Magdalenas

Ya lo decía el amigo Proust: no hay nada como una buena magdalena y un té –ya saben ustedes, costumbres británicas, supongo que funciona igual con un Cola-Cao- para rememorar momentos de nuestra existencia. Y no sólo magdalenas, incluso tebeos, que aunque la cosa no tenga que funcionar literalmente, en este caso lo sobrepasa y casi se convierte en una especie de experiencia metalingüística. Me explico: leía yo el último Taniguchi con el prejuicio y tranquilidad de saber que me iba a gustar (el japonés es regular como un reloj suizo y sus obras se enmarcan siempre en un rango que va de lo notable a lo magistral, se agradece), pero debo reconocer que lo que no me podía imaginar es que se transfigurara en semejante metamagdalena proustiana. Meta por varias razones: la primera, porque la cosa va de comidas: páginas y páginas viendo a un señor comiendo. Lo que oyen. La segunda, porque Taniguchi y Kusumi usan el método proustiano a conciencia, usando la comida como evocador de sensaciones y recuerdos que nos permitan conocer un poco más a este desconocido comercial del que sólo sabemos de sus gustos culinarios. Y la tercera, y más personal, porque servidor, cuando pensaba en que escribir de este tebeo, se veía apabullado por el recuerdo machacón de “y dá unas ganas de comeeeerrrrrr” (con acento, sí) de la Kina San Clemente . Cantinela que me taladraba el cerebro no tanto por cuestiones de real apetito despertado (que también, pero menos, uno no es mucho de comida japonesa) sino porque pensando en que la lectura del tebeo podía dar lugar a salivaciones varias me ha venido la magdalena cual bofetón con forma de la cancioncilla dichosa. Cosas generacionales, porque para los que no lo sepan, los niños que vivimos la infancia a finales de los 60 éramos atiborrados de la bebida espirituosa para fomentar el apetito (algo tendrá que ver con mi tonelaje actual). Lógico, visto las bondades que la televisión proclamaba del licor, lo contentos que estábamos nosotros con la colecciones de muñecos que regalaban (los kinitos, para que luego piense McDonalds que lo de regalar muñecos es invento suyo; además, hasta Ibáñez hizo tebeos con los tunillos estos…) y los evidentes efectos que tenía la milagrosa kina: comer no sé si comeríamos (bueno, yo sí), pero tranquilitos no veas lo que nos quedábamos con la melopea que agarrábamos todos los días a base de lingotazos de kina…
El caso es que, con magdalenas mojadas en kina o sin ellas, El gourmet solitario es uno de esos tebeos donde Taniguchi vuelve a demostrar esa maravillosa capacidad de atención hacia las pequeñas cosas de cada día, transformándolas en sujeto de reflexión pausada, reposada y sosegada, que obliga al lector a imitar a los protagonistas y mirar con otros ojos un simple paseo o la comida de cada día. Brillante. Y apetitoso. (3+)