Wilson

Wilson es un personaje patético. No es la primera vez que Dan Clowes se asoma a lo más mísero de la existencia humana, desde luego. Mostrar hasta qué punto la existencia del ser humano es una tragedia sin posible final redentor es uno de los lugares comunes de la obra de este autor, un tema reiterado desde diferentes aproximaciones pero que, hasta ahora, tenían una lectura irónica que permitía al lector encontrar un clavo ardiendo con el que escapar de la desoladora imagen que componía el americano de la rutina cotidiana. Y aunque en esta nueva obra no pierde ese humor negro que ha sido marca de fábrica, lo deja en un segundo plano, apenas expresado a través de unos diálogos magistrales y, sobre todo, de unas elecciones formales y narrativas que reciben el peso de establecer distancias entre el lector y la realidad que define el autor. Dos opciones que terminarán en una página final que tiene tanto de demoledor desde lo psicológico como de un humor corrosivo, en la estela del mejor Douglas Adams (uno cierra el álbum y no puede menos que mirar al cielo para ver si hay alguna nave vogona en el horizonte…, aunque Clowes nos ha dejado esa responsabilidad). Sin ese soporte evidente, Wilson es un recorrido por la vida humana que no admite la más mínima expresión de piedad: el egoísmo como único elemento motivador de la vida, la incapacidad de establecer relaciones personales más allá de las que tiene con su perro… La palabra patético alcanza su perfecto significado ante la nueva creación de Clowes.
Para escenificar su teatro de lo cotidiano, el autor opta por un cambio de estilos gráficos continuado, como si estuviéramos leyendo la vida de Wilson a través de las planchas dominicales de un periódico. Una elección que ya es habitual en el autor (lo vimos en Ice Haven o Death Ray) pero que aquí se radicaliza, se aleja de las necesidad narrativas de cada escena para convertirse en protagonista por sí misma. Los cambios no obedecen a ninguna necesidad de la historia, sino que forman parte de ese mecanismo irónico que busca establecer distancias entre lector y protagonista. La fragmentación total de la vida de Wilson en “cómodas entregas”, mostrada a modo de homenaje a toda la historia de la tira de prensa, actúa como un elemento de reflexión más tremendamente interesante: fuera de su contexto natural, la publicación en prensa con una cadencia temporal real, el continuo cambio de grafismo, aporta a la lectura una sensación de irrealidad que, sin embargo, se enfrenta al profundo materialismo de las elecciones de Wilson, a una veracidad que es además acentuada por el envejecimiento del personaje a medida que pasa cada página. Pese a los cambios drásticos de estilo, Clowes consigue que la edad vaya pasando de forma sutil, marcando tanto el aspecto como la expresión del protagonista. El efecto no puede ser más contrastado: el naturalismo que muchas veces se usa en la representación del ser humano se opone a una representación fraccionada de la realidad temporal. El tiempo como elemento fundamental de la evolución humana, el único factor incontestable, contra el que es imposible enfrentarse o rebelarse, es transformado por Clowes en un protagonista más a través de la narración en forma de planchas dominicales. Idénticas en su aspecto exterior (una dato más hacia la rutina de lo cotidiano), diferentes en cada trazado interno (¿cada día es diferente?), pero finalmente extraídas de su contexto temporal para construir un libro que, en su completitud, revela lo mísero y triste de una existencia. En cierto modo, se podría decir que se produce un enfrentamiento entre los conceptos de RealTime y Tiempo™ que definía Fernández Porta en Homo Sampler: el tiempo definido por la representación fragmentaria, sampleado por la presentación mediática, frente al tiempo real que transcurre en el propio argumento.
Una elección arriesgada que, a mi entender y por lo menos en mi experiencia, no termina de cuajar. La elección narrativa, que tiene sentido en su globalidad, hace difícil el seguido de la lectura del libro, distancia al lector de la trama de tal manera que, en cierto momento, tiende a expulsarlo de la misma. Lo que no quiere decir, en modo alguno que Wilson no sea una lectura recomendable (eso sí, para estados de ánimo despejados). Pese a que el experimento no termina de funcionar –por lo menos en mi caso- la lectura sigue siendo muy interesante y hay razones más que sobradas para “disfrutar” (no es la palabra más adecuada, pero nos entendemos) de su lectura.

Como cualquier obra de Clowes, es de obligado cumplimiento, pero se queda un escalón por debajo de obras maestras como Ice Haven, Deat Ray o Ghost World. Lo que es decir mucho, muchísimo, todo sea dicho. En castellano, pronto. (4-)