Novedades Astiberri de mayo

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ESSEX COUNTY 3: LA ENFERMERA RURAL, de Jeff Lemire. Rústica con solapas. 128 págs. BN. PVP: 13 €
SOLOMON KANE, de Robert E. Howard, ilustrado por David Rubín. Novela. Cartoné. 296 págs. BN. PVP:20 €
EL GOLEM, de Gustav Meyrink, ilustrado por Santiago Valenzuela. Novela. Cartoné. 272 págs. BN. PVP:20 €
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Adiós a Little Orphan Annie

Tras 85 años de publicación, Little Orphan Annie, la serie creada por Harold Gray dejará de publicarse el próximo 13 de junio. Una serie paradigmática que comenzó a publicarse el 5 de agosto de 1924 y cuya popularidad fue tal que llegó a protagonizar no pocos seriales radiofónicos, películas y mucha parafernalia de mercadotecnia. Pese a las polémicas ideológicas, en 1977 Annie se convirtió en un exitoso musical de Broadway, que tendría versión cinematográfica unos años más tarde, dirigida nada más y nada menos que por John Huston (seguro que os suenan algunas canciones de ese musical). Aunque Gray falleció en 1968, la serie siguió publicándose, incluso con firmas tan notables como las de Leonard Starr. Y fue el origen, no lo olvidemos, de otra serie mítica, la Little Annie Fanny de Kurtzman y Elder.
Jay Maeder y Ted Slampyak, los actuales responsables de la serie, serán los encargados de decir adiós a este mito de la tira de prensa, que recientemente había comenzado a recuperar IDW.

Duelo de caracoles

No me gustan los caracoles. Lo siento, pero servidor, en general, no puede con los moluscos de concha, sean gasterópodos o bivalvos. Cosa aparte son los cefalópodos, que me pirran. Cosas de los gustos. Pero no se me ocurre pensar que los consumidores de los primeros son perversos deglutidores de babosas –vale, sí, lo he pensado, pero uno todavía tiene vergüenza de decir ciertas cosas- ni que lo único que se debería servir en los bares son ricas tapas de cefalópodos a la plancha o a la romana (¡ay!, pero si no las tienen, me voy, incoherente que soy, mil perdones). Es lo normal, digo yo, que uno defienda sus ideas y gustos, pero sin intentar imponerlos a los demás como canon de obligado cumplimiento.
Pero, ¡ay!, qué diferente es la historieta a la gastronomía. Qué fácil es intentar imponer gustos y no simplemente compartirlos sabiendo que en la mesa hay variedad para todos los paladares. Viene al caso el ejemplo anterior por obvia correlación de ideas. Es ver la portada de Duelo de caracoles, de Sonia Pulido y Pere Joan y asaltarme la contradicción inmediatamente: ¿Caracoles?…Puagggg. ¿Sonia Pulido+Pere Joan? Guauuuuu! Pero, también, echar un vistazo a las páginas y automáticamente comprobar cómo la concepción de la historieta de Sonia y Pere es fresca y distinta, dinamitando las habituales anteojeras con las que se ve el noveno arte. Esa tradición que dice que la secuencia de la historieta es obligatoriamente deudora de la concepción cinematográfica y que no existe otra posibilidad. Lo explica perfectamente Santiago García: una concepción que nace del magisterio de Caniff, que no fue el primero en traducir los elementos narrativos del cine a la historieta (igual que el cine antes los había tomado prestados de la historieta), pero sí el más exitoso a la hora de aplicarlos, consiguiendo algunos de esos momentos inolvidables del noveno arte. Era lógico el paso que dio Caniff: la tira de prensa, limitada a apenas tres o cuatro viñetas se adapta como un guante a esos recursos secuenciales. En tan reducido espacio, se deben olvidar por imposición otros recursos nacidos de considerar la página como unidad narrativa –que tampoco es obligado, ojo-. La cuestión es que, después, ese estilo se pasó a la página y casi siempre se olvidaba que la historieta permitía mucho más que esa consideración de la secuencia puramente cinética-cinematográfica. Que la página es un espacio de topología ignota que permite cualquier geometría y que el lenguaje de la historieta no está restringido a esa única forma narrativa, sino que permite cualquier otra. Pero, ya se sabe, hay veces que es difícil luchar contra la herencia y parece que la que dejó Caniff fue tan superlativa que abandonarla era casi herejía. Pero oigan, que no hace falta hacer apostasía de lo establecido y ser irrespetuoso con lo magistral para entender que hay nuevos caminos y formas diferentes de entender la historieta. Como hacen Sonia y Pere en Duelo de caracoles. Ya lo llevaba avisando Sonia Pulido desde hace tiempo: su interpretación de la historieta es desvergonzada, festiva y un punto irreverente, capaz de tomar aquello que le interese de cualquier otro lenguaje con tal de que sirva a sus propósitos. Y claro, un francotirador de la categoría de Pere Joan no podía dejar pasar la ocasión de dejarle a la dibujante los platos servidos en bandeja. Con una historia donde poder exprimir al máximo esas posibilidades infinitas que la dibujante plasma en cada viñeta. Rompe la estructura lineal de la página y crea estructuras narrativas propias, se permite jugar a usar partes de la viñeta como escenarios teatrales al mejor estilo de Gianni de Lucca, toma préstamos de la ilustración de libros de anatomía, de la señalética, de la publicidad o de la ilustración de postales (y cómo me ha recordado a mis admiradísimos Ruppert y Mulot, de los que tengo que hacer laaarga y reposada entrada, que lo que están haciendo estos señores es mayúsculo: la experimentación más interesante y sorprendente que se pueda encontrar en historieta). Todo vale, y Pere, maquiavélico, va lanzando retos sabedor de que la pirueta será cada vez más arriesgada pero con seguridad exitosa.
Y me dirán ustedes, con razón, “pues menudo circo”. Y así sería, posiblemente, de no estar Don Pere Joan de por medio. Dibujante poco reivindicado pero que cuenta sus obras por genialidades y que demuestra en sus escritos una inteligencia preclara y un humor de mordacidad zahiriente. Tras el espectáculo compositivo y color que Sonia va volcando en las páginas, Pere va componiendo un retrato distinto del ser humano, que aprovecha que cuando uno está degustando delicias para el paladar parece que la sin hueso se encuentra libre para expresar aquello que pensamos pero la educación, maneras o timidez impide expresar con libertad. Se sube así en cierta forma al carro de Denys Arcand para narrarnos su particular y cáustica visión del declive de la burguesía, pero sin ese tono depresivo del canadiense, con gusto más mediterráneo, sabedor de que el mundo no se arregla alrededor de una mesa, que sólo es un juego con el que pasar un rato. Deja ese punto tristón y sigue más esa línea azconiana de humor de apariencia amable pero pegada burlona en los bajos (no, no es de la virulencia destructiva de La Grand Bouffe), para demostrar que todos en el fondo somos seres humanos normales y corrientes, con nuestro más y nuestros menos, con alegrías, tristezas, mentiras, verdades, miserias y virtudes. Una especie de caleidoscopio multicolor que sólo con la luz cálida del mediterráneo – esa que Sonia retrata tan bien con su paleta de naranjas, verdes y rojos – da su verdadera imagen. Y que tampoco es tan mala, oigan.
Uno termina de leer Duelo de caracoles y se siente con ganas de tumbarse tranquilamente, a echar la obligada y agradable siesta que viene detrás de la comilona, para rumiar lo comido –leído en este caso- recordando que le tiene que contar a su amiga Chusa lo que decía ésta de los tipos de hombre. O que fíjate éste cuánto se parece a Juan Carlos, ese compañero de clase que hace mucho que no vemos.
No me gustan los caracoles (digo yo que hubiera sido lo mismo, qué se yo, un duelo de paellas o de calçots…), pero oigan, lo que he disfrutado viendo a estos señores comer los dichosos (y puagh horrorosos) gasterópodos.
Un tebeo prodigioso que le pone el listón muy alto a los que vengan detrás este año (y ojo, que ahí en el horizonte está ese García de Fontdevila y, valga la redundancia, García que promete que no vean).(4+)