Parecer es mentir

Decía Vargas Llosa en sus recomendaciones a los jóvenes novelistas que “la sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético”. Afirmación atrevida, por aquello de trasladar un concepto basal de la conducta ética al aparentemente más superficial de la creación artística, pero que en historieta adquiere una inusitada clarividencia y realidad. Cuántas veces, leyendo una historieta, pensamos casi automáticamente en “sinceridad” como concepto definidor y caracterizador, en una concatenación de ideas que sólo puede nacer de unos matices gráficos que van mucho más allá de un estilo de dibujo. La intangibilidad de lo “sincero” no pude ilustrarse, pero sí formar parte de una historieta gracias a la capacidad de otro recurso tan elusivo como imperceptible para el lector: la narración gráfica. Y no es ejercicio fácil, es algo que debe nacer desde dentro del autor, arrancando desde una profundidad que hace sencillo descubrir el ejercicio impostado de aquél que intenta jugar al sentimentalismo ficticio. Ya avisaba Sabato, citando a Gide, que la sinceridad sólo aparece cuando la vocación del artista es irresistible y quizás esa es la condición diferenciadora, la frontera entre la obra que desprende ese sentimiento de sinceridad y la que huele de lejos a falsedad. Es algo que pasa leyendo Parecer es mentir, de Domenique Goblet, obra de la que ya hablé por aquí con motivo de su edición francesa y que me vuelve a prendar en su edición en castellano (espectacular y soberbia, todo sea dicho, todo un tour de force por la complejidad de la adaptación de las fundamentales tipografías de Goblet, completamente integradas en el dibujo). Cuatro capítulos que llevan a dos vidas, la pasada y la presente. La primera, centrada en la relación de la autora con su padre y su madre, difícil, marcada por malos tratos maternos y la ausencia de un padre demasiado enfrascado en la botella y otros menesteres, proyectando una sombra constante de identificación. La segunda su vida presente, donde su relación de pareja está llena de dudas y miedos. Entre los dos momentos, preguntas que se deslizan. ¿Está condenada a repetir una madre con su hija aquello que sufrió cuando ella misma fue hija?¿Es imposible que reconozca el amor quien no lo ha mamado de pequeña? Las visitas de Domenique a su familia son tensas, nerviosas, llenas de ira contenida y de ofensas que no han alcanzado el olvido. Comidas familiares plenas de reproches ocultos bajo una capa de educada pose que la autora dinamita con un estilo que va rompiéndose a medida que las situaciones se van complicando. Un dibujo sucio, infantilizado, donde las figuras humanas se representan a través de imágenes deformadas por la visión de un niño, expresando el desasosiego que marca la relación desde la infancia. Un juego simbólico de estética pura que transforma la escena en un retrato vitalmente sensorial, sensitivo, que trueca el retrato fidedigno por la representación de sentimientos a flor de piel, con una tipografía protagonista que a medida que la corrección se quiebra se desliza hacia lo infantil recuperando la esencia de lo sincero. Y, entre el pasado, la proyección a un presente donde los problemas de la infancia parecen trasladarse a inseguridades de la madurez, con ese presente donde la relación de pareja de la autora aparece marcada por la omnipresente presencia de una antigua novia. A diferencia de la alteración nerviosa que provoca el padre, ahora tenemos miedo y dolor, el titubeo vacilante de quién ya no confía en sí misma y, de nuevo, el dibujo cambia para acoplarse a esa necesidad expresiva. De una paleta cálida a otra más fría, alejándose del rupturismo formal del capítulo anterior para entrar en una pausada sencillez donde los sentimientos pasan a ser simbolizados por imágenes fantasmales que acompañan todas los encuentros. Indecisiones y recelos unidas como receta perfecta para la depresión, pero que la autora logrará exorcizar a través de la propia historia que nos cuenta: en el fondo, no estamos ante una obra, sino ante cuatro misivas donde la autora se desnuda emocionalmente ante cualquiera que lo quiera leer. Dice Menu en el prólogo que fueron necesarios doce años para hacer esta obra. No es extraño: no debe ser fácil sacar ciertas cosas, dejar expuestos los demonios propios sin temor a que pase alguna factura. Pero Goblet lo hace, con valentía, escudándose precisamente en esa sinceridad aplastante que esperamos de quien nos remite una carta privada. Y el lector la recibe desarmado, convirtiéndose en una antiguo amigo que revive una amistad perdida en la lejanía, sabiendo del dolor de su amiga, pero también de su alegría, contagiando sensaciones con una facilidad apabullante.
Resulta difícil encarar una nota sobre este libro con la suficiente distancia como para aislarse de los sentimientos que provoca esa sinceridad rezumante en cada página, incluso en esas páginas finales que evocan a Rothko sobrepasándolo con unas sencillas palabras que desbordan el guiño al lector cómplice.
Es un libro bello como pocos. (4+)

Dos notas:
1) Mis felicitaciones a Norma por la extraordinaria edición. Era complejísimo trasladar todo el juego tipográfico y los juegos de palabras (parte del texto está en “bruselense” y forma parte consustancial de la historia), pero han logrado una edición de matrícula.
2) Algunas páginas de la edición francesa y un avance de 15 páginas de la española