¡Vivan los experimentos!

Hay quien dice que la casualidad no existe, que es el destino que nos juega malas pasadas. Quién sabe. Servidor prefiere pensar en ese romántico universo de caos azaroso que describe la física, que permite que con apenas unas horas de diferencia lea dos obras aparentemente tan distantes y distintas como Paquidermo de Frederick Peeters y El experimento, de Juaco Vizuete. paquidermonUna, la del suizo, que narra una aventura en los años 50 a medio camino entre el onirismo y las películas de espías de serie B de la guerra fría; otra, la del español, que se lanza sin red a la piscina de las referencias de la cultura (pop)ular de los lectores infantiles de los años 70. Premisas que, seguramente, las adjetivarían a priori como muy diferentes, pero que gracias a una lectura contigua en el tiempo desarrollan una particular relación entre ellas, retroalimentándose en el efecto sobre el lector (por lo menos en uno, el que esto escribe) y compartiendo finalmente mensaje único: la sutil relación entre ficción y realidad, ese tejido inconsciente que nos lleva de los sueños imaginados a las realidades vividas. Lo hacen, además, desde un juego de simbolismos consciente, en el que ambos autores dejan en el lector la responsabilidad de una interpretación que, obligatoriamente, será personal y aceptará con dificultad la traslación a otro lector. Sin embargo, ese universo simbólico que desarrollan resulta tener características propias en cada caso, ambas desde una perspectiva que nace en el imaginario colectivo de cada época considerada pero desde consideraciones alejadas. Peeters se centra en la década de los 50, en esa época de guerra fría donde los rusos (ergo los malos malosos en la interpretación mediática dominante en Occidente) estaban a la vuelta de la esquina dispuestos a comprar todos los secretos. Un escenario en el que la protagonista vivirá una experiencia onírica de clara raigambre freudiana, con símbolos y alegorías de obvia inspiración sexual (la vagina, el coito, la maternidad, el adulterio, entrar en un mundo distinto a través de una vagina…) que se codean sin problemas con otros de interpretación más clásica (la muerte, la vejez, el paquidermo reiterativo en su obra…) en un conjunto de evidente inspiración psicoanalítica. Onirismo como referente de análisis que se entremezcla con la realidad en una propuesta que no por previsible deja de ser atractiva, sobre todo por la ventaja añadida que lo gráfico aporta a lo simbólico en tanto impacto visual. Frente a la descriptiva literaria, el simbolismo representado gráficamente actúa de forma inmediata, sin la necesaria intervención de una interpretación que traduzca las palabras a concepto. Un atajo perceptual que evita las defensas de la razón y permite que el dibujo ataque desde un nivel subconsciente para propagar sus efectos con rapidez.
experimentoPero Vizuete, si bien hace uso también de un cierto onirismo, cambia a Freud por Lévi-Strauss, los sueños por los mitos, por una mitología nacidos desde la cultura popular y representados a través de su última acepción, el género superheroico. Tres fantásticos seres reconocibles, que reescriben el clásico de Kirby y Lee en forma de experimento de reclusión que bebe sin prejuicios de las nuevas fuentes mediáticas de la cultura popular moderna, de Gran Hermano y J.J.Abrams. Expresado todo como en un experimento de narrativa fragmentaria, heredero de la naturaleza episódica de los tebeos de antaño, de cuando no existía el “decompressive storytelling” y en ocho páginas se podía contar una historia, pero aderezada con una síncopa propia de la histeria televisiva de hoy. Y así, con esos mimbres, Juaco teje una estructura que le permite ir deslizando todas esas dudas que el género provoca al lector en sus primeros contactos. El sexo, la personalidad real de los villanos, el enfrentamiento con el exterior como referente de todos los males… Un recorrido que parte de la representación canónica en puesta en escena para lanzar sus dudas como elementos simbólicos, que resumen el comportamiento de los personajes en ese miedo cerval a lo que hay fuera, a unas afueras que más que geográficas son psicológicas: la frontera entre la ficción y la realidad, entre la imaginación infantil contaminada de los pensamientos adultos –el omnipresente sexo- y una realidad a la que ese Peter Pan interno se niega a acudir, cómodo y seguro en su reclusión interior. Y, de nuevo, el contraste final entre lo imaginario y lo real, un jarro de agua fría que traslada la épica de lo imposible a las miserias de lo cotidiano que no deja de ser, en el fondo, una exploración mundana de las condiciones de la creación, de ese entorno del creador que siempre consigue trasladarse a la creación por fantástica que este sea.
En ambos casos experimentación conceptual en lo argumental, ahondando en este caso en las posibilidades evocativas del simbolismo de representación dibujada, pero desde un planteamiento clásico en lo gráfico (en la superficie, hay muchas propuestas en el trabajo de Vizuete que tiene poco de clásico y mucho de Clowes).
Nuevas propuestas, nuevas ideas. Algo que siempre se agradece en el menú.