre por establecer su trascendencia y que resulta de lectura apasionante, capaz de pasar de la épica a lo tosco, de lo místico a lo mundano casi sin solución de continuidad, entremezclando ideas y conceptos a un ritmo apabullante para dotar de ese sentido lógico de causa y efecto a la humanidad. Crumb apenas aporta más que pequeños pero importantes matices: la elección étnica de los personajes, la ambientación cruda y sucia, lejos de las barrocas y preciosistas interpretación de la imaginería religiosa, pero próximas al conocimiento histórico que tenemos. Se centra sólo en el Génesis (¡qué lástima no ver un Éxodo de Crumb!), provocando al lector no en la supuesta sorna del texto bíblico, sino paradójicamente en la continuación de su lectura, que aislada de las consideraciones religiosas se descubre en un arrebatador y dramático texto. Transmite con perfección esa fascinación por un libro que, como dice en la introducción, está en el inconsciente colectivo.

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Y reto, sobre todo reto. La excelencia gráfica de la adaptación de Crumb, el cuidado y preciosista trabajo de dibujo, las complejas pero acertadas elecciones narrativas… A poco que uno vaya pasando las páginas es casi imposible no sentir esa sensación de reto autoimpuesto, de reivindicación del dibujo. Tradicionalmente, la obra de Crumb se analiza desde una consideración casi literaria, que se centra en sus contenidos argumentales, en sus provocadoras propuestas e ideas. Ha generado debates acalorados sobre la droga, la religión, el sexo o la política…, ha sido protagonista de tesis doctorales y de todo tipo de estudios. Se ha repasado su influencia e importancia… pero pocas veces se ha destacado que, además, Crumb es uno de los grandes dibujantes de la historia. Que ha revolucionado no sólo las ideas, sino también concepciones estéticas y narrativas, paradójicamente desde una consideración casi académica del dibujo. El lector descubrirá en esta obra un libro que se perdía muy distinto en su memoria, pero sobre todo descubrirá a Crumb, al gran dibujante Robert Crumb. Ya no es el autor de controvertidas ideas y mensajes provocadores: es el dibujante que traslada a la narración gráfica un texto tan antiguo como la Humanidad. Una elección que le permite asegurarse que cualquiera conoce lo que va a contar y que le deja vía libre para centrarse única y exclusivamente en la traslación: se despoja por completo de la necesidad de expresar sus ideas y se lanza a la plasmación de una historia, apoyándose además en una literalidad que le permite dedicarse única y exclusivamente a lo gráfico y lo narrativo. El riguroso trabajo de documentación gráfica en cada viñeta, que cuida escenarios, vestuario e incluso utensilios (hasta los platos y vasijas cambian de una época a otra); la cuidada expresividad de los personajes, sobre los que descarga un importante trabajo de comunicación gestual con el que Crumb añade su única interpretación personal del texto bíblico, intentando reproducir unos sentimientos inexistentes en el original; la compleja inclusión de las largas enumeraciones generacionales de forma absolutamente natural en la narración gráfica; la estudiada inclusión de los textos y la tipografía dentro del discurso visual de la página (un punto complejísimo, habida cuenta de la densidad de los mismos); el sutil cambio gradual en la representación de Dios, que pasa de lo próximo a lo inalcanzable… Los ejemplos son interminables y hablan de ese espíritu de reto y superación desde la excelencia gráfica de lo que es, sin duda, el mejor trabajo gráfico de Crumb, de una belleza incontestable.

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Fascinación y reto que obran en el lector una respuesta inusitada, que permite entender el éxtasis religioso que provoca su lectura desde una postura de reflexión completamente laica. La rigurosidad documental de la exposición gráfica, frente a la literalidad textual, se unen para conseguir que el lector pueda obtener una lectura completamente distinta del primer libro del Pentateuco, que permite adentrarse en él tanto desde una perspectiva histórica como sociológica y, por supuesto, de reflexión sobre la condición humana, pero sin dejar de lado una indudable componente emotiva ligada a la formación de base cristiana que todos hemos tenido. El Génesis (y, en extensión todo el Antiguo Testamento), seamos creyentes o no, forma parte de nuestro imaginario personal.
El reencuentro que Crumb nos propone es una experiencia única, un primer paso para indagar sobre el sentido de nuestras creencias, a la par que uno de los despliegues gráficos más bellos de la historieta.