Operación Muerte

Le estoy empezando a coger manía al manga, de verdad. Lo he dicho alguna vez y cada vez me reafirmo más: no tiene nada que ver con su omnipresencia en el mercado, ni con su agresiva política comercial, ni con el estilo de dibujo o con los personajes de ojos grandes. Es pura impotencia y rabia, de esas que provocan sonoros exabruptos: cada dos por tres el manga me presenta a un nuevo autor clásico que certífica que lo que sé de tebeos es una nimiedad y que queda ahí un gigantesco agujero, inmenso, repleto de obras maestras de la historieta que ni siquiera soñamos. En su día fue Tatsumi, luego Tezuka, Tsuge, Umezo, Hino… y ahora Shigeru Mizuki. Un autor del que tan sólo tenía referencias veladas por algún artículo o libro y que cada nueva obra que descubro me supone casi un shock tebeístico. Andaba yo fascinado por NonNonba o Hitler y llega esta Operación Muerte que publica Astiberri para dejarme patidifuso y maravillado, con esa sensación tan poco habitual de cerrar un libro y pensar “lo que acabo de leer, mon dieu”.
Corrijo, no es poco habitual, pero llega pocas veces por sorpresa.
Uno muchas veces lee algo que ya presupone será una obra maestra por referencias o lecturas previas –generalmente esos clásicos de prensa que tanto se están reeditando hoy- y la lectura sólo hace que certificar lo que ya se esperaba. Pero tener esa sensación sin tener ese prejuicio, formándola y maravillándote a medida que van pasando las páginas, sintiendo cómo se va formando ese nudo de nervios en el estómago que te dice “lo has descubierto, es una nueva obra maestra”… ¡Ay amigos! ¡Qué pocas veces pasa! El problema es que uno se siente tan contento de su descubrimiento que no se da cuenta que, con el manga, es descubrir América. Porque Mizuki es un genio comparable a Tezuka, a Tatsumi o, en nuestra jerga, a Eisner, Crumb o Giménez. Sensación que además se multiplicaba, porque la lectura de Operación Muerte me traía automáticamente ecos de esa otra obra maestra que es Senderos de Gloria (una de mis películas preferidas, todo sea dicho), denunciando la insensatez y locura de las guerras con una contundencia desoladora.
Mizuki parte de una vivencia propia para, al igual que Kubrick, mostrar el absurdo de la guerra desde las trincheras, acercándose a la vida de unos soldados que tienen que aceptar que no son más que peones sacrificables en el tablero de unos engalanados generales que piensan más en su gloria militar que en las vidas que cercenan. Aunque hay muchas conexiones entre la película de Kubrick y este tebeo, en la obra de Mizuki no tendremos ningún aguerrido coronel Dax que defienda a sus soldados de decisiones irracionales, pero sí muchos Broulards y Mireaus que lanzan a sus tropas a misiones suicidas. Una asimetría que hace la obra más rotunda si cabe, sin dejar opciones al lector para identificar un discurso correcto: debe optar por reflexionar, por sentir la vida de estos hombres que intentan comprender qué hacen a miles de kilómetros de su casa, muriendo no se sabe muy bien por qué. Poco a poco, Operación Muerte se va transformando, desde una obra coral en el que el protagonismo recae en los soldados, a un retrato único mucho más tétrico: el de la muerte absurda. Una muerte ridícula y sin sentido constante, primero con el relato de muertes grotescas, casi bufas, que poco o nada tienen que ver con la “gloria de la batalla”; después, con muertes que se escriben la historia con el adjetivo de “gloriosas” pero que siguen siendo igual de inútiles y ridículas.
No le hace falta caer a Mizuki en el dramatismo exagerado, en exhibir las atrocidades y desmanes de las víctimas de la guerra: sólo le hace falta que el lector descubra ese juego patético donde no hay héroes, vencedores o vencidos. Kubrick todavía dejaba un lugar a la esperanza: pese a todo existían hombres honestos y justos como Dax y a los hombres que iban a morir les quedaba una lejana ilusión, podían llegar a sentir la emoción de sentir la belleza de la joven muchacha alemana que canta.
Para los soldados de Mizuki no existe ya la esperanza: no hay justos que los defiendan, sólo locos que sacan brillo a sus galones; no hay bellas muchachas que les hagan sentir felicidad, sólo pobres mujeres obligadas a hacer de putas de centenares de soldados entre la mugre y la desolación.
Una obra maestra (5)