¡Abajo los experimentos!

Hay que admitirlo: muchos de nosotros estamos profundamente enfermos, contagiados de esa morbosa afección que considera que la calidad está asociada a la experimentación y la vanguardia. Necesitamos imperiosamente encontrar cosas nuevas, sorprendernos a cada paso para considerar que una obra merece nuestra atención o tiene valores suficientes como para ser destacada. Es, dejénme decir algo en mi defensa, una patología lógica, producto del abuso desconsiderado de las lecturas. Al final se produce una especie de tedio trascendental que confunde términos exigiendo una nueva pirueta más alta, más retorcida, más complicada para sacarnos de nuestro hastío. Aunque también se podría decir, por qué no, que cuando ya no existen criterios objetivos de lo que es bueno y malo, cuando el arte ya no responde a una definición académica, sólo queda asirse a la sorpresa. Y claro, la sorpresa se convierte en criterio de calidad, olvidando que tan válido es el asombro por lo nuevo como la admiración por la obra realizada desde el correcto uso de los elementos, sin innovaciones, vanguardias ni experimentaciones. Es complejo no caer en el error de anteponer uno u otro criterio, desde luego: la espuma de tortilla de patata de Adriá es sorprendente y remueve los cimientos de las texturas que asociamos a los alimentos, pero lo es por complementariedad y herencia. La sorpresa viene de la comparación entre la textura conocida y el sabor conocido en una textura atípica, pero para su existencia necesitaba de la clásica y familiar tortilla de patatas. Sin una no existiría la otra.
Pasa lo mismo en historieta: nos maravillamos por las innovaciones y atrevimientos de Peeters y Vizuete (por poner dos ejemplos cercanos, a tiro de ratón) porque comparamos con aquellos que no se atreven a cruzar el cercado de lo establecido. El problema es que, automáticamente, asignamos el papel de héroes a unos y de sumisos a los otros, olvidando que nadie obliga a coger la pastilla roja o azul, que no estamos en Matrix y que, en el fondo, ambas opciones permiten llegar a resultados de excelencia. Optamos por imponer nuestro aburrimiento como regla de nuestro criterio. Y es injusto.
pupilaPero afortunadamente la medicina existe, se llama simplicidad, síntesis, sencillez… Una cura de humildad que nos recuerde que la necesidad real de la experimentación no es sacarnos del tedio, sino descubrir nuevas fronteras. Si alguno de los presentes necesita una dosis importante y rápida de ese remedio mágico, que no dude en comprarse el primer volumen de la edición integral de Gil Pupila, de Maurice Tillieux. Una obra maestra del tebeo francobelga, con una perfecta aplicación de las normas sin estridencias ni sorpresas, pero con una efectividad demoledora. Historias de género policiaco pasadas por el tamiz de la historieta francobelga, con su dosis de humor y un equilibrio perfecto entre la aventura juvenil y el guiño adulto. Una serie a reivindicar, de un autor prácticamente desconocido por estos lares pese a que la serie se publicara en la recordada revista Strong o tuviera un pequeño recorrido en álbum en edición de Casals. La amplísima y extensa introducción permite poner en escena a un autor que absorbió estilos (Hergé, Caniff, Jijé, Franquin, Morris…) para crear un estilo tan indeterminado como personal, a medio camino entre el realismo de Jijé y la caricatura de Franquin que se complementa con unas historias de construcción exquisita y que casi definieron por sí mismas una forma de entender el género (y si no, que se lo digan a Dodier). Perderse por las páginas de este integral de bella factura es recuperar el gusto por el tebeo que basa su calidad en la perfecta integración de lo sencillo, que va mucho más allá del simple oficio de artesano –tan habitual en el medio- para encontrar una buena historia contada con precisión y acierto, que basa su genialidad en lo invisible, en el buen argumento, por supuesto, pero también en la perfección del encuadre, del ritmo, de la puesta en escena. Que no es moco de pavo, oigan. Eso sí tirón de orejas a la traducción de la obra, pelín forzada en algunos momentos.
Compra obligada aunque no sea de aplicación lo dicho al principio.