Schulz

Existe una extraña norma social que obliga a la dicotomía constante: o se es del Barça o del Real Madrid, o de izquierdas o de derechas, o de dulce o de salado, o de mar o de montaña… Hay una especie de obligación tribal, instintiva, a resolver el dilema por un atajo que suele obviar la inteligencia, forzando a la elección más allá de la lógica. Y no se crean ustedes que la cosa es diferente en los tebeos, que el ghetto existió y todavía renquea pero no impide el contagio. Es más, se amplifica hasta la respuesta violenta: o DC o Marvel, o pijamero o gafapasta, o Tintin o Astérix… Con una “o” que refuerza su función de conjunción disyuntiva con exclusión y a conciencia. Y eso pasaba con especial fuerza con Mafalda y Peanuts. O Carlitos y Snoopy, como siempre hemos conocido a la serie por estos lares. En cualquier conversación al respecto, parecía obligatorio llevar un gran anuncio fosforescente que dejara claro el bando a elegir. Y yo reconozco que era de los de Mafalda. De hecho, creo que la gran mayoría de este país era mafaldero, un poco por rechazo al pijerío que se había apropiado del juramento snoopyniano, supongo. Pero éramos fieles a la creación de Quino y, en cierta medida, mirábamos altaneros al cabezón de Schulz. Y eso que Mafalda y sus amigos tampoco se quedaban cortos en cuestiones de perímetro craneal, todo sea dicho.
Carlitos y Mafalda son analistas de lo que afecta al ser humano, tan concienzudos como demoledores, pero con una pequeña diferencia: mientras que el primero se interesaba por aquello que transcendía la intimidad del individuo desde un existencialismo militante, la segunda se dedicaba a lo que agredía al individuo desde el exterior con un compromiso político definido. Supongo que esa diferencia favorecía a la niña resabidilla: es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que en propio. Y además duele menos, por lo que el discurso de Mafalda, en su zahiriente veracidad, era más inocuo para el lector como individuo.
Sin embargo, con el tiempo, y quizás con la edad, para qué engañarnos, las tiras de Carlitos comenzaron a tener un atractivo especial, un añadido de identificación con la experiencia que quizás antes habíamos dejado pasar por ignorancia o miedo. Y, al mirarla con otros ojos, nos dimos cuenta de que Mafalda era genial, pero no existiría sin Peanuts. Y que Schulz había tenido éxito en un camino difícil gracias a las pistas que le proporcionó Crockett Johnson con su Barnaby, logrando que una pandilla de chicos cabezones se convirtiera en el mejor diván de psicoanalista que la humanidad ha tenido.
Descubrir Peanuts de adulto es una suerte, una experiencia que permite comprobar hasta qué punto la atmósfera corrosiva de la aldea global de McLuhan podía corromper completamente una creación hasta convertirla en merchandising puro que se fagocita a sí mismo hasta hacerse irreconocible.
Y más suerte todavía es disponer de la biografía de Schulz escrita por David Michaelis, un repaso a la vida del creador de una exhaustividad increíble (sólo superada por la de Milton Caniff escrita por R.C. Harvey) que permite desentrañar claves fundamentales de esta obra maestra. Michaelis explora con minuciosidad todos y cada uno de los pasos vitales de Schulz, documentándolos y encontrando correlaciones que permitan entender la evolución paralela de la serie, comprendiendo hasta que punto Schulz, más que Charlie Brown, era Peanuts. Reconozco que el estilo de prosa engalanada de Michaelis me carga un poco, pero apenas importa ante la avalancha y profusión de datos, ante lo titánico de la investigación, en un análisis tan concienzudo que entierra el peligro de caer en la hagiografía. Es todo un privilegio poder asistir como lector a la creación de un clásico, desgranando todas y cada una de las decisiones del autor, desde las personales a las impuestas, comprendiendo simultáneamente a creador y creación. Me ha gustado, sobre todo, la inclusión de tiras que apoyan la tesis de traslación entre lo que vemos en la serie y la vida del autor (una labor nada fácil, más de 15.000 tiras no favorecen encontrar las coincidencias), en una especie de paso continuado entre las bambalinas y el escenario. Actúan como un inesperado refuerzo de la investigación, como aseveraciones de las tesis de Michaelis que permiten una perspectiva diferente, uniendo con fortuna vida y obra. Y también por supuesto, explorando ese camino que llevó a la serie a ser el primer gran éxito mediático de la tira de prensa, la primera que trascendió la viñeta para convertirse en carne de merchandising.
No se puede dejar de lado la polémica desatada sobre el libro, con las acusaciones de los hijos de Schulz, que acusan a Michaelis de haber recreado una imagen falsa de su padre. Pero precisamente esas tiras refuerzan las tesis del autor frente a cualquier crítica. Es posible que sea necesario investigar más sobre Schulz y Peanuts. La grandeza de la obra lo merece, pero sin duda éste es un primer paso excelente y necesario.
De lectura obligada.

Plan editorial de Panini para 2010

Tras un laaaaargo goteo, ya se puede consultar en Marvelmanía el plan editorial completo de Panini para 2010. A destacar la edición en tomo del Lobezno de DasPastoras, el recopilatorio de las interesantes Strange Tales (el equivalente Marvel a Bizarro Comics) y, como siempre, la edición de clásicos, con los Vengadores de Barry W. Smith o ese inmenso (y supongo que inmanejable, qué manía con los mamotretos) volumen de Estela Plateada.