Las aventuras de Gustavo

Qué sensación más extraña se tiene cuando pasa las páginas de la cuidada y lujosa edición integral que publica La Cúpula de Las aventuras de Gustavo, de Max. Ya lo comentaba Jordi Costa en la introducción de Fuga en la modelo: hay algo de cínica y cruel broma de la historia en ver cómo lo que fue icono de la contracultura, de la rebeldía y la lucha contra los establecido termina en una edición de papel de alto gramaje con lomo de tela y casi, casi, como un artículo de lujo. Al final, el mercado fagocita y asimila todo hasta hacerlo irreconocible y quizás, hasta cambiándole el mensaje. Que se lo digan a Duchamp.
Aunque también, en el caso de Max, hay otra lectura más interesante: la de la evolución constante de un autor que ha elevado la inquietud artística a bandera personal. No se puede leer hoy Las aventuras de Gustavo sin tener clara esa constante investigación y evolución que va desde aquellas historietas de El rrollo y El Víbora al Bardín que del siglo XXI. Es la única forma de entender cómo autor y obra se entrelazan en una línea única de interés. Primero, con la pasión casi adolescente de quien tiene urgencia por contar lo que siente, casi irreflexivamente, con ardor y entusiasmo infinitos. Gustavo nace ahí, en esos años 70 donde los pocos Zap Comix que llegan a España rompen los esquemas de los jóvenes aspirantes a dibujantes y se convierten en catalizadores de un movimiento underground rupturista y radical, que no sólo se enfrentaba con la tradición historietística anterior y con la cultura establecida como sus colegas americanos, sino que tenía que luchar contra una dictadura y sus coletazos, jugándose el tipo por defender la libertad. Y Max, claramente influenciado por Shelton o Crumb, crea un personaje carismático, que plasma la necesidad de rebeldía de una época con un sosías de sí mismo y de sus ideales, directo, buscando la denuncia de aquello que considera injusto. Leído hoy, más de 30 años después de su concepción, no es difícil entablar conexiones entre el Max de Gustavo y Max de Bardín, en un largo camino donde la edad y la experiencia han aportado reflexión y sabiduría a las ideas, pero donde la curiosidad y necesidad de buscar nuevos límites permanece impoluta pese al paso del tiempo. Si la ruptura de Gustavo era explícita y radical, la de Bardín esconde su carga en una gruesa capa de ironía e inteligencia, que hace que el estallido sea más profundo y efectivo. En ambos casos, historietas que buscan que el lector se replantee lo establecido.
La verdad es que volviendo a leer Las aventuras de Gustavo, uno echa en falta el papel y la grapa de ese fanzine fotocopiado o la revista guerrera donde vieron la luz por primera vez, aunque quizás el mayor problema es reconocer que lo que para uno pueda ser interés nostálgico para otros es casi arqueológico, qué se le va a hacer. Eso sí, sea por una u otra razón, un volumen necesario para recuperar la evolución del tebeo español y de ese gigantesco autor que es Max.