Novedades de Norma para el Salón

Ya está disponible el PDF de novedades de Norma para el Salón. A destacar, el primer integral de Adèle Blanc-Sec de Tardi y ¡Puta Guerra!, del mismo autor (en formato reducido, snif…); La teoría del grano de arena, de Peeters y Schuiten, el interesante Blast de Manu Larcenet; una nueva entrega de Inside Moebius; Todo el polvo del camino, de Wander Antunes y Jaime Martín; La canción de los gusanos, de Álex Romero y López Rubiño; Zero, de Ken Niimura y La leyenda de Son Goku de Osamu Tezuka.

Cuatro nuevos autores en el Salón

[Nota de prensa[
La lista de artistas invitados de la 28ª edición del Salón del Cómic crece con la presencia de Charles Berberian –creador junto a Phillipe Dupuy de Monsieur Jan–, Bastien Vivès, Merwan Chabane –autores de uno de los grandes éxitos recientes del cómic franco-belga, la odisea romana Por el Imperio– y de la guionista de cómics de superhéroes Gail Simone, bien conocida por los aficionados del género gracias a sus colaboraciones con Marvel y DC en series como Wonder Woman o Aves de Presa.
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Alicia

No resulta fácil explicar qué es Alice in Sunderland. Una obra extraña, compleja, tan exagerada como desmesurada y, a la par, sugerente y atractiva, que quizás se podría resumir tanto como el exceso de un autor henchido de megalomanía, como por el delirio de un genio…
Es difícil porque, básicamente, Talbot intenta explicarlo todo. Y cuando digo todo, entiéndase como una vasta “teoría del todo” que busca encontrar todas las conexiones entre lo real y lo irreal.
Ese “todo” comienza en un teatro de Sunderland, una pequeña población del nordeste de Inglaterra, donde un actor comenzará a tirar de una cadena infinita llamada Alicia, en la que cada eslabón es un dato, una fecha, un personaje, una persona, un hecho… Enlazados fuertemente hasta el punto en que la famosa teoría de los 6 grados de separación entre dos personas se queda en una minucia ante esta hipótesis de conexión universal en la que las personas llevan a los personajes, éstos a los lugares y los lugares a los hechos, que de nuevo conectan con personas, que pueden ser autores que crean personajes que sueñan con otros lugares… y así hasta el infinito. El juego de prestidigitación de Talbot tiene tanto de engaño como de magia, consiguiendo enlazar de forma fluida lo increíble, logrando que realidad y ficción se difuminen en un único universo de complejo barroquismo donde miles de aleteos de mariposas logran millones de extrañas coincidencias. No hay argumento real en Alice in Sunderland. Hay, sí, la excusa del encuentro entre Alicia Lidell y Charles L. Dodgson, pero en las páginas del libro lo que encontramos es un inmenso río de conexiones, a veces como una reacción en cadena donde una carambola genera un ramillete de cientos de carambolas posteriores, a veces sólo como un débil nexo de unión. Pero Talbot siempre encuentra ese lazo invisible para anudar su enganche, su paso al siguiente vínculo, siempre con la Alicia de Carroll como inspiración de ese nuevo universo autocontenido.
Y así, lugar, personaje, persona y hecho se funden en un único cristal de infinitas facetas: dependerá sólo desde dónde lo miremos para que veamos uno u otro.
Un exceso tan ambicioso como casi inalcanzable, pero perfecto para un autor como Talbot, siempre dado a la desproporción barroca, recargada, con un patológico horror vacui gráfico que aquí se transforma en un cúmulo de estilos, de experimentaciones, casi en una especie de inmenso collage donde ideas y grafismos se superponen sin solución de continuidad. El minucioso trabajo de documentación previo que ya se veía en obras como Luther Arkwright o El corazón del imperio llega aquí a la categoría de auténtico orfebre, obsesionado en convertirse en una especie de parca capaz de hilar ese inmenso tapiz que recoja lo imaginario y lo real.
Ante semejante desafío, era fácil caer en el desvarío desquiciado, convirtiéndose en el demiurgo definitivo, pero Talbot tiene siempre un ancla en la realidad a través de un espectador aburrido, que asiste impertérrito al impresionante despliegue espacio-imaginativo-temporal y que recuerda a lector y autor que es todo un ejercicio de imaginación, como bien certifica el irónico final, quizás previsible y tópico, pero perfecto para cerrar el juego que propone Talbot.
Quizás el mayor problema que se le puede achacar a la propuesta del autor (más allá de entrar en el juego de conexiones, claro) es que esos excesos temáticos funcionan mejor en la corta distancia que en la larga extensión elegida para la obra, con más de 300 páginas. Lo que comienza siendo fascinación, no pocas veces se transforma en tedio ante una cascada de datos e ideas que, por acumulación, acaba siendo un continuo indistinguible que puede aburrir. Pero, eso sí, nunca deja indiferente.
Un tebeo a leer, pero con precauciones: leído a pequeñas entregas, resulta un ejercicio intelectual sugerente y original. De un tirón, el empacho es indigesto.
Alice in Sunderland, de Bryan Talbot. Random House Mondadori.